Pablo Huneeus

Dicho de la semana:

Quien no pasó el mar, no sabe qué es el mal.

SIN SOBREVIVIENTES
por Pablo Huneeus

Cuando venía de vuelta a casa, la primera plana del diario “La Segunda”, me hundió el alma en agua de mar: “SIN SOBREVIVIENTES,” dice en letras rojas. “Lancha chilota fue encontrada vacía a las 6 AM.”

A primera vista, se refiere a la tragedia del día antes, martes 2 de febrero, según la cual una lancha a motor de nueve metros de eslora llamada “Soledad II” zozobró en la desembocadura del canal de Chacao con diez personas a bordo, entre ellas cinco niños.

Era gente de Ancud que había acudido por mar, como se acostumbra en la zona, a la festividad de La Candelaria que se celebra todos los años en esa fecha en la aldea costera de Carelmapu, latitud 41º Sur, donde hay una centenaria iglesia de madera que alberga a la virgen milagrosa, su patrona. La iglesia está frente a la ensenada donde se congregan los cientos de embarcaciones que desde lejanas islas del archipiélago de Chiloé arriban para la ocasión.

Pero el mentado titular, quizás sin querer, trajo a la luz un cuasinaufragio acaecido a otra lancha chilota en las mismas aguas: una barca velera de apenas cinco metros de eslora, con mástil de alerce y botalón de luma, apodada “Tosca”, que también fue a La Candelaria.

No tenía motor, matrícula, celular, teléfono satelital, radiotransmisor, GPS, radar, luces de navegación, bote salvavidas, ni calefacción. Pero ¡qué ganas de navegar en libertad tenía!, a puro viento, sin controles burocráticos ni depender de gasolina o petróleo. Una brújula llevaban sus juveniles dueños, dos cañas de pescar, cartas de navegación, hilo encerado para remendar el velamen, la bandera chilena flameando arriba del mástil, y los ojos bien abiertos.

A bordo de ella iban, Salvador Villanueva Fernández (19), amigo del Colegio San Ignacio de Santiago, don Miguel Mansilla Velásquez (68), antiguo tripulante de los bergantines altos que despachaban salitre a California, y el infrascrito, también menor de veinte. Los dos armadores de la nave y su tripulación (don Miguel) fuimos aventados de Carelmapu un idéntico martes 2 de febrero, pero de 1960.

Habíamos zarpado el día anterior desde la isla Chidhuapi, cerca de Calbuco, bien aperados de manzanas recién tomadas del árbol, dos sacos de papa nueva, un tonel de agua de vertiente, charqui de cabra, canastos cargados de choritos y piures ahumados, miel de abeja, y un pequeño saco de yute con harina tostada. La idea era irnos por mar hasta Con-Con, un balneario en las proximidades de Valparaíso, donde los padres de Salvador tenían su casa de veraneo.

Queríamos probar algo, que Chile se debe al mar, que ya éramos grandes, y que había algo más que el típico programa tendiente a recibirse de vaca sagrada, casarse con niña rubia y podrirse en oficina. Aparecer un día en yate era graduarse de choro. De ahí en adelante, cualquier cosa era posible, formar una empresa pesquera, una naviera, dar la vuelta al mundo, todo es posible a los diecinueve.

Arribamos aún con algo de luz diurna a Carelmapu, que es una bahía abierta de fondo arenoso. Como era marea baja, echamos ancla en cuanto topamos fondo, cerca de la orilla. Luego de ir al rezo de la Candelaria, y dejarle tres velas prendidas a la virgen santísima para que nos cuidara en la travesía, caímos agotados de sueño en la bodega de proa.

Al amanecer del martes dos, mientras los tres dormíamos profundo, al cambiar la marea y empezar a subir el nivel de las aguas, zafó el ancla. Quedó colgando de la cadena, completamente desligada de la masa terráquea que nos mantenía en un punto fijo.

