Pablo Huneeus
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Urbi et Orbi 88, Domingo 15 de septiembre de 2000

EL CHINO RIOS Y EL ARTE DEL ZEN
por Pablo Huneeus

Que Marcelo "Chino" Ríos haya repudiado la bandera chilena al momento del desfile inaugural de las Olimpiadas de Sydney 2000, ha sido mal interpretado. Roto mal educado, anti patriota, mocoso taimado ¿qué no le han dicho?, por rehusar cargar con un palo blanco del cual pende el tricolor.
Su padre ha explicado que son una familia unida y que Marcelo se negó a llevar el trapo de la estrella solitaria porque a su mamá no le obsequiaron entradas liberadas al estadio, como quería.
A falta de algún triunfo de nuestros atletas, en los noticiarios de radio, prensa y televisión, lo que más se ha hablado de la olimpíadas es de este incidente. Hasta el propio Presidente de la República se mostró indignado, sin reparar que esa misma tarde, al inaugurar las fondas de Fiestas Patrias, también le haría su desaire a la chilenidad al negarse a bailar cueca.
Ahora bien, lo injusto de la animadversión generada contra el "Chino" es que nadie aprecia el hondo contenido religioso de su actitud, que le hace honor a su apodo de hijo del Celeste Imperio. En efecto, junto a seda y a la porcelana nada hay más chino que el budismo zen. Originado hacia el siglo V de nuestra era, plantea como filosofía vaciar la mente de pensamientos para así llenarla, en la meditación, con el espíritu del Buda.
Pero dicho proceso de iluminación no se alcanza por medio de las escrituras. De hecho el budismo zen relega a un segundo plano la palabra escrita para enfatizar las enseñanzas orales, directas y personales de maestro a discípulo.
Tenemos pues, un primer componente de esta devoción oriental –vaciar la mente– que el astro de la raqueta ha demostrado cultivar a la perfección. Sus monosílabos en las conferencias de prensa, su ausencia de opiniones sobre cualquier cosa, y sobre todo su mirada extraviada al momento de conversar, denotan una mente limpia de esa tediosa rutina occidental llamada educación.
Premio limón en Francia por ser el más antipático de los tenistas, expulsión por sacarle la madre al juez del torneo de Los Angeles, Estados Unidos, matonaje al tirarle el auto encima a su entrenador en Las Tacas, pataleta en Sydney, todo lo proclama como el mejor embajador que jamás han tenido los porros.
¡Porros del mundo uníos! No tenéis más que vuestra ignorancia que perder, diría Marx hoy.
Ríos es la demostración metafísica, y ejemplo viviente, de que el músculo supera al seso como camino al éxito. Su comprensión de lenguaje no supera expresiones como "super penca", que fue su docto comentario sobre la falta de entradas para mamacita, o "no estoy ni ahí," lema suyo que traspasa a la juventud. Álgebra, historia, castellano ¿para qué, si se tiene buen servicio? ¿De qué sirven los diálogos de Platón en un tie break jodido? Mucho mejor entonces, dice nuestro filósofo de las canchas, pegarle a las pelotas.
El segundo pilar de la ontología zen, veíamos, es la sumisión a su maestro, en este caso don Jorge Ríos, empresario de la construcción que ha hecho de su hijo una industria. Por deber filial y respeto al padre, Marcelo se deja a ciegas conducir por una voluntad que se le impone como mandato divino. Deja su colegio, sus amigos, su país para convertirse en un trotamundos del enrarecido circuito del tenis profesional. De Miami a Shanghai, de Suiza a Taiwán, y siempre en el mismo dale que dale a raqueta en similar cancha.
A ratos parece sentirse encarcelado en el cuadrilátero, preso. Y no es raro que en su expresión transmita el resentimiento del presidiario si pensamos que ha sido enyugado al tenis profesional como el buey a la carreta. En la red ha quedado su desarrollo intelectual, su libertad, y su gusto por la vida.
Todo en aras del gran Buda de metal, el que por su divina intercesión transforma el deporte en mina de oro.





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