Pablo Huneeus
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Para pensarla:

Del libro "Dichos de Campo", pág. 156: Un lazo se perdió en casa de los Meneses, son todos muy honrados, pero el lazo no aparece.

CONFESIONES A MI SICÓLOGA © Respuestas al formulario entregado por la sicóloga del Instituto Nacional de Geriatría, Claudia Severino García. (Borrador provisional actualizado al 29 de agosto, día del novelista Miguel Cervantes Saavedra, nacido en España el año 1547.)

«1.- Un poco sobre la historia de vida; particularmente las partes que más se recuerdan o que piensa que fueron las más importantes.»

Soy el cedro que tumban a golpes. La rama más alta, el cogollo del árbol, que es donde canta la tenca, fue mi infancia en Estados Unidos de América, (USA, «In God We Trust»).

GRINGO
A la primera potencia del mundo arribé de apenas tres meses, por cierto, sin saber caminar ni hablar. Entonces, conocí el planeta Tierra a partir de un chalet de jardín abierto (sin rejas) próximo a Manhattan, donde aprendí a hablar —en inglés— con mis vecinos, a comer huevos revueltos con jamón al desayuno, y a rezar junto a mis compañeros de preparatoria los ritos de Primera Comunión. Puros hombres, invocando a Dios en latín, es el despertar del alma en grupo. ¿Qué fue de ellos?

Un par de meses después, sin que nadie me peguntara nada, de un hachazo caigo a un tierral lleno de moscas (que confundí con pequeños aviones) cuyo idioma me era tan ajeno como el chino mandarín. Sin Celinda, la nana que me crió, y ataviado con un ridículo pantalón corto en vez de mis habituales jeans que me protegían de mosquitos y mordidas.

Luego de que el cuadrimotor a hélice Douglas DC-4 de la Pan American World Airways (Pan Am) aterrizara a los pies de una cordillera fabulosa en el aeropuerto de Los Cerrillos, me veo envuelto por turbamulta de desconocidos compuesta, supe después, por toda la parentela, de abuelos a primas, que habían ido a esperarnos.

En medio de la algarabía provocada por mi hermanita de tres años y rubia a lo Barbie, sólo la tía Ester (Marcela Paz) se interesó en mí. “Look at these little airplanes” cuenta ella que tarareaba ensimismado éste sobrino moreno —el negro me decían— apuntando con el dedo a las moscas que atestaban el hall del aeropuerto.

CHILENERO FELIZ.
A los quince años, sin saber por qué, estoy inmerso en un colegio hediondo de retrógrado, —el San Ignacio de calle Alonso Ovalle— ante el cual de septiembre a marzo salgo a respirar vida de campo en el fundo Leyda de mi abuelo materno, don Ricardo Cox Méndez. Ora leyendo Anna Karenina de Leo Tolstoy, ora amansando por la buena mi potranca palomino, soy feliz. De tusa larga y tranco suave dicho caballo, todavía tengo dos cicatrices de cuando la galopaba al pelo, sin estribos y con las puras riendas.

Gozaba criando con restos de comida un par de chanchitos que había trocado por una camisa vaquera, y acompañando al campero Chumingo Mesina a hacer la ronda nocturna contra los cuatreros que asediaban la hacienda para robar ganado.

Mis papás ni idea dónde veraneaban, por lo que andaba éste paciente siempre con mis tíos y primos, en especial con Juan Eduardo, hijo de la tía Victoria Cox Balmaceda, la hermana más querida de mi mamá. Además, la tía Inés y el tata Ricardo, que ya no montaba a caballo.

En ese ambiente, de mucho sol y brisa fresca, llega un viernes la mayor de mis primas, —María Victoria Fernández Cox—, con la motosierra en ristre: Fíjate que la tía Virginia (mi mamá) dice que se van a Londres y que te lleve a Santiago el domingo.

WILLIAM PATRICK TUMELTY.
No era Londres; era un internado jesuita en Spinkhill, trescientos kilómetros más al norte, llamado Mount St. Mary´s College. Fundado en 1842, sobre una heredad tanto o más espaciosa que la llanura de Leyda, entre sus suaves lomajes, siempre verdosos gracias a sus mil y tantos milímetros de lluvia y nieve anuales, resaltan la iglesia de estilo neo clásico, las canchas de rugby, fútbol y cricket.

