Pablo Huneeus
Seguir a @HuneeusPablo
Capítulo II
UN FISCAL EN PERSONA
por Pablo Huneeus

“De mañana o tarde, bien puede aparecer alguien al servicio de los perseguidores, que viene a quitarte la vida, tu mujer, o peor, tu dinero. Aunque cierres los ojos, te golpeará la cara para que los vuelvas a abrir.”
(Albert Camus, 1948.)
------------

¿Quién ha visto en persona un fiscal del Ministerio Público, el novel organismo persecutorio del Gobierno (no del Poder Judicial), creado por ley Nº 19.640 de 1999, siendo Eduardo Frei Ruiz Tagle Presidente de la República y la también democristiana Soledad Alvear, Ministra de Justicia?

Yo nunca. Conocí en mis tiempos de profesor titular de la Pontificia Universidad Católica a un catedrático culto y aterrizado –Guillermo Piedrabuena Richard– con el cual creo haber conversado alguna vez, sino dentro del campus, en la oficina que él compartía con mi amigo Guillermo Videla Vial en calle Huérfanos.

Igual, eso fue mucho antes de que al iniciarse el milenio de la fraternidad y el bienestar, lo ungieran Fiscal Nacional, momento en que se le vio asumir ese aire eclesial, superior y pomposo, de los justicieros de Cristo.

Por eso, hasta las 12:45 del viernes 30 de marzo de 2007, en el comedor de una casona estilo bávaro de calle Cochranne Nº 1162, sede de la nueva Inquisición en la grisácea ciudad de Osorno, jamás antes había estado de cuerpo presente ante un perseguidor a sueldo: el Fiscal Adjunto, Alex Richard Meeder Thiers.

42 años, alto, de raza blanca y porte atlético, frente despejada y cuello con corbata, podría tomársele por gerente de banco, piloto de Lufthansa o bien por ejecutivo de la renombrada fábrica de muebles de calle Efraín Velásquez, propiedad su señor padre, don Walter Meeder Menschel.

Desde las 12:30, hora en que había de recibirme el Fiscal Jefe, espero al interior del ente “cuya función es dirigir en forma exclusiva la investigación de los hechos constitutivos de delito” (Art. 1º de su ley orgánica) vale decir el único, incluso sobre Carabineros o la propia Policía de Investigaciones, facultado para indagar el crimen. Salvo la contención de la fechoría “in flagrante delicto”, vale decir en el acto mismo de ser cometida, la policía está hoy en día circunscrita a lo que ordene el fiscal de turno.

Por eso, gracias a esta flamante burocracia, si a uno le roban un caballo y acude a la Comisaría del pueblo a denunciar que vieron al “Tripas Negras” llevarse a Rocinante, el funcionario policial, en vez de cargar su carabina para salir a detener al cuatrero, desenfunda su lapicera de servicio para dirigirle un escrito al Ministerio Público, el que debe despachar, algún día, la orden para que Carabineros, u otro, haga algo.

Ídem, con el auto robado, el botín del asalto, o el niño sustraído que, al completarse el trámite, ya puede estar lejos, revendido y vuelto a vender, las huellas borradas y el daño hecho.

El problema es que así como el fiscal del Ministerio Público tiene licencia para horquillar a quien quiera, también la tiene para no hacer nada ante una denuncia, y con ello impedir que se haga justicia.

Más aún, en el ejercicio de su desmedida autoridad, dotado de instrumentos abusivos de intimidación, e instalado más allá de la supervisión del Poder Judicial, está magníficamente situado para encubrir un crimen. Por amistad, soborno, presión política, falta de profesionalismo o franca estupidez puede, con total impunidad, demorar la cosa y dejar en nada el clamor por justicia.

De ahí que, tras no haber recibido respuesta alguna a mi denuncia, ni tener noticia de Camilo, haya aprovechado un viaje de negocios a Valdivia, para ir a Osorno a averiguar qué pasa. Por teléfono, doña Carolina Etcheverry Riquelme, abogada asistente del Fiscal Jefe, me dijo a comienzos de semana que Ríos Carrasco me recibiría el viernes a la hora señalada.

