Pablo Huneeus
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Para pensarla:

Al ver los candidatuchos que hay, entiendo el motivo para voltear el avión de Felipe Camiroaga: pintaba para arrasar en 2017 y ser un gran Presidente.


LOS VIEJOS DESHECHABLES
por Pablo Huneeus


En junio de 1979 –plena dictadura financiero militar– comencé a escribir en el diario “La Tercera”, que entonces se leía hasta en los regimientos.

Feliz de pelear en tan popular trinchera, el primer disparo fue hacia algo más allá de economistas y generales: la vejez.

Casualmente, ese simple artículo, reporteado a pie, encabeza el libro “¿Que te pasó Pablo?” aparecido en 1981 y que va en su 17ª edición.

Las vueltas de la vida; recién ahora, a casi cuarenta años de su aparición, he venido a entender que no es sobre un vidriero frisando los ochenta, sino sobre un escribidor en las mismas. Dice así:

Don Héctor Pazta Toledo es un vidriero de 82 años que desde el 14 de junio vive en medio de la calle, frente a su casa de 40 años, en un pasaje en Mapocho 2220, entre Cumming y Brasil.

Lo echaron.

Cuando Violeta Feliú me lo contó, no pude creer que en la capital de una nación civilizada, habiendo tanto organismo de servicio público, pudiera ocurrir algo así. Pero fui anoche a verificarlo y desde Mapocho cualquiera puede ver la ruma de muebles a la intemperie.

Para defenderse de la helada, puso una plancha de madera terciada sobre su catre.

Tiene bronquitis y se le hinchó la hernia.

A su cuñada, una señora ciega de 79 años, le dio un ataque mientras les empujaban sus bienes hacia afuera. Se la llevaron al hospital, pero esa misma tarde una ambulancia la depositó de vuelta. No podían hospitalizarla por ahora.

Lo acompaña su mujer, Eliana Guzmán Lagos, quien recoge fruta en la Vega –“la frutita podrida algo se aprovecha”– y suele vender cachureos en el Mercado Persa.

También un niño de 11 años, tapado con otra lápida de madera terciada, y un perro de raza indefinida que se echa sobre la cama para darle su calor al viejo.

Esperan.

La casa donde habitaban hasta hace 10 días forma parte de un cité de adobe que, parece, demolerán para construir edificios.

Los han amenazado con llevárselos en camión a una mejora sin agua ni letrina en los extramuros de la ciudad, demasiado lejos de su fuente de sustento.

Ciertamente sería loable ayudarlos, pero aún cuando a ellos les solucionemos su drama, queda siempre la duda. ¿Por qué se trata así a la gente de edad? ¿Acaso consideramos a los ancianos como envases desechables?

En los países asiáticos, como Japón o Tailandia, la ancianidad es profundamente respetada, y a medida que alguien avanza por los años aumenta su estima. En occidente, en cambio, en aras del consumo se valora y adora lo nuevo; la publicidad siempre exalta la juventud y se padece una presión sicológica para adoptar sus gustos, musicales y estilos.

El resultado es que en lugar de una creciente paz interior, con la edad cunde la sensación de sobrar.

Se llega, entonces, a que los jubilados sean “cargas”; a que se discurren toda suerte de artimañas para mermarles sus ingresos; a que las casas se construyan cada vez más estrechas, sin dejar espacio para albergar a los abuelos y a que las generaciones menores desprecien a los mayores.

Un estudio llamado “La Vejez Marginada”, recién publicado por el Instituto de Sociología de la Universidad Católica, revela que los mayores de 65 años constituyen el grupo humano más postergado de nuestra sociedad.

Se plantea el absurdo de que mientras la ciencia prolonga la vida, aquel periodo ganado a la muerte es en nuestro medio una etapa de privación, soledad y angustia.

“No me respetan”, “el mundo es de los jóvenes”, son las frases recurrentes en labios del anciano; pues el miedo, la sensación de rechazo y la percepción de marginalidad social es cosa viva a la tercera edad.

Así cada uno de nosotros o bien muere antes o bien recibe ese trato de objeto desechable que está padeciendo don Héctor en plena calle.

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Este artículo reemplaza “La embestida”, que se encuentra en mantención, a la espera de unos repuestos.

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