Pablo Huneeus
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LA TÍA ALCAHUETA
por Pablo Huneeus

Ha muerto en Londres doña María Eugenia Huneeus Salas, hermana menor de mi padre fallecido en Madrid, 1986, a la edad de ochenta años. Vivía ella en el barrio de Westminster, oficiando de sicóloga ocupacional, desde mucho antes que mi familia se radicara en la City debido a los negocios navieros del papá. (Ver en artículos anteriores: EN NOMBRE DEL PADRE).

Fue entonces que me tocó departir con ella, por lo que el año pasado, al rememorar aquellos tiempos, le envié esta misiva, que respondió en términos igualmente afectuosos.

Santiago, 12 de enero de 2008
Señorita
María Eugenia Huneeus Salas
12 Northcroft, Sudbury, CO10 1HL
Inglaterra.

Recordada María Eugenia,
No quiero que mueras, yegua maldita, sin que sepas cuánto te aborrezco por haber alcahueteado a tu amiguita Betty con mi padre, el ingeniero José Agustín Huneeus Salas, nacido en un día como hoy de 1906.

Había yo cumplido apenas dieciséis cuando el papá me llevó a un concierto al Royal Festival Hall y estabas tú esperándolo con la Betty, una tipa alta, de nariz aguileña y aire de embrujo. No recuerdo si era la novena dirigida por Otto Klemperer, los Branderburgueses o los Reales Fuegos de Artificio de Haendel, pero sí recuerdo lo impostado de ese “casual” encuentro con la expatriada tía que muy sonriente se le acerca al papá de la mano de Luzbel.

Venían las dos subiendo al foyer por una escala alfombrada, tú de pelo corto desaliñado, ella muy arreglada, de traje largo negro, collar de plata y anillos de brillantes sobre unas estilizadas manos que movía pausadamente. Toda una lady, diría uno, sobre todo al escuchar su estirada pronunciación estilo Oxford, lady Macbeth en persona.

– Oh how chaaarming!– me dijo. Más que errado encontrarme a mí “charming”, denota su mente falsaria, pues supo altiro que vi en ella la hiena que resultó ser. Los niños, tú sabes, ven a través de las máscaras.

Al papá le platicó de música, su pasión, pero más allá de esas afectadas alabanzas, –era maestra en adular– su pose de fiera al acecho evidenció el hambre que le dio ese gerente pintoso, rico y en la cúspide de la genialidad (cincuenta años tenía don Cucho) que arriaste a sus fauces.

Además de hablarles maravillas del uno al otro, factor que siempre aviva el fuego, sobre todo viniendo de una hermana, les prestabas tu departamento para que se juntaran en las tardes, antes de volver cada cual a su hogar, porque ella también era casada y con hijos.

Entretanto la mamá, sumida en la depresión que le sobrevino al haber sido exiliada a ese Londres tan brumoso de día como turbio de noche, se daba cuenta de la traición. Sea por falta de ayuda profesional, porque extrañaba su palacio de avenida Lyon 1177, porque prefería París o porque nunca fue rosa fácil de llevar, lo cierto es que estaba mal.

Por mi parte, del internado jesuita cerca de Sheffield salía cada tres meses por unas semanas y en una de esas, antes de saberse los resultados de los exámenes que me habilitaban para Cambridge (5 A Levels), el papá me embarcó en Liverpool en un carguero de vuelta al atraso.

Betty tiene que haber ayudado en ese aventón que me dieron a los diecisiete. No cuadraba yo en sus planes, menos luego de haberme rehusado a salir con su hija Angela, una chancha dos años mayor que yo con la cual pretendió casarme y que abominé a primera vista.

Nunca se sabrá si tú también le dijiste al oído que mejor mandar al negro, como me decía mi papá, lejos, donde no estorbara el romance de tu amiga con tu hermano. Lo cierto, es que al momento de entrar ella en la vida de Cucho papá, Cecilia y yo, los menores, y a su manera también los demás Huneeus Cox, lo perdimos. No fue nunca más el mismo.

Fue por esa mujer que abandonó su familia, su patria y las empresas que fundara, todo para convertirse a la temprana edad de cincuenta y seis, en otro jubilado de la colonia inglesa en Mallorca. ¿Valió la pena?

En Alcudia lo vimos contento, aunque inquieto por el nerviosismo de Betty con nuestra presencia. “Es que traen enfermedades de Sudamerica”, me dijo una vez al llegar. En Madrid, no lo vi.

Pero fue al momento de su muerte, abandonado en una clínica de barrio, que Betty, tu amiga, mostró su verdadera naturaleza. No dejó a María Virginia y Tessi alojarse en el departamento del papá, debiendo mis hermanas hospedarse en una pocilga marroquí de las cercanías.

Solo y desamparado el conde, como le decían los enfermeros, en una pieza mínima, tratando siempre de mantener su dignidad y gentileza, mientras la hiena, impaciente por la tardanza del papá en expirar, corría por los bancos y agentes financieros para rapiñar todo cuánto pudiera.

El hombre, hay que admitirlo, tenía su voluntad; fue el autor de su propio destino. Pero tú fuiste la cómplice encubridora de su descarrilamiento y si la familia te demandara por daños morales, no tendrías medios ni tiempo para saldar en esta vida tu satánica gestión. Por eso, espero que en la eternidad que os aguarda el ángel caído te lleve al infierno.

Pablo

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