Pablo Huneeus
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EL MITO DE LA CAVERNA
por Pablo Huneeus

Treinta y más hombres atrapados en una mina de oro a setecientos metros bajo la superficie, dan qué pensar.

En plena era del individualismo, han despertado el animal social que hay al fondo del alma nacional. Ahora, estamos todos los chilenos allá abajo con ellos, sintiendo el peso de las toneladas de oscurantismo que obstruyen la salida.

En la espera, seguimos cual autómatas moviendo las industrias, aunque siempre a la espera del rescate. Que los rescaten a ellos, y a nosotros también, de la opresión. El endeudamiento de las personas, el abuso del sistema financiero, la mala educación, la irresponsabilidad de la clase dirigente, el parloteo gubernativo, todo eso le pesa al pueblo trabajador tanto o más que 700 metros de cerro encima suyo.

Si astronautas desde el espacio les han mandando mensajes a los mineros ¿cómo no iban a hacer otro tanto pensadores desde el lejano pasado? Es lo que hace el filósofo griego Platón (Siglo V a. C.) al hablarnos de hombres encerrados al interior de una mina.

Aparece al comienzo del libro VII de su magna obra “La República, o de lo justo”. Es una alegoría, llamada “El Mito de la Caverna”, en la cual explica cómo el conocimiento enaltece la condición humana, y a qué extremo no saber la envilece.

Para esos efectos Sócrates, su maestro, en diálogo con su hermano Glaucón, compara la condición de ignorancia con la de esclavitud en las entrañas de una mina.

Sin acceso al aire libre ni a la luz natural, obligados a mirar las imágenes que les proyectan, llegan a creer que eso ante sus ojos es la verdad. Uno de ellos escapa, ve el sol de la verdad y vuelve a liberarlos. Es el filósofo, –profesor, periodista o escritor– que cuenta la firme.
En palabras del propio Platón:

“Sócrates: –Ahora represéntate el estado de la naturaleza humana, con relación a la ciencia y a la ignorancia, según el cuadro que te voy a trazar.

Imagina un antro subterráneo, que tenga en toda su longitud una abertura que dé libre paso a la luz, y en esta caverna hombres encadenados desde la infancia, de suerte que no puedan mudar de lugar ni volver la cabeza a causa de las cadenas que les sujetan las piernas y el cuello, pudiendo solamente ver los objetos que tienen al frente.

Detrás de ellos, a cierta distancia y a cierta altura, supóngase un fuego cuyo resplandor les alumbra, y un camino escarpado entre este fuego y los cautivos. Supón a lo largo de este camino un muro, semejante a los tabiques que los charlatanes ponen entre ellos y los espectadores, para ocultarles la combinación y los resortes secretos de las maravillas que hacen.

Glaucón: –Ya me imagino todo eso.

–Figúrate personas, que pasan a lo largo del muro, llevando objetos de toda clase, figuras de hombres, de animales, de madera o de piedra, de suerte que todo esto aparezca sobre el muro. Entre los portadores de todas estas cosas, unos se detienen a conversar y otros pasan sin decir nada.

–¡Extraños prisioneros y cuadro singular!

–Se parecen, sin embargo, a nosotros, punto por punto. Por lo pronto ¿crees que puedan ver otra cosa de sí mismos y de los que están a su lado, que las sombras que van a producirse frente a ellos, al fondo de la caverna?

–¿Ni cómo habían de poder ver más, si desde su nacimiento están obligados a tener la cabeza inmóvil?

–Y respecto de los objetos que pasan detrás de ellos, ¿pueden ver otra cosa aparte de sus sombras?

–No.

–Si pudieran conversar unos con otros, ¿no convendrían en dar a las sombras que ven los nombres de las cosas mismas?

–Sin duda.

–Y si en el fondo de su prisión hubiera un eco, que repitiese las palabras de los transeúntes, ¿no se imaginarían oír hablar a las sombras mismas que pasan delante de sus ojos?

–Sí.

–En fin, no creerían que pudiera existir otra realidad que estas mismas sombras.

–Sin duda.