Sin embargo, al rato aparece Meeder quien, tras explicarme amablemente que el Jefe ha debido retardarse por un alegato en tribunales, me hace pasar a su imponente despacho. Antiguos muebles de encina alhajan la sala de mando de la persecución en dicha provincia. Tomamos asiento en torno a una mesa redonda, de patas talladas, sobre la cual coloca un archivador negro.

Se inicia así ante este profano en derecho, –“lego” le llaman los abogados al hombre común– una singular charla sobre la Reforma Procesal Penal. Hace años se venía hablando de este hito del programa de la concertación demo cristiana socialista radical: reformar la justicia, tanta falta que hace ¿verdad?

Por cierto, la ciudadanía no entiende en que consiste, aparte de millonarios gastos para el fisco, de edificios por doquier y de frondosos empleos para los más de mil nuevos abogados, producto de la “industria de la educación superior”, que entran al ruedo anualmente.

Menos entiende el común de los mortales que cambien todo sin cambiar lo esencial, que es el Código Penal –la definición de qué es crimen y cuál penitencia merece– libro plagiado frase a frase de su homónimo español de 1848, el que a su vez se inspira en el derecho penal canónico, que en un reino fundamentalista católico, como es España, rige tanto para eclesiásticos como laicos.

Una república liberal y democrática del Nuevo Mundo, que pagó en sangre independizarse de la oligarquía madrileña ¿no merece más?

Por cierto entonces, poca o nula importancia le asigna nuestro vetusto catecismo penal a la pederastia –bocado predilecto del cura–, a la desintegración de la familia en aras de novicios para el convento, a la gula, a la soberbia u ostentación de riquezas, a la avaricia, madre de la desigualdad, y demás conductas antisociales en que por los siglos ha incurrido el clero organizado.

La reforma, afirma con elocuencia el fiscal, apunta al procedimiento, a la forma de hacer justicia, de modo que el sistema, en vez de obcecarse en castigar al hechor, propenda a compensar a la víctima por el perjuicio que sufre.

Todo un saneamiento de la vida en sociedad ha de traer tan políticamente correcta maravilla. Fin a los valores absolutos, comprensión y perdón al atacante, acuerdos reparatorios en vez de palos en la cabeza. O sea, se trata más bien de rehabilitar al violador que de castrarlo y de que cuando un rico mata, mejor pague en vez de ir al calabozo.

Así, al menos lo entiende este simple ciudadano que escucha emocionado la disertación del Ministerio Público, porque cuando un fiscal habla, a igual que cuando un sacerdote bautiza, es la Fuerza que brama, la institución en pleno que ejerce su potestad, no el individuo.

Respecto al tema que nos convoca, el de la sustracción y abuso del menor (ver capítulo anterior) me comunica que al concesionario exclusivo de indagar la bajeza humana, no le convence mi cuento, que no se investigó a nadie, limitándose el Ministerio Público a comprobar que Camilo volvió al país, junto al resto del grupo de la Deutsche Schule de Osorno, el lunes 26 de febrero en vuelo LAN 257 proveniente de Madrid.

¿Y que lo hayan fondeado de guagua en el campo, falseado su identidad y maltratado sicológicamente, Vds. no ven esas cosas?

–Es que no está acreditado, –replica.

–Y la sustracción, el permiso fraudulento con que se lo llevaron del país, la connivencia del colegio alemán, ¿Vd. cree que lo devuelven a Chile si no hago el denuncio?

El tema de la sustracción, me explica siempre en tono cordial, se configura sólo cuando hay una demanda económica (petición de rescate). Por lo demás, la responsabilidad penal se extingue con la devolución, vale decir con que haya vuelto.

¡Vaya!, pensé, o sea me está diciendo que basta que suelten a Rocinante para que “Tripas Negras” quede libre de polvo y paja. Así ¿quién va a contener la delincuencia?

