Pablo Huneeus
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Urbi et Orbi 83, domingo 6 de agosto de 2000

VUELTA AL CENTRO
por Pablo Huneeus

Primero fue al conducir una y otra vez la camioneta por la Alameda hasta una imprenta en Maipú, donde debía retirar libros. En ese trayecto, a veces lento a causa de la carga, pronto advertí que la parte más bonita y expedita es de Plaza Baquedano a República. Edificios recién pintados de manera de realzar su arquitectura, luces rojas sincronizadas, jardines bien tenidos.

Pero de Estación Central hacia abajo, como por compromiso a todos los indios que transitamos por la aorta de Chile se nos para la pluma. Las micros pican a concho, las fachadas adquieren aire de arrabal, y los camiones aplastan el impávido que ose seguir a la velocidad máxima legal de 50 kph.

Luego fue una feria en la Plaza de Armas con motivo del día internacional del libro. Un éxito, remodelada quedó con grandes espacios libres para desfiles religiosos, muestras de pinturas, y encuentros de bandas musicales. Mientras no se la tomen un puñado de apitutados permanentes, es el mejor "demostródromo" cultural de país, el lugar indicado para que artistas y autores de norte a sur vayan mostrando su trabajo.

Pero lo que terminó de convencerme de que viene un proceso de volver al centro fue haber efectuado un seminario de tres semanas en el olvidado "downtown" chilensis. Está genial, mejor que nunca y es mucho más funcional que ese apiñamiento de edificios nuevos en Las Condes.

Para empezar, debido al simple expediente de que el viento dominante viene del sur, el aire es más limpio. Si observamos las banderas de La Moneda, vemos que la del lado sur, que mira a Av. Bulnes, siempre flamea, mientras la ubicada en la cara norte menos. Pero además, en los edificios clásicos, junto con ser más altas las oficinas, se abren las ventanas. En cambio las torres modernas son herméticas, dependen del aire acondicionado que recircula el mismo efluvio, provocando un embotamiento del ánimo.

Está todo cerca en el centro. Ministerios, bibliotecas, bancos, cafés topless, burócratas de variado pelaje, hoteles, clínicas, reparadoras de calzado, confesores de nuestros pecados, cines y librerías, todo al alcance del zapato. Porque el centro es para caminar, y con la reciente inauguración de la extensión de la línea 5 del Metro, no queda motivo para que las calles Teatinos, Compañía y Bandera sigan ocupadas por micros. Mientras otras comunas se ahogan en tacos imposibles, paso a paso la gente humana va ganando para sí las calles del centro. ¿Hay algo más entretenido para ir y venir al tranco que el paseo Ahumada?

Sólo lo supera el paseo Bulnes que va de la estatua del Libertador al parque Almagro. Es más ancho y tiene escaños donde a mediodía se sientan secretarias a lucir piernas. Curioso, en el centro hay mucha morena, mientras en las oficinas del barrio alto priman las rubias.

Ir de una empresa a otra en Las Condes es atravesar una cantera permanente –siempre hay alguna construcción de por medio– está todo más lejos, y algunas calles, como Napoleón o Burgos, quedaron lúgubres, además de estrechas, pues apenas les da sol en invierno.

Hay un sentido de poder en el centro. Al Congreso en Valparaíso le dicen "el microondas" donde se recalienta lo cocinado en las catorce cuadras. Ahí se decide quien va de alcalde por Caspana y quien por Futrono, quien se queda con esto y se lleva lo otro. La sede de la Iglesia, de la banca, del gobierno, de la justicia, de las FFAA, del sistema financiero, del aparato educacional, de las agencias noticiosas, de los partidos políticos, de las universidades grandes, todo está ahí.

Raro, el general Bernardo O’Higgins que antes enfrentaba a San Martín hacia el poniente, ahora cara al sol, montado en unas piedras, mira desafiante hacia la Presidencia. Con su sable en alto, precedido de una llamarada de gas, parece querer advertirle algo a alguien.

Bien hecho alcalde Ravinet! Supo rescatar el centro histórico, las reparticiones municipales ahora atienden con gusto, se puede caminar por las calles, y a pesar de que la inversión tira hacia afuera, con ingeniosos incentivos el casco viejo vuelve a ser un buen lugar para vivir.


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