–Mira ahora lo que naturalmente debe suceder a estos hombres, si se les libra de las cadenas y se les cura de su error.

Que se libere a uno de estos esclavos, que se le fuerce de repente a levantarse, a volver la cabeza, a marchar y mirar hacia la luz; eso ha de causarle mucho sufrimiento; la luz le ofenderá los ojos, y la confusión que sentirá le impedirá distinguir los objetos, cuyas sombras veía antes.
¿Qué crees que respondería, si se le dijese, que hasta entonces sólo había visto fantasmas, y que ahora tiene delante suyo objetos reales y concordantes con la verdad? Si en seguida se le muestran las cosas como son, y a fuerza de interrogarlo se le obliga a llamarlas por su nombre, ¿no se sentiría confundido, y creería que lo que veía antes era más real que lo que avizora a plena luz?

–Sin duda.

–Y si se le obligase a mirar el fuego, ¿no sentiría molestias en los ojos? ¿No volvería la vista para mirar a las sombras, en las que se fija sin esfuerzo? ¿No creería hallar en éstas más distinción y claridad que en todo lo que ahora se le muestra?

–Seguramente.

–Si después se le saca de la caverna y se le lleva por el sendero áspero y escarpado hasta encontrar la claridad del sol, ¡qué suplicio sería para él verse arrastrado de esa manera! ¡cómo se enfurecería! Y cuando llegara a la luz del sol, deslumbrados sus ojos con tanta claridad, ¿podría ver alguna de las cosas que consideramos reales?

–Así de pronto, no podría.

–Necesitaría indudablemente algún tiempo para acostumbrase a ello. Lo que distinguiría más fácilmente sería, primero las sombras; después, las imágenes de los hombres y demás objetos pintados sobre la superficie de las aguas; y por último, los objetos mismos. Luego dirigiría sus ojos al cielo, al cual podría mirar más fácilmente durante la noche a la luz de la luna y de las estrellas que a pleno sol.

–Sin duda.

–Y al fin podría, no sólo ver la imagen del sol en las aguas y donde quiera que se refleja, sino fijarse en él y contemplarlo allí donde verdaderamente se encuentra.

–Sí.

–Después de esto, comenzando a razonar, llegaría a concluir, que el sol es el que crea las estaciones y los años, el que gobierna todo en el mundo visible, y el que es en cierta manera la causa de todo lo que se veía en la caverna.

–Es evidente que llegaría como por grados a hacer todas esas reflexiones.

–Si en aquel acto recordara su condición anterior, la idea que allí se tiene de la sabiduría y sus compañeros de esclavitud, ¿no se regocijaría de haber salido y no se compadecería de la desgracia de aquellos?

–Seguramente.

–¿Crees que envidiaría aún los honores, las alabanzas y recompensas que allí se daban al que primero veía pasar las sombras, al que con más seguridad recordaba el orden en que marchaban yendo unas delante o detrás de otras o juntas, y que en este concepto era el más hábil para adivinar su aparición; o que tendría envidia a los que en esta prisión eran más poderosos y más honrados? ¿No preferiría, como Aquiles en Homero, pasar la vida al servicio de un pobre labrador y sufrirlo todo antes que volver a su primer estado?

–Sin duda prefiero cualquier cosa antes que vivir así.

–Ahora bien, si este hombre volviera a la caverna, al pasar repentinamente de la luz a la oscuridad, ¿no quedaría ciego?

–Sí.

–Y si antes de adaptarse sus ojos a la penumbra, cuando aún no distingue nada, habla con los demás presos sobre esas sombras, ¿no se reirían de él, diciendo que por haber salido de la caverna perdió la vista? Además, dirían que es una locura irse de dónde están y que si alguien intenta sacarlos al exterior, ellos mismos lo matan.

–Sin duda.

–Ésa, querido Glaucón, es la condición humana. El antro subterráneo viene a ser el mundo palpable. El fuego que alumbra es la luz del sol. El cautivo, que sube al aire libre y contempla el paisaje superior, es el alma que se eleva hasta alcanzar la esfera inteligible.”

