Pablo Huneeus
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EL COGOTAZO
por Pablo Huneeus

He visto demasiados padres de familia golpeados por sus hijos como para creer que mi caso es aislado. ¡Cuídate! pues en estos tiempos de arrogancia y hedonismo a cualquiera le pasa; unos se enteran por la prensa, otros por el silencio que precede al zarpazo, y muchos por la visita, hasta con nietos y dulces, cuyo objetivo era sólo a pedir plata.

Nunca en la vida alguien me había tratado de matar. Mi esposa y yo jamás, ni en fonda de curados, habíamos sido objeto de tanta violencia.

Así todo, con el correr del tiempo dicha riña fue quedando atrás. Pero la reincidencia de un acto criminal cambia el sentido del evento primario, dándole al victimario el carácter de incorregible e intrínsecamente peligroso. Y es a fin de ayudar a entender la relación entre la generación hoy adulta y la de los nuevos viejos, que se expone el cogotazo de El Arrayán según del texto entregado 445 semanas atrás a la Fiscalía Oriente de Santiago.

LA AGRESIÓN CON RESULTADO DE LESIONES GRAVES PERPETRADA POR PABLO MIGUEL HUNEEUS VERGARA

Causa Nº 0800838124-1
Pablo Huneeus Cox,
68 años, C.I. 2.557.699 -3
20 de septiembre de 2008


Siendo las 21:18 horas del viernes 12 de septiembre 2008, luego de dejar a mi hija mayor en el aeropuerto concurrí, junto a mi esposa Verónica, al trigésimo octavo cumpleaños de mi hijo Alejandro Huneeus Vergara, en su casa de la parcela 16, ubicada en Pastor Fernández Nº 16.941, sector “El Arrayán”, Lo Barnechea.

Llevaba de regalo una bufanda gris de alpaca comprada esa mañana en la Semana de la Chilenidad y sobre mis hombros, otra similar de color marrón.

En cuanto entramos, presentí algo raro. La exquisita decoración, tras haberse renovado la mansión entera, las viandas que se preparaban en la nueva cocina americana, las ostras de mar batido, la encantadora dueña de casa y los nietos recién acostados, todo lindo.

Pero también había una ponchera con brebajes alcohólicos, mucha cerveza y vino, todo lo cual sería normal de no mediar la presencia de Pablo Miguel Huneeus Vergara (40), mi primogénito en tratamiento por trastorno bi-polar del ánimo.

Los medicamentos (antidepresivos y estabilizadores de ánimo) que receta el psiquiatra son incompatibles con el trago, pues hace con ellos lo del fulminante con la dinamita.

Esta situación, ampliamente conocida, la había sobrevivido yo el jueves 4 de septiembre cuando, al descubrirle en su pieza tarros vacíos de cerveza, se abalanzó a golpearme con un objeto contundente, debiendo el infrascrito aplicarle en defensa propia una llave de kárate aprendida en el servicio militar. Al irme, me lanzó por la espalda una botella vacía que fue a reventarse contra unas piedras y con un palo me voló el sombrero, todo en presencia de su hermana mayor (Dra. Andrea Huneeus), quien ayudó a calmarlo.

Lo raro en el aire, entonces, era la explosiva mezcla de fármacos neurolépticos con la droga líquida CH3CH2OH, conocida como alcohol etílico o de beber.

Además, se encontraba su madre, doña Delia Vergara Larraín (68), del mismo domicilio, aunque no estaba en la oportunidad acompañada de su conviviente, un hippie cultivador de marihuana llamado Sergio Camilo Miranda Jorquera.

Irrumpe doña Delia en la cocina y cortando la conversación con la esposa del cumpleañero, reclama que sirvan de una vez pisco sour.

–Pero Delia –le digo, –no puedes tomar delante del niño, sabes que anula los remedios y vamos ya en el día 62 de tratamiento. Le hemos dado cajas y cajas de anti psicóticos y todo para nada si te pones a beber ante él.

–¡Bah! –replicó despectivamente, –no hay fiesta sin alcohol, –y asiendo un vaso lleno, se dirigió al living, donde se arrellanó en un sofá junto a la chimenea. No es primera vez que tenemos esa discusión, pues por años mantenemos distintas ideas acerca de los efectos del copete y la marihuana, alucinógeno este último que ella considera sedante.

