Pablo Huneeus
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ALCALDES MATABARRIOS
por Pablo Huneeus

Enjaulada en celdas de volcanita, entre la escala infinita y el precipicio fatal, sin niños ni espacio para tenerlos, sirviendo hipotecas que desangran el espíritu mes a mes durante años, la clase media profesional es la segunda víctima de la construcción en altura impulsada por los alcaldes apernados Felipe Guevara Stephens (52), Joaquín Lavín Infante (66) y Raúl Torrealba Del Pedregal (71).

La primera víctima fue la vieja guardia que urbanizó humanamente La Dehesa (Barnechea), Las Condes y Vitacura, haciéndose la casa propia, con jardín, piscina y terraza donde juntarse al aire libre en familia. Pero los mentados politicastros, coludidos con el Ministerio de la Vivienda, la industria inmobiliaria e Impuestos Internos (contribuciones) pujan por transformar calles decentes en adoquinado de tabernas y barrios apacibles en bosques de edificios.

El día a día es de la construcción: camiones tolva para allá, retroexcavadoras vienen, hordas de inmigrantes copan la locomoción, el repiqueteo de la moledora de piedras y la polvareda de la demolición de cuanta casa bonita haya. Es como estar en una cantera, mucho ruido e incesante destrucción.

Y a fin de maximizar el lucro, privan a los ancianos de sus pies en la tierra, y a la ciudad de los árboles que plantaron, árboles de lenta maduración, como el cedro y el seibo, símbolo de la fecundidad, que empotraron en el secano como legado a quienes vinieran después.

Todo, para que asalariados municipales los arranquen a beneficio del vehículo motorizado y de la torre de hormigón armado; la destinada a caer una sobre otra en caso terremoto.

Es tan rasca la arquitectura en estas comunas, tan feo, estrecho y mal aislado el departamento, que a igual segmento etario sus habitantes tienen menor fecundidad, o sea menos hijos, que los de campamentos, y con razón; unos viven con vértigo y los otros en lo natural.

Encima, el auto bombo de estos mercaderes de ilusiones omite que los ascensores son tan chicos, que es imposible subir en camilla al enfermo o bajar derecho al fallecido, por lo que «el mejor lugar para vivir» es el peor para morir: queda el cuerpo «arremangado» en el cajón y consignado a comunas hartas de los escombros, basura, caca fresca y cadáveres que les lanzan desde el barrio alto.

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