Pablo Huneeus
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EL HERMANO QUE HABRÍA PREFERIDO NO TENER
por Pablo Huneeus

«En California hay vinos excelentes y vinos malos. Lo mismo pasa en Chile. Cuando llegas a un grado de excelencia, es difícil decir cuál es mejor. » (Big Brother en revista Capital)
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La revista «Capital», Nº 318, del viernes 2-mar-12, trae en portada a mi hermano mayor en Zapallar, con sombrero y anteojeras puestas. «Agustín Huneeus, SIN RESERVAS» dice la tapa en papel cuché, que resalta en los quioscos del barrio gerencial «El Golf», el vidrioso –y quebradizo– pináculo del poder financiero.

También está en Internet.

El artículo mismo, por Marcelo Soto, se titula: «Agustín Huneeus, lecciones de un visionario. »

«Es una leyenda en el mundo del vino. En los 60 fue el principal accionista y director de Concha y Toro.... Fue pionero en California y hoy es dueño de un cotizado viñedo de Napa Valley. Amigo de Francis Ford Coppola, ... »,

¡Qué privilegio! pensarán muchos, sobre todo si además de atesorar mostos es compinche del director del filme «El Padrino», sobre matones de guante blanco.

Sin duda sabe cosas que este menos aventajado hijo de los mismos padres, no sospecha, así como yo, por sentirme mejor a caballo que en avión, veo cosas que desde su «Beechcraft Bonanza» él pasa por alto.

Son esos fragmentos del lado oscuro de la luna que revelan la verdadera naturaleza del plateado satélite. «Cherchez la femme” (busca la mujer) dicen los franceses y con razón, pues ¿cómo entender a un hombre sin conocer su relación con Eros, el primero de los dioses?

La única fámula que aparece, se vislumbra bajo un tapaboca del párrafo inicial: «En medio de la entrevista, eleva la voz y le pide a su mujer –que de pronto conversa animadamente con la fotógrafa– que guarde silencio, porque “estamos grabando”.»

De todos los nombres que lanza, junto a Coppola, que van de Eduardo Chadwick a Evelyn Matthei, es la única referencia a su actual esposa, madre de sus dos hijos menores y fuerza vital de sus últimos cuarenta años, Valeria Quesney Molina, amiga de mis amigas de cuando yo era soltero e hija de don Lucho, todo un «gentleman» y grato conversador.

La otra, viene en su explicación de la «provenance» u origen de su fortuna, fábula que también he visto expuesta en revistas extranjeras del rubro, las que llegan a señalarlo como un capísimo «filósofo del vino» que se adelanta a las tendencias de la industria.

«Los pergaminos de Huneeus impresionan. » dice Capital. «Cuando tenía 23 años, se hizo cargo de Concha y Toro, entonces una empresa sin destino. »

Y al dorso de esa frase encontramos a Christiane Bernadette Cassel van Doorn (1935-1979) una cándida heredera de familia noble que a sus 19 años de edad, se casó con el visionario, a la sazón de 21, en Wake County, North Carolina, 1954.

Hija mayor del barón Jean-Germain-Léon Cassel van Doorn (1882-1952), dueño de un banco en Bélgica y de un palacio en Cannes, llegó con su familia a los Estados Unidos a causa de la ocupación nazi de Bruselas en 1940. El barón Cassel falleció en New Jersey sin haber alcanzado a conocer al pretendiente sudamericano de su hija mayor, y la boda misma debe haber sido de bajo perfil, pues no recuerdo fotos ni partes, o que alguien de mi tribu haya viajado al evento.

Recuerdo en cambio, el día que la pareja real llegó en pompa y majestad a vivir en la suite con balcón, dos dormitorios y baño propio que antes de casarse ocupaba mi hermana Teresa en la casa de avenida Lyon 1177, en el corazón de Providencia.

¡Wow! Chris-Cucho, les decía parodiando la lancha deportiva «Chris-Craft», ¡qué par de príncipes! A este escribidor lo que le faltaba en edad –tenía apenas 15– le sobraba en complejos, empezando por los dientes chuecos, como en doble corrida, que me refrenaban de sonreír. Tanto así, que no hay una sola foto mía de adolescente en que no esté serio y hasta el día de hoy, cuando veo un niño con frenillos, lo felicito por tener padres que se preocupan.