Más allá, y siempre sin reja alguna, destacan la biblioteca y las salas de clase, además del edificio de oficinas y los dormitorios junto a un enorme auditorio para representaciones teatrales y de retórica, el arte de debatir a viva voz desde un podio.

Pero, disimulados bajo la sacristía, al final de un caminito hacia un alero medioeval para esquilar ovejas, o tras un portón en el pasillo entre los dormitorios y el refectorio aparece el alter ego de tan inmaculado colegio: era una sección del CCF «Cadet Contingent Force» operada por el regimiento “Sherwood Foresters, a distinguished line infantry regiment of the British Army.”

En un país todavía con visibles estragos por los bombardeos nazi y la exigencia americana de que Inglaterra pague por cada tonelada de armamentos y tanques que le pasó a su aliado, la idea era prevenirse de un rearme alemán diseminando por toda Inglaterra batallones de reacción rápida.

Por eso, polígonos medio escondidos bajo tierra para mejorar la puntería, arsenales de munición viva e infinidad de fusiles de repetición «Lee-Enfield» con cargador de 10 tiros y ametralladoras livianas «Bren», la misma que uno había visto en películas del teatro Metro.

Desde la estación «Saint Pancras» (san Pancracio) en Euston Road (hoy terminal del «Eurostar» a París, había que abordar, un tren llamado «Master Cutler» (maestro de cuchillería) que en esta ocasión había de parar unos minutos en Spinkhill. El andén junto al vagón señalado era el lugar de encuentro, una hora antes of course, de todos cuantos iban a tan pacifista internado.

Me acompañó mi mamá y ahí, sin ceremonia ni palabras solemnes, fui separado de todo cuanto se considera hogar.

Estupendo convoy, muy superior al de «Ferrocarriles del Estado» desde la estación «Alameda» a Cartagena. Bajo y suavecito, el andén a la misma altura de las puertas del tren y en su interior puros cara pálidas masculinos. Nadie, absolutamente nadie conocido.

Bufando humo negro con curas también de negro, rumbo a la inédita experiencia de estar tres meses lejos de casa, sin ver a mis papás ni tener nana que me haga la cama. Hasta para levantarse, otro mundo: lavatorio en vez de ducha, restregarse de la cintura hacia arriba no más, y con agua helada.

Al final del tercer, y último trimestre del año escolar allá, acababa de dar los exámenes escritos para entrar a la universidad, cuando sobreviene la muerte por meningitis de mi mejor amigo, proveniente de Leeds, poblado de origen celta a 77 kilómetros. «Willliam Patrick Tumelty, on July 6 1957, aged 17 years» reza su lápida en el cementerio parroquial de Spinkhill.

Se sentaba en primera fila, casi justo delante mío, y a pesar de haber notado la hinchazón en la base de su cabeza, además de somnolencia y confusión en los recreos, no tuve el coraje de denunciar a la policía ni a sus padres, que la autoridad máxima del colegio, Rev. James Colliston, S.J., no movió un finger por salvarle la vida.

En cuanto capté durante la tarde libre del miércoles los síntomas a ojos vista, —ni sostenerse en pie podía— osé pedirle al cura Colliston que hospitalizaran a mi compañero. En tono burlón el me pidió calma, y a los tres días de nadie hacer nada, la noche del viernes William, en su cubículo del dormitorio mayor, a pasos de donde yo dormía, falleció.

Las paladas de tierra sobre su ataúd todavía resuenan en mi cabeza. Resuenan porque podía haber hecho más por él. Podía haber ido al teléfono público frente al colegio y pedir una ambulancia. Había otros curas más jóvenes, novicios haciendo su práctica, que si les aviso capaz que se hubieran movido…etcétera. Sentido de culpa que si usted, estimada Sicóloga, considera pertinente, puedo más adelante ahondar.

De vuelta al departamento de mis padres en 60 Bayswater Road, frente al Hyde Park, pero a una cuadra de la multiétnica estación Notting Hill Gate del Metro, nada de esto les conté, sólo que no quería volver a dicho internado.

Tampoco les conté de mis exámenes para entrar a Cambridge, ni de mis sueños de que me hubiera ido bien. ¿Para qué si los resultados los dan a vuelta de verano, en septiembre, ya venía raudo atravesando el Canal de Panamá en dirección a Valparaíso? Saqué el más alto puntaje de mi curso. Corte absoluto de las posibilidades que me había abierto de estudiar allá, cero costo en esa época, en las universidades públicas como Oxford o Cambridge.

