Pablo Huneeus
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Para pensarla:

Tanto corcovear para quedar en el mismo corral. (Dos horas para decir, sin decirlo, que no piensa en quitarle el IVA al libro ni al pan)

CONTAMINACIÓN DE LA MEMORIA
por Pablo Huneeus

Hay crímenes cuyos autores se ríen de los peces de colores, mientras otras personas –por lo general famosas– cargan con los muertos debido a la creencia, muy arraigada en el sistema judicial, de que la memoria es incorruptible, sobre todo si el testigo es mujer y llora.

1.- EL CASO LOCKERBIE
A las seis cincuenta y ocho de la tarde del 21 de diciembre de 1988, el Boeing 747 “Jumbo” de Pan American, vuelo 103 Frankfurt–Detroit (vía Londres y Nueva York), con 243 pasajeros y 16 tripulantes pide por radio permiso para ingresar al espacio aéreo del Atlántico norte: Iba a 9.400 metros de altura, velocidad crucero de 803 Km/h, rumbo 321°.

Afirmativo, le respondió a las 19.02:00 la Shanwick Oceanic Area Control de Prestwick, Escocia, buen viaje. El avión mismo, el décimo quinto 747 en ser fabricado, tenía 18 años de servicio, y 75.000 horas de vuelo. Su capitán James Bruce MacQuarrie (55), ostentaba ya 12.000 horas en los comandos, de las cuales cuatro mil pilotando tan agigantado aeroplano, emblema del poderío yanqui.

El controlador de tierra quedó esperando el acostumbrado “Roger” de confirmación. Siendo las 19.02:44 volvió a llamar al Pan Am 103, pero en lugar de respuesta vio en la pantalla del radar el blip del transponder de dicho aparato transformarse en cinco lucecitas en veloz descenso. Por su parte, el registro de voces (CVR) de la caja negra del avión, que se encontró al otro día, indica plena normalidad hasta las 19.02:50, momento en que la conversación es interrumpida por un breve zumbido, propio de cómo queda grabada una explosión.

El estallido de una gelatina (Semtex) oculta en un tocacintas Toshiba, que iba al interior de una maleta Samsonite Silhouette 4000, encontrada a 17 millas de la cabina, junto con cortar el cable controlador de los alerones de cola, habría provocado la descompresión catastrófica que en tres segundos apartó la nariz del fuselaje y la cola del resto. A los 5.800 metros, las distintas secciones del avión se van apartando a medida que se abalanzan en caída libre sobre la comarca de Lockerbie, a 120 km de Glasgow. El segmento de alas, cargado de combustible impacta a 800 Km/h tres hogares donde perecen quemadas once personas, llevando el total de víctimas fatales a 270.

Entre ellas, el director de la CIA en Beirut Matthew Kevin Gannon, agente especializado en neutralizar extremismo árabe. Viajaba en clase “business”, acompañado por un guardaespaldas armado. Detrás, en el asiento 15-F venía su colega, el comando boina verde, capitán del Ejército de los Estados Unidos, Charles Chuck "Tiny" McKee. Volvía de una misión en la “Defense Intelligence Agency” (DIA) del Pentágono en Beirut; también junto a un guardaespaldas armado.

Tras dos años y medio de investigación conjunta del FBI y la policía de Escocia, en que se rastrearon 2.000 Km², se recolectaron cuatro millones de ítems de interés –“todo lo que no sea pasto ni piedra”– y se interrogaron a 14.000 individuos de cincuenta países, la única evidencia física del atentado mismo eran vestigios de Semtex (sustancia proveniente de Checoslovaquia), la maleta en que podría haber estado la bomba, un trozo de circuito del detonador, un fragmento del mecanismo de relojería que habría servido de “timer” del explosivo y la croquera de un funcionario libio, Lamin Khalifah Fhimah, con el nombre y teléfono del conocido agente, Abdelbaset al-Megrahi (39).