Con Agustín, no tenía amistad por el simple hecho, creía yo, de llevarme siete años de ventaja, lo que de niño es un siglo de diferencia: otros amigos, otros colegios y otra relación con los papás.

No se usaba la palabra «bullying» en esos tiempos, como si Caín y Abel nunca hubiesen existido.

De ahí que en lugar de pena haya sentido alivio cuando partió a estudiar administración de negocios a la universidad jesuita de Fordham en Nueva York. Pasé a ocupar ¡qué felicidad! su amplia pieza con doble ventanal, liberándome así de tener que dormir con Pancho, mi hermano siguiente hacia arriba, y cuya propensión al asma lo hacía roncar como búfalo.

Entonces Christiane, cinco años mayor, no sólo era de otra generación, sino que venía de otra cultura, una porcelana de Sèvres, que hablaba en la lengua de Corneille con mi mamá, y en inglés conmigo, pues ella estaba recién aprendiendo castellano.

Por su parte, el adelantado de la pieza grande, el que los días viernes salía del garaje de la casa con un compañero de colegio a vender filetes de merluza en un furgón negro de reparto Bedford, ahora de cuello y corbata en un Chevrolet Bel Air blanco con azul, Sport coupé de dos puertas, último modelo. Born again, era otro.

Al volver el hijo pródigo con su cartón en «business administration», el papá lo nombra gerente de la Sociedad Pesquera San Antonio (Sopesa, hoy Alimar), un emprendimiento a partir de cero que tras años de improvisar equipos (no había en Chile pesqueros de arrastre ni plantas faenadoras) comenzaba a auto sustentarse con las primeras exportaciones de harina de pescado chileno.

"Me tocaba invertir los recursos financieros de la compañía, manejar las platas», cuenta Agustín a «El Mercurio». ¡Zaz!, la oficina del papá en calle San Antonio 220, con vista al Teatro Municipal, donde también funcionaba la aseguradora automotriz que había hecho con don Vicente Richard, pasa a ser el sitial del vuelto a nacer.

Fue la etapa, 1955-57, que mi hermana María Virginia denomina “la debacle”. El papá parte a Inglaterra sin avisar, ella a Montreal con su marido neurocirujano, y de atrás los dos menores con la mamá en un buque de la Sud Americana de Vapores a Londres. Agustín quedó a cargo de Lyon 1177, de Asegurauto, y de la pesquera, los que junto a los negocios mineros y textiles del papá, (Minera Valparaíso, Chatex) a los dos años, chao todo eso, «gone with the wind», diría Clark Gable.

De un comienzo, a Christiane le fascinó Chile, al punto que junto a su señora madre, la baronesa Marie Alexander, invirtió millonadas en fundos, terrenos urbanos y empresas en desarrollo.

Encima, trajeron la colección de cuadros flamencos, tapicerías francesas, muebles versallescos y armaduras medievales del barón.* Además, un clavecín de doble o triple teclado que fui con Cucho en el «Bel Air» a desaduanar en Valparaíso.

Era de los primeros autos con parabrisas curvo sin pilar central, pinta de convertible y neumáticos de banda blanca. «Powerglide», con un motorazo de seis cilindros en línea, 125 hp y un pique salvaje.

Sí, la silla de Longfellow, la misma que venía tan primorosamente embalada y ahora es un hito del amoblado de su casa de 1010 Lombard Street, la serpenteada calle de San Francisco, California, que cientos de turistas y cinéfilos visitan a diario. Bárbara Streisand y Clint Eastwood han protagonizado escenas en sus siete curvas. Va del sector «Embarcadero» a otro llamado «Presidio».

Aparte de los bienes materiales que trajo Christiane, del contante y sonante con que Agustín inicia sus negocios, y de las dos hijas que dio a la familia, aportó el «touch of class», ese toque de distinción y estilo que hasta el día de hoy exuda.

«Tiene esa elegancia sin aspavientos que en Chile parece haberse perdido. No sé muy bien por qué, pero me recuerda a Nicanor Parra, a esos señores antiguos, criados en el campo, pero cosmopolitas», señala «Capital».