Al cabo de unos minutos, como era de esperar, entró Pablo Miguel y llenóse un vaso con el brebaje rojizo de la ponchera que, supe por la nana, contenía pisco, licor de alta graduación alcohólica.

Lo seguí hacia el living, donde se paró frente a la chimenea, y le imploré que se abstuviera de ingerir alcohol. Delia Vergara y una dama con la cual conversaba me miraron con esa mirada de superioridad de quien sabe lo que viene.

La primera reacción de Pablo Miguel fue girar sobre sus talones y lanzar al fuego el contenido del vaso, el que provocó una estruendosa llamarada.

– ¿Ves tú, cómo es de inflamable la cuestión? – alcancé a decir antes de ser silenciado por el cacareo de las citadas fámulas, que soy un aguafiestas con mis prejuicios sobre los estupefacientes, más otros descalificativos.

Lo han de haber tenido planeado, porque bastó esa consigna de su madre para que el guerrero se arrojara física y verbalmente sobre mí. Sujetándome el brazo izquierdo me dio en el bíceps un golpe de puño bien dado, el cual no respondí.

Seguidamente, empezó a propalar a voz alzada una retahíla de groserías contra mi esposa y mi persona, siempre a vista y presencia del resto de los invitados, algunos estadounidenses, quienes nada hicieron por defenderme.

Vuelvo a la mesa, algo alterado sí, pero todavía creyendo que lo peor había pasado. Ahí, Verónica sugiere que mejor nos vamos, idea prestamente aprobada por el dueño de casa, por lo que emprendo la retirada. Lo grave ocurrió camino a la puerta, con la flamante bufanda que llevaba al cuello.

Resulta que a fin de no untarla en las ostras le había dado un par de vueltas en torno al cuello, como acostumbro, en el sentido contrario a los punteros del reloj.

Ya cerca de la puerta, mientras cerraba de lejos la discusión con alguna frase perentoria, siento una soga estrecharse de golpe alrededor de la garganta. Es Pablo Miguel, que me había agarrado a dos manos de la bufanda y empieza a jalarme hacia afuera. No hay cómo resistir ser arrastrado de la base del cráneo sin peligro de escindir fatalmente la médula. Recordemos que en esa debilidad se basa la ejecución por colgamiento que se practicaba en Europa.

Sin estar avisado, ni preparado para defenderme de tan sorpresivo embate pierdo el equilibrio, casi caigo, y me arrastra hacia la puerta. Sin embargo, en ese instante de desesperación, el instinto de supervivencia me advierte que él ha tomado una sola punta de la bufanda. Antes de razonar: “ergo la otra debe estar sobre mi espalda”, con la mano izquierda trato de aminorar el arrastre, mientras con la derecha le doy un giro a la bufanda sobre mi cabeza hasta zafarme de una muerte segura.

Venía tironeándome con todo el peso de su cuerpo, por lo que la súbita baja de resistencia lo lanza de espalda al patio.

Más preocupado de recuperar el aliento que la bufanda, sigo rumbeando hacia al estacionamiento a pesar de cierta dificultades que comenzaba a sentir al caminar. La vista también se me nubló, vi todo rojo oscuro, pero pude escuchar con toda claridad:

–¡Váyanse las mierdas! –vociferaba repetidamente a mi esposa y a mí,
–¡Váyanse las mierdas!

Entonces, vinieron los fierrazos y pedradas. Sin detenerme, dejo que Verónica, por su seguridad, se adelante unos pasos, porque de atrás llega él blandiendo una cañería de unos tres metros de largo, con una copla en la punta, que me pasa rozando la sien izquierda.

Tras un par de pedazos adcionales de cañería, que esquivo saltando de un lado a otro, desaparece en la oscuridad y comienza a lanzarnos adoquines o ladrillos de construcción, los cuales reventaban cerca, sin ver de qué dirección venían.

Deben haber sido cerca de las 10:15 horas, a más tardar, que logramos escapar en al auto que, afortunadamente, al llegar a tan grato cumpleaños había dejado vuelto hacia el portón, por lo que pude salir prestamente.