Luego de empezar a tomarle el pulso al Londres de mi clásico, por no decir anticuado, gusto — conciertos de Mozart en el Royal Hall, los frisos del Partenón en el Museo Británico, trajinar los cinco pisos de la mega librería «Foyles» en el 107 de Charing Cross Road, y practicar remo en las canoas del Hyde Park— mi papá, ya modernizado, me convida a una fiestecilla en casa de su amiga hebrea Betty. Tenía ella una hija casadera llamada Ángela (chancha de gorda e impositiva) con la cual no congenié. Después del trauma del colegio, sumado al hecho de que a los diecisiete todavía estaba bajo el influjo de mamá víctima, fueron los factores, sospecho, por los cuales el papá cortó conmigo. No calzaba en su nueva vida.

A días de aquel suceso, y antes que mi hermana Cecilia alcanzara de volver de su internado en Ascot, y siempre en su manera de un apuro que no deja tiempo de conversar las cosas, me comunica que nos vamos todos de vuelta. Seguidamente, me llevó en tren a Liverpool para embarcarme en uno de sus buques a Valparaíso, junto a una moto «Triumph Tiger Cub» que ya estaba en bodega, esperándome.

Eso, en cuanto a mi niñez y adolescencia, relato que al releerlo exalta mi condición de víctima para omitir olímpicamente las obligaciones humanitarias de un burgués tan viajado. Hasta los diecisiete ¿había hecho algo por alguien, empezando por mi papá?

«2.- ¿Hay algunas cosas específicas que quisiera que su familia supiera sobre Ud.? ¿Hay algunas cosas en particular que le gustaría que recordaran?»

Para mi familia nuclear y mi parentela católica soy subversivo, disidente y alocado. Ni regalados leen mis libros, incluso en tiempos de persecución política, estuvieron más con la ultra derecha que junto al pueblo. Ninguna solidaridad ante situaciones de represión. De mis hermanos, los tres mayores se coludieron para alejarme de mi padre, y terminar ellos repartiéndose su patrimonio, sin respetar el derecho de los menores a heredar por igual.

Me duelen los hachazos perpetrados con premeditación y alevosía al ceibo (Erythrina crista-galli) que plantó mi madre a la entrada de la casa de Avenida Ricardo Lyon 1177. Hasta un par de años atrás, crecía y crecía, una maravilla con sus flores rojas, y por afán de lucro lo voltearon para dar espacio a un edificio negro de concreto armado. Ídem con el resto del jardín en el cual aprendí a relacionarme con las gallinas, conejos, codornices y arañas peludas que lo poblaban. Y la naturaleza nunca traiciona a quien la respeta.

3.- ¿Cuáles son los roles más importantes que Ud. ha jugado en su vida (familiar, vocacional, de servicio a la comunidad etc.)? ¿Por qué fueron tan importantes para Ud.? ¿Y qué cree que logró a través de ellos?

Sin duda, que el Ministro del Trabajo de Frei Montalva me encargara la creación y dirección del Servicio Nacional del Empleo, SENCE. Tuve aciertos clave, como obtener de la corona británica el edificio de Vicuña Mackenna 152. Además, la instauración, gratis para quien busca trabajo, de una bolsa de empleo para conciliar ofertas de trabajo a lo largo del país con personas buscando ocupaciones productivas.

Después, en medio del apagón cultural haber mantenido mi libertad de opinión sin claudicar a los principios democráticos. Tampoco caer en la tentación de hacerme millonario sirviendo a la tiranía. La plata envenena, y el poder mata.

4.- ¿Cuáles han sido sus logros más importantes y de qué cosas se siente más orgulloso?

Los libros. Ha debido ser que allá, en el cogollo de la vida, me alimenté tanto de leche con plátano como de tinta de impresión. Si voy a Rusia vuelvo con la maleta cargada de libros preciosos que ni entiendo, y en Punta Arenas otro tanto, trajinando librerías de viejos no falta la joya. También escribirlos, en papel, costura a hilo etc. Son más de treinta, algunos menos malos que otros y muchos, demasiados, que me falta escribir.

5.- ¿Hay algunas cosas que siente que todavía le debe decir a su familia o cosas que quisiera tomarse el tiempo de decirlas una vez más?