Y el alhajamiento de su mansión de San Francisco, donde reúne en éxtasis a «la crème» del viñaterismo californiano, entre tapicerías bíblicas y pinturas de Sorolla, no es otro que el ajuar de Christiane. Ahí luce en todo su esplendor el escritorio del barón junto a los muebles, esculturas y obras de arte de la familia Cassel que uno contempló deslumbrado en la «garden house» de estilo americano que Chris-Cucho se hicieron Américo Vespucio 1798.

Pero así como la plata trae la plata, el capital demanda capital. Por grande que sea la dote, o enorme el premio, todo fundo, industria o palacio pide más y más trilladoras, galpones, arreglos, y dedicación. Ídem, el juego bursátil.

Cuenta el visionario: «empecé a verle el gran potencial en una época en que no se exportaba vino y empecé a sentir la pasión al recorrer las viñas. De repente probaba vinos y eran magníficos, y otros que eran más o menos. Me empecé a entusiasmar y me salí de la pesca... »

Lo que pasó es que estando a cargo de la pesquera, se dejó tentar por la especulación financiera. Un avezado corredor de la bolsa trece años mayor, Eduardo Guilisasti Tagle (1920–1998) lo convence de abandonar la industria de lento pero seguro crecimiento a que estaba dedicado, para tomar por asalto accionario una antigua viña con vastas propiedades susceptibles de lotearse en pedazos.

Tras una OPA en voz baja, Cucho adquiere el 10% de Concha y Toro, con lo cual asume el cargo de director y gerente a la vez, mientras Guilisasti, el 5%. Dicha jugada, además del aporte Cassel, demanda todo cuanto pueda ir a la ruleta, incluyendo la herencia del tata Pancho (Francisco Huneeus Gana, fallecido en 1959).

En lugar de servir esa herencia, unos US$ 2.000.- de entonces a cada uno de sus nietos, para comprarme un «loft» de 35 m² en calle Lastarria, Big Brother estimó mejor invertirla en la dichosa productora de tintolio, debiendo yo seguir de allegado del tío Ricardo Cox Balmaceda.

Fue una estupenda inversión. Cuando al alcanzar mi mayoría de edad, entonces a los 21, logré reducirla a plata, lo que al comienzo daba para una propiedad, apenas alcanzó a costear la diferencia entre mi vieja moto «Royal Enfield» y un «Simca Aronde» de segunda mano, armado en Arica.

Al final del artículo encontramos sus lucubraciones sobre las distintas cepas de vino. La última me dejó intrigado: «El pinot noir se da bien en muy raros terroir. Es muy diferente al syrah, ... es la variedad más exigente y estamos recién empezando a descubrirla».

¿Será un mensaje en clave? No sé, pero si a la frase que va de epígrafe le sustituimos la palabra “vinos” por “personas”, bueno ahí se entiende todo. Bajo el texto, en la versión por Internet hay una invitación a enviar comentarios:

“Felicitaciones por encontrarle utilidad a tan distinguido enófilo y productor de bebidas alcohólicas. Sin embargo, tal genialidad ha sido poco ventajosa para la familia, pues de no haber existido él, los demás hijos de mi padre habríamos conservado la casona de tres pisos, parque, parrón y piscina en Avenida Lyon 1177, donde nos criamos a la sombra de los seibos y jacarandá que plantó mi mamá.

El precoz modernizador del vino impulsó su venta por 30 monedas mientras el papá y los menores estábamos en Londres. La madre de todas las batallas, se resistió por semanas a firmar, pero los consejos de su hijo mayor sobre la conveniencia de invertir en «Concha y Toro Vino de Oro», terminaron por doblegar su instinto de nunca ceder terreno, menos en Providencia.

Dicha propiedad, vaya a verla si no me cree, hasta el día de hoy nos estaría dando a cada uno de los hermanitos quedados sus buenos US$ 750.- mensuales.”

La vera historia cuesta sacarla del baúl de los silencios, es muy diferente al syrah, estamos recién empezando a descubrirla.
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* Uno sólo de esos cuadros, que estaba sobre un sofá mirando al poniente –un paisaje fluvial entre castillos medievales– del maestro flamenco Maerten Ryckaert (1587-1633) el 29-ene-09 alcanzó en Sotheby´s de Nueva York un «hammer price» (precio de martillo) de US$ 698.500.- (349 millones de pesos). El catálogo asegura que proviene de una «South American Private Collection».


