Pablo Huneeus
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LA VIOLENCIA ORGANIZADA DEL ESTADO
por Pablo Huneeus

El Estado ha incrementado exponencialmente su capacidad de ejercer violencia. Acompasado con la globalización financiera, dicha institución ahora reprime con total fuerza las desavenencias culturales o políticas al interior de la sociedad, mientras el movimiento ciudadano, la gente misma, día a día pierde potestad a manos de la burocracia.

El gasto militar, que se incrementó en 45% desde 1998 y 6% respecto a 2006, alcanzó en 2007 a 1.339 mil millones de dólares, US $ 202 por cada habitante del planeta Tierra.

Casi la mitad de ese dispendio (547 mil millones) lo realiza Estados Unidos, seguido de Gran Bretaña, China, Francia, Japón, Alemania y Rusia. En el lugar 12 está Brasil, con 15.3 mil millones (1% del total).*

En cuanto a la venta de armamento, incluyendo aviones de guerra, tanques y submarinos, las mayores utilidades las consigna la empresa estadounidense Lockheed Martin (US $ 2.529 millones en 2006) seguida de la Boeing, con US $ 2.215 millones. En décimo lugar, Thales de Francia, US $ 487 millones.

Al concluir en 1945 la Segunda Guerra Mundial, había un sólo Estado capaz de usar la fuerza latente de átomo para infligir muerte y destrucción. En 1949, Rusia (URSS) pasa a ser el segundo Estado nuclear y en la actualidad ya son ocho, los que en total ostentan cerca de 25.000 armas nucleares, algunas hasta cien veces más poderosas que la de Hiroshima. De estas 10.200 se mantienen en alerta máxima, listas para ser lanzadas en minutos.

El octeto de la muerte lo forman Estados Unidos, Rusia, Gran Bretaña, Francia, China, India, Pakistán e Israel, países todos del hemisferio norte.

En sus arsenales, junto a las consabidas bombas atómicas para exterminar ciudades, cuentan con las neutrónicas para hacer papilla seres humanos sin dañar los tanques o fuertes en que se encuentren, las compactas para disparar con simples piezas de artillería ligera, las que salen desde la profundidad del mar hacia su blanco, y las de uranio endurecido que penetran la tierra firme para pulverizar bunkers de concreto armado y deflagrar edificios desde el subterráneo hacia arriba.

Al rentable negocio de suministrarle al Estado equipamiento militar, añádase el de ofertarles para sus fuerzas de orden gases lacrimógenos, camiones lanza agua, balas goma y demás pertrechos, como cascos y laques, destinados a reprimir manifestantes.

Por otro lado, los traficantes de armas se esmeran por suministrar pertrechos de guerra a los disidentes del Estado central, sean estos movimientos estudiantiles, laborales, de reivindicación indígena o mafias que lucran de la droga, de yacimientos petrolíferos y del asalto pirata a barcos en alta mar. Todo vale en el negocio de la muerte, incluyendo corromper con coimas la clase política.

El jamón del sándwich, obvio, es la gente de trabajo y familia, la base social que en la jerga militar se le denomina “civiles”. El blanco de la belicosidad gubernamental se ha extendido desde los países de altos ingresos hacia zonas de extrema pobreza, como Afganistán y la Araucanía. Emplazados ahora en las áreas de población vulnerable, los 130 conflictos armados de los últimos veinte años han ocasionado 3.400.000 muertes en Asia, 800.000 en el Medio Oriente, 750.000 en África y 150.000 en Latinoamérica, en su mayoría mujeres, niños y adultos mayores.

Los efectivos militares al servicio del Estado y por ende, del poder financiero tienen que ser adiestrados para matar por orden superior. El problema es que en lugar de los robots que quisiera la autoridad, son humanos. Bajo el casco, los hay que piensan, y al sentir, que es lo mismo que pensar, reconocen a sus semejantes al otro lado del muro.

“Los alemanes al frente eran muy sociables. Nos mandaban mensajes en morteros desactivados. Uno decía: Nosotros, soldados alemanes, les enviamos a ustedes, soldados ingleses, un saludo y los invitamos esta noche a una buena cena alemana con cerveza malta y küchen. El perrito se vino a este lado y está bien, parece que no le dan comida. Respondan del mismo modo, bitte.”

Otra granada contenía una copia del Neueste Nachrichten, un diario que traía reportajes sensacionales... Al batallón no le importaban nada las noticias o las causas de la guerra. Ni siquiera había tirria contra los alemanes. El deber de un soldado profesional era simplemente pelear contra quien el rey le ordenara pelear.”**

Ahora bien, si eso ocurre entre gringos y germanos durante una guerra mundial (1914-18), bien puede ocurrir entre lacayos del Estado y luchadores de la libertad cuando ambos son de la misma raza, y con igual interés por vivir mejor.

De ahí, entonces, la inestabilidad estructural de un tinglado que se base en la violencia organizada. Requiere burócratas en uniforme, efectivos de seguridad o como quiera llamárseles a los jóvenes que ponen en fila para entregarles armas. ¿Y si una vez armados se rebelan contra la opresión?

Lautaro aprendió de su propio patrón español las artes militares, en particular la táctica guerrera de atacar por oleadas sucesivas, con las cuales agota al invasor hasta lograr el año 1556 arrasar a sangre y fuego con la ciudad de Concepción.

En cambio Jean-Jacques Rousseau en su libro de 1762 propuso “el contrato social” como base de una sociedad justa. Y tenía razón, pues de no fundamentarse la ley en la libre voluntad de las personas, termina asentada en la fuerza, debajo la cual no hay más que el miedo de unos y la obediencia de otros.

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* SIPRI Yearbook 2008 “Armaments, Disarmament and International Security.” Oxford University Press, 2009.
** Robert Graves: “Good-by to All That.” Londres, 1929.

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