Ante mi oferta de aportar más antecedentes, señalando el archivador me propone que en aras de la concordia, deje ahí no más la cosa. Con una inflexión amistosa de su voz, como quien habla de un padre de familia a otro, me cuenta que por ser viernes el Instituto Alemán, sale a las 13:30. Mejor anda a la salida a encontrarte con Camilo.

Hasta podrías convidarlo a comer churrascos palta tomate en el Dino’s, me dijo de adentro el hambre. Era hora de almuerzo ya.

Caso cerrado. Tiene razón ¿para que seguir leseando? Mejor busco la vía pacífica, muchas gracias y hasta luego.

Un detalle, sí, le comento a la salida: la carta misma, ¿podría por favor devolvérmela? Total, todo queda en nada y nunca ha sido bueno dejar cabos sueltos, menos tratándose de un texto original, propiedad intelectual del infrascrito, y susceptible de ser pirateado, citado fuera de contexto o vendido en eBay,com en calidad de ítem de colección.

–Bueno, es que se resolvió dejar la causa en “archivo provisional”, donde debe permanecer un año, –responde. Ninguna difusión, nada.

–De acuerdo, – digo, mientras para mis adentros pienso “colorín colorado este cuento se ha acabado” y procedo a despedirme con un fuerte apretón de manos.

Alabada sea esta pública, animada por tan nobles servidores. En la puerta lateral hacia dónde me dirige, pues la principal ya está cerrada por la hora, (son más de las 13:00) viene entrando el propio Fiscal Jefe, don Alejandro Ríos Carrasco.

Trae varios legajos en una mano y una escopeta negra calibre 16 en la otra. Es un hombre más bien bajo, de mirada oblicua y cuerpo delgado.

—Esta arma mató a un hombre, —me dice. No supe si interpretarlo como una explicación de la diligencia que lo retardó en tribunales, la prueba que debía exhibir para formalizar al asesino o como un sarcasmo, ya que tampoco había hecho nada respecto a las armas de fuego en el entorno de mi hijo, que mencionara en mi carta.

Estando el revólver y el rifle a nombre de una mujer con sus facultades perturbadas, la abuela Zulema Dolores, y aún habiendo acompañado los respectivos certificados, también se abstuvo el ente investigador de ordenar alguna diligencia al respecto.

Le cuento del acuerdo alcanzado con su colega de olvidar el asunto. Mucho gusto de conocerlo y arranco por la calle Cochranne hacia abajo. No en busca del colegio, sino del terminal de buses, pues a las cinco de la tarde tengo vuelo a Santiago desde el aeropuerto Pichoy de Valdivia.

En el Tur-Bus a Valdivia, donde debo tomar otro a Pichoy, me voy leyendo un libro de Arturo Pérez.-Reverte, lo mejor en habla castellana desde García Márquez. Se llama “El caballero del jubón amarillo” y trata de las aventuras del Capitán Alatriste en la época del mordaz poeta Francisco de Quevedo (1580-1645), el de “Érase un hombre a una nariz pegado...” y el siempre vigente “Poderoso caballero es don Dinero, madre yo al oro me humillo, él es mi amante y mi amado, pues de puro enamorado anda continuo amarillo…”

Pues bien, cuenta Perez-Reverte que las calles de Madrid eran muy inseguras, siendo necesario hasta para ir al teatro ceñir espada y llevar oculta bajo la manga una daga. La espada, o florete, para batirse con los caballeros que pudiesen salir al paso, y la daga contra el ataque sorpresa del hampón.

Esto, porque la primera regla de la persona honorable es vocear ¡en garde!, en guardia, antes de lanzar una estocada. (Hasta el día de hoy los esgrimistas lo dicen en francés.) En cambio, el pelafustán no sólo ataca por la espalda y sin aviso. Además, se hace amigo de su víctima y se vale de lindas palabras a fin de dejarla indefensa.

Copyright Pablo Huneeus