JUVENTUD Y ALCOHOL

Era el sábado (10-mar-12) a medianoche cuando llegué hasta ahí con el cuento. Después de comida, al rato de empezar a teclear estas divagaciones siento un escarceo en la mente, una de esas corrientes de mar que sin mostrarse en la superficie lo desvían a uno del rumbo propuesto.

Es un ruido de fondo que empieza a sobrepasar los cuartetos de Beethoven que tengo puestos. Es una batahola multitudinaria, una algarabía de estadio y marcha por la Alameda, algo superlativo e «in crescendo» de donde brotan gritos de curado y chillidos de virgen, hasta que me armo de linterna y salgo a ver.

Es justo pasado medianoche, y mi tranquila calle, que termina una cuadra más arriba, está toda bloqueada por autos, unos tratando de pasar, otros queriendo retroceder, alguno arriba de los cactus. Taco total, colapso completo de la circulación, ni entrar o salir en auto podría. Mis vecinos, menos.

Entre medio, decenas, y quizás cientos de adolescentes de catorce a quince años de edad bamboleándose ebrios. Un grupo por acá está enfrascado en una pelea a combos, combos que no golpean porque ninguno de los juveniles boxeadores logra tenerse en pie.

No sé si es hombre o mujer quien se agacha a vomitar en la acequia de aguas lluvia. Más arcadas de huitreos a mi izquierda. Botellazos van, el tufo a trago sobrepasa el hálito de la madrugada. Y sobre todo, mucho grito destemplado, sin ton ni son, ¡UAAHH! y mucho atraque, para sostenerse o besarse en las sombras.

Con la linterna, lo que parecen ser bultos o troncos sobre el antejardín, revela contener un par de sonrojadas caras juveniles, con pasto pegado al pelo.

El epicentro de tan insólita «Saturday night fever» es la casa del frente, donde Luciana, mi nieta de catorce años, junto a unas amigas de colegio, invitó a un “carrete”. Acaba de pasar a 1º medio del colegio Saint George’s College de Américo Vespucio Norte 5400 y parece que su idea fue celebrar con todo el curso.

Al menos doscientos deben haber arribado, tantos que fue necesario mantenerlos fuera de la casa, en la terraza de arriba y como no hay terraza ni jardín que resista tan numerosa y agitada horda, se tomaron la calle. Pista de baile, ring de boxeo, vertedero de basura, tan entretenidos estaban que hasta trajeron sillas de playa para aposentarse cómodos a disfrutar la borrachera.

El bullicio aumenta de volumen. No oigo parlantes ni radios. Sólo gargantas que empiezan a sacar la voz. Cada vez más fuerte y destemplada, a medida que el alcohol empieza a hacer efecto. A más de uno, o una, vi chupando derecho de la botella, en un afán desesperado por «borrarse», como dicen.

Porque si la plata atrae la plata, y el capital al capital, el alcohol etílico, la droga que supera a todas en número de adictos, sí que reclama al interior del organismo más droga, además de estropear la memoria, malear el carácter, bajar la productividad e incidir en el cáncer linfático y de boca.

A un muchacho que caminaba derecho, le pregunto ¿qué onda esto?

–Yo soy mayor, -responde en tono asertivo, –tengo dieciocho y vengo a buscar a mi hermana chica que está allá adentro– agrega apuntando a la masa informe sobre el prado.

Entre adultos nos entendemos, pienso, por lo cual mostrándole el despelote circundante, le consulto qué harías tú en mi caso. ¿Echarlos a todos? ¿Soltar los perros (dos mastines de 40-50 kg y una perra guardiana) o llamar a los pacos?

– Eso siempre resulta contraproducente, -dice. -Mejor vaya a acostarse (yo andaba de bata y debo haber parecido espantapájaros en un trigal).

Mira con aire experto a su alrededor y añade:

–Vaya tranquilo señor, que esto ya empieza a terminar. Ya luego, no va a quedar nadie.