Sí, téngase presente la seguidilla de desgarros del alma que he padecido desde febrero 2023 cuando me lancé a batallar contra el «TUMOR MALIGNO DE PRÓSTATA» (así con mayúsculas encabeza mi ficha hospitalaria), aliándome al GES (ex Plan Auge), al abnegado personal del Hospital Salvador y a la medicina clásica, con todas sus matracas y formalidades:

I— Mi sobrina Marie Christiane Huneeus Cassel (70) expira por obstrucción pulmonar (tabaquismo, vaping, etc.) el domingo 27 de abril 2025 en la Clínica Alemana, tomada de la mano por su nana Anita, quien la ayudó a elevarse feliz al infinito, impulsada por el opio que le administraron en Urgencia al llegar.

Había conversado con Marie Christiane el día antes, —sábado 26— y así, a la pasada no sé por qué intuición, le pegunté si quisiera, cuando llegue el momento, que sus restos quedasen en el mausoleo familiar del Cementerio Católico. Ni cagando, respondió porque el Cucho (mi hermano mayor, su padre) tiene comprado nichos en el cementerio de Zapallar, y así quedo junto a la tumba mi mamá.

Pero resulta que al día siguiente —domingo fatal—, ya a medio oscurecer, tuvo una caída y no pudiendo su nana Anita levantarla llamó a su sobrino kinesiólogo. Entre los dos la llevaron semi inconsciente a la Clínica Alemana.

II— Encima, sin haber alcanzado a estabilizarme por el fallecimiento de mi sobrina más despierta y leal, acontece la muerte atroz y largamente fraguada por Alberto e hijas contra mi hermana cuatro años menor, Cecilia Paz Huneeus Cox (82) alias «la Chica».

A pedido suyo, por intermedio de su hija Andrea, que habitualmente vive en Barcelona, el jueves 11 de diciembre fui a su casa a despedirme. Javiera, su otra hija, andaba de viaje en Israel, invitada por el gobierno de Netanyahu.

Me acicalé lo mejor que pude —de taco a remolino, pues le gustaba verme impecable— y compartimos las uvas del adiós, uvas de exportación que me había dado Félix del Solar Me reconoció, apretó mi mano y prometimos vernos pronto… quedando en el aire si tal nueva cita sería aquí mismo, o bien allá arriba.

Pero en vez de dejarla irse naturalmente, so pretexto de una cirugía salvadora fue sometida a la condición indigna de cadáver viviente. Hospitalizada en el moridero de la Clínica Alemana de avenida Manquehue, boca arriba, llena de manómetros y sondas, mantuvieron su corazón —y la cuenta—latiendo treinta y cuatro días más.

No quería verla en esas condiciones, pero debido a la presión familiar, —es tu hermana, ¿cómo no vas a visitarla?— me quedó, cual tatuaje en la retina, su esquelética figura, de apenas 30 kilos, agonizando dentro del respirador al son del lloriqueo de cuanta amiga y familiar pasaba a verla. Es así como finalmente el sábado 10 de enero 2026, al comienzo de la noche llega un correo de mi sobrina Susanne, íntima de Cecilia:

—Pablo recién murió la Chica a las 7, 58 p.m.

Lunes 12 de enero. A las cinco y cuarenta y cinco de la tarde, a 32 °C estamos unos cincuenta a sesenta deudos bajo una carpa de lona verde del sector D 05 camino al Cinerario. Todo, en el marco de un ritual para despedirla a ella sola anunciado en el diario «El Mercurio» para las 11 a.m. en el Templo del cementerio «Parque del Recuerdo» de Américo Vespucio 555.

A fin de aprovechar un ofertón, Javiera optó por reducir los restos de Alberto, muerto y sepultado año y medio atrás, y aunar sus cenizas al cajón de Cecilia, faena por la cual el sepelio se postergó para la tarde.

—Esto parece un funeral, —le dije al clérigo de sotana pagada cuando al fin, tras una hora de letanías pechoñas y falsedades edípicas sobre Alberto Quiroga, se me permitió hablar. Dados mis 85 abriles aduje un problema de audio para tergiversar una frase del coro: “el invierno ha terminado,” por lo demás muy bien entonada por mi hermano Pancho:

— ¡El infierno ha terminado!, —exclamé al empuñar el micrófono. Y tras una pausa que aprovecho para recorrer con la mirada la parentela, me viene la idea de alegrarlos a todos con un toque del lado divertido de Cecilia.