* * *

O sea, en la perspectiva socrática, el “mundo palpable” es la realidad inmediata que percibimos con los sentidos, vale decir lo que está al alcance de nuestra naturaleza animal: el olor de las cosas, su gusto al paladar o su apariencia a primera vista.

En cambio, “la esfera inteligible” es el nivel superior de entendimiento, el espacio infinito de las ideas, que se descubre, no con la nariz ni los dedos, sino ejercitando el pensamiento racional (estudio, cálculo matemático, lectura, meditación, etc.)

La base, y razón de ser, de esta superestructura del intelecto que hay más allá de la realidad sensorial, es lo que Platón llama “la idea del bien.”

“Ella es la causa primera de todo lo bello y bueno del universo”, afirma el filósofo, “la luz que en el mundo invisible engendra la verdad y la inteligencia”. Es dicha idea en su sentido amplio –compasión, paz, sentido de justicia, autocrítica– la que debe guiar desde niño “a quien quiera conducirse sabiamente en la vida pública y privada.”

Pero hay un problema: “los que han llegado a esta sublime contemplación” (de la idea suprema, o sea de Dios) “desdeñan tomar parte en los negocios humanos, y sus almas aspiran sin cesar a elevarse”. Es el caso del sapientísimo Diógenes. Vivía como indigente en la calle, y un día se le acerca el emperador Alejandro Magno a ofrecerle el puesto u honor que quiera. “Sólo te pido que no me tapes el sol”, responde el sabio. (El sol de la verdad, se entiende.)

Al estar las mejores mentes consagradas a la ciencia, queda la república expuesta a “los embaucadores”. Son quienes habiendo torcido la “facultad de saber” para sus mezquinos intereses, pechan por las altas magistraturas. “Sutiles y perspicaces”, dice el filósofo, los artífices del mal son producto de esa seudo educación que propala rutinas vistosas –show mediático– con la única finalidad de acaparar dinero.

Sin saber a dónde van ni distinguir el bien del mal, salen armados de inteligencia cavernaria: información de catálogo para conducir máquinas que no entienden, manuales de procedimiento para condenar sin remordimiento al inocente, y doctos reglamentos para fragmentar la unidad natural de lo humano. Memorizan cuánto dato imaginable, pero no saben responder la pregunta típica del niño de cinco años: ¿y por qué?

Es la caverna, el vacío moral de una generación con metas, pero sin valores, un país en que lejos de haber verdad, hay sólo imágenes, sombras de la realidad, y donde a nadie le importa nada.

Efectivamente, pues, no están solos. Con los 33 de Copiapó hay otros 17 millones de chilenos ansiosos por salir del hoyo.

REPLICA de Everett Martin, periodista del diario “The Wall Street Journal”, con el cual años ha bajamos en Lota a un pique de 1.200 metros de profundidad a entrevistar mineros en su salsa:

When I first heard the news I thought it might be happening in our mine at Lota. I still have vivid memories of what it was like down there, but these miners face an ordeal beyond comprehension. I have read your column and will read it again to understand it better. By your lights this is exactly the experience that we here in the US are going through, but few realize it yet. My prayers, such as they are, are with those men who know the enemy that must be conquered..
Abrazos,
Everett

Dear Everett,
Swamped in the urgent need to revamp my long selling recipe book, now in it’s 14th printing, I followed unconcerned the miners burial. As many a Chilean, I was under the unspeakable impression it was only a question of retrieving the bodies, if they ever found them.

The emotion of learning, at Sunday lunchtime, they were alive is unimaginable. So shaking that I haven’t gotten into writing about it. The column is only an alibi, a getaway referred to Plato’s Myth of the Cave.

Sure, in all these eerie days I have been very aware, as if yesterday, of our visit 1.200 meters down into the Lota Schwager coal mine. I can see you all dressed up in miners gear, sporting a helmet with a lamp on you head.

Remember the eighteen year old lad who spoke some English? When you asked him how come you don’t carry on learning, he replied: “Too late, now that I went down into the mine, I am done.”

Saludos
Pablo

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