¿La ley acaso no prohíbe la venta y promoción de bebidas alcohólicas a menores de dieciocho? No sé de nadie que se choque, viole, quede tonto o saque cuchillo por efecto del tabaco, pero a los fumadores los apartan cual leprosos y las cajetillas vienen con advertencias de los riesgos que conlleva fumar. En cambio el pinot noir, el vodka Stolichnaya, el que no da tufo, o la popular cerveza Cristal, nada.

Al otro día, domingo temprano, salgo escoba en mano a barrer el vidrio de la calle. En una fiesta de Pedro amanecieron botellas de cerveza Heinecken reventadas contra el empedrado dentro de mi casa y desapareció el tarro de basura. En otra, más tranquila, el tarro quedó a una cuadra, en medio de la calzada. Bueno, que ya eran mayores de dieciocho.

Ahora estaba el tarro en su lugar, había afuera dos sillas de las que yo había regalado para Navidad y al sol brillaban las esquirlas de vidrio sobre el pavimento, jalonado de botellas, en su mayoría de pisco Bauzá y vodka saborizado «cranberry» de Polonia que quedaron en la berma. «Consumption of Vodka pl Cranbery will provide You an unforgettable sensuous impression» dice en letras blancas la botella. O sea, además chupan fino estos pendejos adinerados.

Es una juventud dorada, completamente hedonista y auto referente, que le importa un bledo el país profundo, las víctimas del terremoto y la demás gente. Sólo su excitación y placer cuentan.

Aparte de las botellas sin quebrar, que eché al reciclaje, llené media bolsa (reforzada con otra) de supermercado con trozos de vidrio, envoltorios de papel plateado y colillas de cigarro que dejaron botadas.

Para eso, –«abrir el mercado a nuevos segmentos etarios”– es el equivalente a la mina antipersonal de la industria vitivinícola: una caja de brillo argentoso y alegre tipografía –«FRESSCO COOLER» de Concha y Toro– especialmente diseñada para atraer la inocencia y estallarle en la cara a la juventud en forma de noqueo etílico, precursor de la adicción vitalicia.

Se presenta disfrazado de «refresco» de durazno, guinda o limón. «la evolución del vino blanco» asegura su etiqueta, al igual del apenas visible grado alcohólico del espumante del brebaje, casi 7%. «Descubre», «Evoluciona” «Refréscate» dicen sus distintas versiones a precio de oferta. $ 1.590.- por una bomba de 1,5 lts., con “rueda de la fortuna” (carta del Tarot) incluida.

¿Y quién es el alma mater de tan perversa mercancía? El hijo del padrino comercial de Cucho, el solterísimo numerario Opus Dei, Eduardo Guilisasti Gana, quien desde 1989 ocupa por control accionario la gerencia general de Concha y Toro. Hoy, con una facturación global que ya en 2010 alcanzaba los US$ 1.350 millones y dietas anuales de 75 palos a cada uno de sus cinco hermanos en el directorio, es la principal exportadora de bebidas embriagantes de Latinoamérica.

Paradójicamente, su caballo de batalla no es el vino de misa, sino el «Casillero del Diablo», la non santa y muy exitosa marca desarrollada por Agustín en los doce años e incontables capitales que dedicó a esa empresa.

Creyendo que durante el gobierno de Allende el país ineluctablemente caía a manos del demonio, Agustín arrancó a Buenos Aires. Al irse, Guilisasti padre tuvo a bien comprarle la parte Huneeus-Cassel de Concha y Toro, el mentado 10%, en US$ 20.000.-, lo justo para un departamento en los altos de una tanguería.

Los Edwards Eastman, Ricardo Claro Valdés, Javier Vial Castillo, los Matte Larraín, el Opus y el mismo clan Guilisasti, tomaron todos sus precauciones para apretar cachete si no quedaba otra, dejando a aguerridos gerentes, como Hernán Cubillos, el padre de Felipe, al mando de sus buques. Pero no los enajenaron, y al amainar el temporal, ahí estaban sus naves capitanas –sus mercurios y papeleras- de lo más bien gracias. Chile, al fin, agradece y paga doble.

Por último, profeta de la botella, una pregunta: ¿por qué Zapallar? Sé que es muy lindo, he ido alguna vez y la Ceci tuvo casa ahí, sin que recuerde vínculos de infancia, anteriores tuyos o de familia con dicho balneario. ¿No será porque en su cementerio parroquial yacen los restos de Christiane Cassel?

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