La corriente, que ahí alcanza sus diez a doce nudos de fuerza, nos sacó raudos por el canal de Chacao hacia el golfo Coronados, en dirección a la isla Sebastiana. De ahí seguimos hacia a los farellones Carelmapu, unos terroríficos acantilados de roca viva que hay en medio del mar, donde revientan los tumbos cual tambores de guerra. ¡BUUM! ¡BUUM!, brama la marejada contra las rocas.

El día estaba asoleado y calmo. Grandes alcatraces, verdaderas fragatas aladas, rozaban tranquilas las olas, mientras veíamos perderse en el horizonte primero la costa y luego, los volcanes que parecían despedirnos moviendo cual blancos pañuelos sus crestas nevadas.

Hacia el mediodía, cuando al fin salió viento, fue un surazo antártico que se descolgó de improviso y no cesó por tres días y tres noches seguidos.

Nos acompañaron los alcatraces, una que otra ballena, algo como un cachalote que pasó por debajo mientras iba al timón, y muchas toninas.

Un gorrión perdido llegó a descansar en el mástil y vimos un buque entrando a Valdivia. Lo divisamos de lejos, casi de frente, al segundo día en alta mar. Era negro, de hierro y echaba por la chimenea una densa humareda de carbón.

Habíamos leído que en la mar una nave velera siempre tiene preferencia sobre cualquier buque propulsado por máquinas, sea trasatlántico, carguero o portaviones. Ergo, ese buque negro, y no esta barca a todo trapo, debía virar o poner reversa para darnos la pasada.

Estábamos en rumbo de colisión, muy cerca, cuando entendimos que por encima de todas las reglas de buena conducta impera la ley del más fuerte. No pensaba el buque negro cambiar un ápice su curso por lo que decidimos nosotros virar, pero con tanta mala suerte e inexperiencia que caímos en una virada en redondo, una suerte de trompo o “broach” que casi nos da vuelta.

La botavara al recibir el viento por delante pasó violentamente sobre nuestras aterradas cabezas hacia la banda contraria. Motones, drizas, volaron, el foque flamea desesperado y la bandera se enrolla para siempre arriba de la cofa. De no haber sido la “Tosca” tan ancha y firme, ahí mismo habría mostrado la quilla.

Restablecido el equilibrio, el buque negro iba lejos, pero entre nosotros quedaba un herido: Salvador, quien al sujetar la driza de la mayor sufrió un tirón descomunal en su dedo índice. Buscó un paño en la sentina y lo amarró en torno al dedo, que pronto empezó a doler. Al otro día estaba blanco e hinchado.

Cuando finalmente, calmó el surazo y recobramos un cierto control de la nave, estábamos 160 millas náuticas más al norte, a la cuadra de la Isla Mocha, donde recalamos de urgencia.

Nos tomaron por argentinos, nunca habían visto una lancha chilota en esas latitudes y por la velocidad con que entramos, creyeron que traíamos un motor fuera de borda que debimos echar al mar. Los sacos de lastre, arena y gravilla, que botamos a fin de varar la “Tosca” bien alto en la playa, bueno, he ahí el contrabando que traen escondido, pensaron los lugareños.

Doña Bernardita Soto, al ver la infección que se había ido extendiendo más allá de la herida inicial, preparó una pócima de hierba de platero, para curar la herida. De inmediato, lo que ya parecía gangrena, empezó a sanar.

Acabo de llamar a Salvador. Está veraneando con Angélica y sus hijas en La Herradura, Coquimbo. Le cuento del titular.

¿O será sobre nosotros, o sea que encontraron el “Tosca” sin sobrevivientes y que todo este cuento de los últimos cincuenta años, la familia y el ajetreo nuestro de cada día, es un sueño? ¿Un sueño de última hora sobre la cubierta porque estamos requete muertos desde que nos fuimos contra los farellones de Carelmapu?

No, Kamerad, (así nos decíamos en el colegio) me dice. Lo que pasa es que ese viaje nuestro no terminó en la isla Mocha ni en el fundo de los Blackburn, en Traiguén, donde fuimos a parar después. A igual que la Odisea, sigue hasta el día en que Homero lo haga libro.

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