Tras una noche de pesadillas, me levanté tarde (era sábado) con una extraña sensación donde la columna vertebral se une a la cabeza. Tenía una cierta dificultad para hablar, caminaba inseguro y –nunca me había pasado antes– pensando únicamente en inglés, el idioma de mi infancia hasta los siete años en los Estados Unidos. Me gusta escribir en inglés y fue en esa lengua que le escribí un correo a la dueña de casa dando explicaciones por el infierno de anoche.

Salvo éste relato, es lo único que he logrado escribir en la semana, pues perdí toda capacidad de concentración y trabajo. Ni la corrección de pruebas del nuevo libro he podido proseguirla.

Junto a imágenes de mi madre en New Rochelle, una expresión anglo me empezó a dar vueltas y vueltas en la mente: this is deadly serious (esto es mortalmente grave).

Al tercer día, lunes, terminé de decidirme por dejar una constancia de los hechos en la Comisaría más cerca de Carabineros, la 53ª de calle El Rodeo.
El cabo de guardia me explica que siendo un área crítica del cuerpo, un ataque a la nuca suele matar, tanto así que ni en los procedimientos de las fuerzas anti motines de Carabineros agarran al manifestante del cogote. A lo sumo, levantan al encapuchado de la parca, pero siempre cuidando de no tocar lo que media entre los hombros y la cabeza.

Por la naturaleza de lo expuesto, ordena un informe de lesiones en el Policlínico de Lo Barnechea a media cuadra de la comisaría, donde el médico, para mi sorpresa, constata una erosión de violencia a la altura de la yugular, con posible compromiso cervical.

Me reprocha no haber acudido de inmediato al policlínico, como procede en agresiones de riesgo vital, pues podría haber un daño más profundo que requiera atención especializada.

Debido a la existencia de lesiones, la constancia se transformó denuncia (Violencia VIF, Parte Nº 2886) y siempre siguiendo los lineamientos de la Reforma Procesal Penal, fue remitida por Carabineros al Ministerio Público, Fiscalía Las Condes.

Ese mismo lunes, al informarle calmadamente a Pablo Miguel de dicho trámite, de mi creencia de que había tratado de matarme y de que en consecuencia no quiero verlo más, me replica en tono amenazante que fue porque yo increpé duramente a la Shila (Cecilia Vicuña Molina), una amiga suya a la cual le enrostré haberle facilitado droga durante el tratamiento. Lanza un CD que andaba trayendo y desde la calle, junto con reiterar sus injurias en presencia de unos albañiles, tumba al suelo una escultura de piedra verde que tengo instalada en el antejardín y esparce sobre el pavimento el contenedor de basuras de mi casa y el de la casa del frente.

A mediodía del miércoles 17 llaman de la Fiscalía Las Condes para notificarme que se ha dictado una medida de protección de treinta días en los cuales en caso de acercarse el agresor, debo llamar a tales números (unos fijos otros de celular).

La experiencia con estas situaciones de Violencia Intra Familiar (VIF), advierten, es que tras un ataque así, suele venir otro peor, por lo que es imperativo que la víctima cumpla esa medida.

El jueves 18 de septiembre, en conversación telefónica con doña Delia, que se encontraba en su casa de veraneo junto a su hijo, asegura ella que me la merecía por decirle drogadicta y que no haber sido Pablo Miguel quien me da el puñete, me lo habría pegado ella.

Por su parte, esa tarde Alejandro me dice que aunque hubiese yo muerto en la refriega, Pablo Miguel es inimputable, a lo cual le replico que en un estado de derecho eso no lo califica él ni yo, sino el juez.

El sábado 20, logro al fin teclear este relato, única producción de la semana. Sigo confundido, con cierta dificultad para hablar, algo de inseguridad para caminar y merma del impulso sexual.

No sé a dónde va todo esto. El lunes tengo hora en la clínica a fin de descartar si estoy a medio desnucar. No tengo más interés que el de proteger a mi esposa y mi mismo de futuras agresiones, pues he aprendido que la muerte es tanto o más ingeniosa que la vida para burlar la razón.

(Fin de la primera parte)

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