—Bratito querido, prosigo, ya no más sondas ni remezones, que la clínica y demás golpizas terapéuticas a fin de mantener tu corazón latiendo.

— ¿Te importa que lo confiese ahora, cuando el mar, de puro patudos nos fletó a los dos lejos? Ocurrió en Biarritz, al sur de Francia y a nadie, nunca jamás lo contamos.

Habíamos partido de Londres tú y yo con los papás, quienes por los demás no se llevaban muy bien, a vacacionar en el sur de Francia. En Guethary, alojamos en una posada frente a la playa, y a primera hora, antes que alguien despertara nos largamos a nadar de la playa hacia afuera.

—Tengan presente queridos amigos y parientes aquí apretujados bajo esta calurosa carpa, que ya Cecilia a sus doce años había dado pruebas, cuando tenía apenas nueve años de cantárselas claro al Presidente de la República, Gabriel González Videla.

—Para la entrada de «Gabito» y comitiva, a la casona de avenida Lyon 1177, Providencia, mi mamá encontró oportuno lucir sus dos últimos primores. A falta de alfombra roja nos puso a ambos en la puerta, a mí de pantalón corto y Cecilia peinada con rulos rubios. Pero en vez de ofrendar el típico ramo de flores con que agasajan a cuanto déspota baja del avión, al entrar el presidente Cecilia Paz exclama: ¡Bah, tan chiquito y sin corona!

Porque eso tenía Cecilia: atrevimiento, una simpatía avasalladora respaldada por voz de querubín y ojos flechadores. Sin miedo a nada, nadie la frenaba.

—Por eso, a sus doce años de edad, ella se siente grande y segura, como éste gil que a los dieciséis considera ya saberlo todo. Fue así como este parcito de intrépidos nadadores se hace a la mar en aguas ignotas y de un tris los agarra la corriente.

—Flotaba sobre el mar la típica vaguada costera que merma la visibilidad, por lo que apenas vi a Cecilia alejarse, justo lo necesario para agarrar un flotador y de un par de brincos salir a rescatarla.

—La playa misma eran piedrecillas, por si intentábamos volver y con el flotador en una mano y Cecilia en la otra, no nos quedó más que seguir la corriente. Pasado unas rocas, en la rada siguiente, no sé cuánto rato después, media hora o más, la sinuosa corriente nos empujó, como hace la mar embravecida con los huiros, hacia la orilla.

No vino de Zapallar mi hermano Agustín, para quien tenía unas palabras encomiando su habilidad a los noventa años de remar solo en una chalupa de pescadores hasta la mar gruesa fuera de la bahía. ¿Se está preparando para salir al encuentro del primer Huneeus en arribar a Chile justo doscientos años atrás?

Dieron la comunión (un absurdo litúrgico a esa hora) seguida de tres carillas de alabanzas edípicas de Javiera Quiroga Huneeus a su padre Alberto Quiroga Vásquez, el mismo que sedujo a Cecilia cuando ella trabajaba en el banco HSBC.

Para peor, el ataúd de madera rosada y finas manillas de bronce se atascó mientras lo bajaban al nicho de ocasión que produjo Javiera.

De inmediato pensé que los ajetreos, requeridos para mantener en dignidad a un ser querido a menudo copan la memoria inmediata.

Tanto meneo por las cuentas y los cuentos tapan la historia central, que es la persona humana en sus más chispeantes y divertidos momentos.

Pero ahora, a un mes de tan deschavetado entierro, mi mente se ha inundado de otras consideraciones, de rara turbiedad algunas, que paso a enunciar:

1.- A manera de pinchazo en la consciencia retengo, la crisis de mutismo del pequeño Julián cuando Javiera lo obliga a declamar no sé qué letanía en público y la garganta le trancó la voz, dejándolo incapacitado de articular palabra alguna.

Entonces, la cuestión es si dejar pasar el abuso a mi sobrino nieto o involucrarme. Total, ¿a mí que me importa? Si su padre (Lins Linden) no lo salva de la Javi ¿quién?

2.- El combo que Cecilia le propinó a su hija Javiera, a la sazón de seis años en mi escarabajo VW, habitualmente lleno de herramientas o bolsas de abono. Paramos a comprar helados barquillo y al subir la niña en el asiento trasero el helado mismo se le cayó al piso.

