Pablo Huneeus
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Para pensarla:

Zorro viejo pierde el pelo, pero no las mañas. (Libro "Dichos de Campo", p. 29)

Esta mañana fui a ver a la Virgo, mi hermana mayor, a quien Cucho el viñatero, mantiene en el hogar “Ambar”, cercano a la iglesia de Los Domínicos. Postrada mirando la ventana, en una amplísima habitación individual del cuarto piso, al pararme junto a su cama ni me habló cuando la saludé. Pero ella es pintora, o sea visual, por lo que sus ojos verdes se clavaron en la imagen que le llevé de ella misma a los diecisiete en Nueva York. Es del pasaporte de cuando volvimos a Chile en 1948.

La muralista, profesora de arte y renombrada tejedora de “cucos”, María Virginia Huneeus Cox, va llegando a los noventa ahora, y se le ve sana, muy bien atendida, pero ausente.

—Qué bueno el dibujo, —dijo al rato, — ¿quién lo hizo? O sea, conectó, por lo que me mantuve en esa remota infancia nuestra en New Rochelle, cuando mi padre, Agustín Huneeus Salas, era representante de la “Chilean Line” de vapores en Nueva York.

Tras el ataque nipón a Pearl Harbor, y la consecuente entrada de los americanos en la Segunda Guerra Mundial, él coordinó el consorcio naviero que abasteció a los Estados Unidos de todos los pertrechos estratégicos, empezando por el cobre para municiones y el salitre para la pólvora, requeridos de la costa occidental de Sud América.

Le pregunté si alguna vez había ido con el papá a ver los buques mismos. Me dijo que no, pero sí recuerda su oficina de 29 Broadway, donde pasábamos cuando nos llevaba al teatro en Manhattan. Consultada si acaso su pretendiente se llamaba Steve. No, respondió altiro, era John (o Johnny). Ah, y todo en inglés, el idioma que hablábamos en la familia y por medio del cual salió de su letargo.

Vinieron dos enfermeras de uniforme azul —caraqueñas me parecieron— a buscarla para llevarla a almorzar. Pronuncian perfecto el castellano las venezolanas, además de que bailan lindo y son de un trato muy cortés. Esperé afuera que pusieran a la Virgo en una silla de ruedas y bajé con ella al comedor del primer piso con la idea de acompañarla en la mesa.

Pero fue mucho revolver de golpe las borras del fondo del tonel de la memoria. La cuidadora de azul le dio en la boca una cucharada de la entrada de zanahoria molida, que se veía muy finamente cocinada, y la Virgo, sin mascar ni moverse, me miraba fijo. Al notar yo que sus ojazos verde oliva comenzaban a humedecerse, me despedí a fin de dejarla comer tranquila y ¿porqué no decirlo? también para que no vieran a su hermano, tan compuesto y dicharachero llorar.

A la salida, frente a la puerta principal, una residente elegantísima, con una blusa de seda como las de mi mamá, esperando en la puerta al hijo o nieto que tarda tanto en venirla a buscar.

—Permiso niña—le dije, al abrir la puerta; y sonrió encantada por lo de “niña”. Es que a su manera, en la vieja dama de hoy aún vive la colegiala esperando el bus al colegio.

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