Fhimah, que trabajaba en la aerolínea nacional de su país fue absuelto por haberse demostrado que en los tiempos del atentado estaba en Suecia. Pero contra Megrahi tenían los persecutores la única evidencia que vincula a un sospechoso con la Libia de Muammar Kadhafi: la declaración de un comerciante de la asoleada isla mediterránea Malta –Tony Gaudi– quien a la primera les habló a los sabuesos escoceses, supuestamente de incógnito, del hombre de barba y acento árabe que un par de años antes había entrado muy nervioso a su negocio a comprar una maleta así y una parka asá.

–Además, Signori, –les dijo el Tony, ansioso de hacer una venta –el cavalieri arábigo, ante el aguacero que esa tarde empezó caer, compró un paragua como éste.

Venta hecha, y al comparar el susodicho paragua con el que mostraba signos de haber estado en la maleta, resultó ser similar a una docena de los treinta y más paraguas encontrados entre los restos del avión que una tarde, desde el lluvioso Londres se elevó a la eternidad.

Consultando después el avispado tendero, si acaso la fisonomía del cavalieri que adquirió la parka blanca marcada souvenir de Malta y la Silhouette 4000, coincidía con la de algunos de los sujetos que aparecen en estas fotos, no vaciló en reconocer a Megrahi.

¿Memoria elefantiásica capaz de reconocer a cada cliente a lo largo de años, y la mercadería que compra, además del estado del tiempo ese día? Nada, simplemente acordarse de las fotos que el día antes había visto en las revistas de su kiosko. Por el dicen que dicen callejero, sabía ya de la llegada malamente disimulada –rubios, pálidos, de camisa blanca y pantalón negros todos– de estos Sherlock Holmes que almorzaban juntos en la plaza de la Città Umilissima de Valetta.

Estaban fascinados los inteligentes venidos del frío, pues anotábanse un grande poroto al aportar el testigo clave de la conexión con Kadhafi, que tanto ansiaban sus colegas americanos.

También, Tony Gaudi; viendo una oportunidad de darle un palo al gato, pidió dinero a los ávidos investigadores, quienes por medio del “United States Federal Witness Protection Program”, informó el “Los Angeles Times”, le pasaron dos millones de dólares, más otro palo verde a su hermano Paul.

En el curso del complejo proceso, en que tres supremos de Escocia sesionaron en Holanda, fue quedando al descubierto que la memoria del testigo clave–Tony Gaudi– fue contaminada por el afán de figuración, el soborno y la presión mundial por hallar al culpable del crimen.

Se contradijo y desdijo al punto de desacreditar toda la investigación, llegando uno de los jueces a calificarlo como “una manzana en busca de un picnic”. Igual, a alguien había que condenar por los 270 asesinatos y Megrahi, a pesar de alegar siempre no ser culpable, estuvo diez años antes de tratarse su caso como un “miscarriage of justice” (malparto judicial).

Pero lo peor es que fue instrumental en que se descartaran otras líneas de investigación, como la “conexión Heathrow” que le reclamaron al Primer Ministro Gordon Brown los familiares ingleses de las víctimas. Ídem, la posibilidad de que hubiera sido un ajuste de cuentas de guerrilleros sirio-palestinos contra los mentados 007 de clase “business”.

Por algo, el observador de Naciones Unidas al juicio, el filósofo Hans Köchler, de la Universidad de Innsbruck, Austria, decidió denunciar el aparatoso procedimiento más como venganza que justicia.*

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NOTA: La otra parte de este artículo, aún en el tintero, trata de las denuncias de la matemática y psicóloga Elizabeth F. Loftus, de la Universidad de Washington, sobre cómo los psiquiatras implantan falsas memorias en niños y adultos.

* Hans Kochler: Global Justice or Global Revenge? The ICC and the Politicization of International Criminal Justice* Springer Wein New York 2003

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