Pablo Huneeus
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Clericalismo, cáncer de la Iglesia.
por Pablo Huneeus

“Los sacerdotes son como los aviones: sólo son noticia cuando caen.”
(Francisco, Roma, 2014)

En el sexto párrafo de la carta que el papa Francisco envió el 20 de agosto de 2018 “al pueblo de Dios” menciona tres veces la palabra clericalismo. Dicha misiva es la reacción del Vaticano a la pederastia revelada por el Gran Jurado de Pennsylvania, donde unos trescientos curas abusaron por décadas de al menos mil niños, todo con la complicidad de obispos que encubrieron el crimen. Como puede apreciarse a continuación, el citado concepto es clave para lograr arrancar de raíz la maleza, que hoy cubre los sembrados del Señor:

“Es imposible imaginar una conversión del accionar eclesial sin la participación activa de todos los integrantes del Pueblo de Dios. Es más, cada vez que hemos intentado suplantar, acallar, ignorar, reducir a pequeñas élites al Pueblo de Dios construimos comunidades, planes, acentuaciones teológicas, espiritualidades y estructuras sin raíces, sin memoria, sin rostro, sin cuerpo, en definitiva, sin vida. Esto se manifiesta con claridad en una manera anómala de entender la autoridad en la Iglesia —tan común en muchas comunidades en las que se han dado las conductas de abuso sexual, de poder y de conciencia— como es el clericalismo, esa actitud que «no solo anula la personalidad de los cristianos, sino que tiene una tendencia a disminuir y desvalorizar la gracia bautismal que el Espíritu Santo puso en el corazón de nuestra gente». El clericalismo, favorecido sea por los propios sacerdotes como por los laicos, genera una escisión en el cuerpo eclesial que beneficia y ayuda a perpetuar muchos de los males que hoy denunciamos. Decir no al abuso, es decir enérgicamente no a cualquier forma de clericalismo.”

Primero, el significado de la palabra iglesia: viene del griego ekklesia (en latín ecclesia) y fue el nombre que seiscientos años antes de Cristo el “padre de la democracia”, Solón arconte de Atenas, le dio a la asamblea de ciudadanos con servicio militar al día, que empezó a reunirse mensualmente en una explanada al aire libre, para decidir los avatares de la república. Quien pasaba a ser general, si licenciar o no a éste o al otro, y qué impuestos cobrar, era todo resorte de la ekklesia, al igual que los juegos olímpicos y si ofrendar a Apolo o a Zeus. Y fue ante esa “asamblea eclesial” que el abogado Demóstenes, a sus veinte años, empieza a espetar sus “filípicas” contra el rey Felipe II de Macedonia (padre de Alejandro Magno) acusándolo de tirano presto a invadir Grecia.

O sea, desde su gestación la iglesia que no es cofradía de príncipes, caudillaje blindado ni club de Toby. Es el universo de creyentes, vale decir “todos los integrantes del Pueblo de Dios.” Y así como hablar griego fue el requisito implícito para ser oído en la congregación democrática de antaño, en la iglesia católica es ser bautizado.

Entonces, la celula madre del cristianismo, tal como lo enseña san Pablo, es la persona iluminada por Jesús, sea esta hebrea o gentil (afuerina), rica o pobre y de orientación masculina o femenina. Y no hay en los evangelios, ni en los primeros siglos del cristianismo, una jerarquización de la cercanía a Dios ni una delegación del poder divino al funcionario de sotana.

Tampoco los fundadores de la Iglesia, visten de oropel al predicador. Tanto así, que el propio autor de epístolas clave del evangelio, siendo de una familia pudiente, dotado de pasaporte romano, y sabedor del griego, que era como el inglés hoy, igual para comer trabaja.

El trabajo, enseña san Pablo, dignifica al hombre y en vez de mendigar, o de dedicarse al ocio en nombre de Cristo oficia de talabartero, labrando con sus propias manos sandalias de cuero. Y para viajar, bueno, a pata no más, de Jerusalén a Corintio, y cuando se embarcaba a fin de visitar las comunidades cristianas de Creta e Italia, va en clase económica no más, durmiendo en cubierta.

Viene el concilio de Nicea, año 325, convocado en su palacio por el emperador romano Constantino, quien por razones políticas quiere al cristianismo como religión de Estado, para lo cual debe ensalzar, con ropaje y dinero, la figura de un clero profesional y enteramente masculino que reemplace a la curia que sirve a los viejos dioses y persiga a las magas y pitonisas que tanta atracción suscitan.

En el concilio de Trento, convocado en reacción a la Reforma protestante del siglo XVI, se consolida el sacramento de la ordenación sacerdotal, asignándole a los así bendecidos un aura sobrenatural y para concentrar las herencias, el celibato sacerdotal.

Se trata, pues, de un largo proceso de apartarse los ordenados de los bautizados, al punto que hoy en día estos últimos, entre los cuales me encuentro, pesamos menos en la Iglesia que un paquete de cabritas.

Y de eso trata el clericalismo, del caldo de cultivo en que se da el ocio subvencionado, la apropiación indebida de dinero y la degeneración de los instintos naturales.
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Continúa, en cuanto tenga tiempo, con las medidas propuestas, que van desde hacer del sacerdocio un don temporal, como la licencia de conducir, hasta instaurar en la parroquia una junta de vigilancia que maneje las platas, colectas u otras, del bien común.)

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