A un garabato de Cecilia (¡cabra de…!) le sigue con la mano derecha un puñetazo en el rostro de Javiera. Recuerda Verónica que volví a casa choqueado, pues nunca había visto a alguien ejercer tanta violencia contra menores. Tampoco he visto el origen de los moretones que acosaban su rostro al llegar a ser una viejita indefensa.

3.- Le guardo gratitud a Cecilia, junto al amado de su vida, —Sergio Echenique Elliot, alias «el Lolo»— cuando al séptimo año de matrimonio, en medio del torbellino valórico azuzado por Allende, quedé sin esposa, hijos, ni mi adorada parcela en El Arrayán, con sus higueras, parras y naranjales. Me acogieron, puertas abiertas tanto en su mansión de calle Luz en el barrio El Golf, como en su palacete con vista al mar de Zapallar, donde pasé una temporada de convalecencia.

III— Resiento el favoritismo protectivo de mi madre hacia Cecilia, cuando a mis diecisiete fui fletado de Londres a Valparaíso en un carguero de la naviera de mi padre so pretexto de que “volvemos todos”. Prefirió doña Virginia Cox quedarse en Europa, en su romance con Roy Blair, que le tenía buena a Cecilia, herida que aún sangra.

IV— Me avergüenza la complicidad de Cecilia en la estafa urdida por Alberto Quiroga para apropiarse del chalet en calle Espoz de su esposa legal, la funcionaria de Naciones Unidas Genevieve Hill, más la pensión internacional de viudez que él recibió por décadas a costillas de ella, mientras él no se casara.

V— La apropiación de la casa en Cachagua que mi mamá le encargó construir en base a un paquete accionario de mi padre, que por tanto nos corresponde a toda la Comunidad Huneeus Cox. Espléndida propiedad de veraneo para la familia, pero que Cecilia se las arregló para dejársela en exclusiva a sus hijas.

Añádanse, los $ USD 9.000.- que le birló al tío Ricardo cuando era captadora del mentado banco, y su intromisión en las reservas de mi mamá en EEUU.

VI— Y encima, el encontronazo con Camilo, de pie con los brazos cruzados, estaba justo en la mitad del sendero por el cual me iba yendo. —Hola Camilo, exclamé, junto con darle un amistoso palmetazo en su hombro derecho, que me pareció hombro de gladiador. No dijo nada, ni se movió un ápice.

3.- Y por último, el salteo del sábado 21 de marzo recién pasado cuando se desbocó el alter ego de mis parientes más queridos y quienes desde el postre al café eran decentes, al pararse de la mesa en vez de hablar ladraban.

Era un día frío y sin sol, —mínima de 10 °C— refrescado por una brisa antártica que entumía las manos. Por eso, luego de servir los postres del almuerzo familiar que Verónica y éste octogenario le ofrecimos en la terraza a la tribu con motivo del viaje a Chile de mi nieto Pedro (33), pasamos al comedor, a tomar café y copuchar.

Adentro, con la salamandra prendida desde el alba a full, era todo calor de hogar, lo que no impidió a mi hija Andrea, —sí la Dra. Huneeus Vergara (60)— lanzar alfilerazos vejatorios sobre mi ancianidad, que la tilda demencial y que desde el uso de leña a la superficie declarada a la Municipalidad todo aquí es ilegal y que cuando vengan fiscalizar, mejor me haga el tonto, como si estuviera gagá.

Como si nada hubiera oído, en mi típico estilo medio jocoso, mitad en serio, irónico dicen, ante un comentario sobre tanta cosa bonita que hay aquí, exclamo dolorido: ¡demasiadas!

Y siempre en tono fatigado prosigo: —ya no aguanto tantos recuerdos y antigüedades, así que antes de irse porfa ayúdenme a despejar de bibelots la repisa que hay arriba, en el pasillo frente a los dormitorios.

De golpe, nietos e hijos, amigables y queridos, todos convertidos en jauría de perros callejeros que a mordiscos arrancan espadas de la pared, alcuzas de la cocina y desde la despensa Andrea, emerge con un par de vasijas de cristal Baccarat que fueran del padre de Verónica, y las muestra a la horda. Una en cada mano; ¡vean qué trofeo!

Como quien da la pauta, parte ella con su trofeo bien sujetado con ambas manos (ahora garras) a dejar las vasijas de Baccarat a buen recaudo en la casa del frente.

El propio Pedro, lejos de la repisas se esmeraba en desclavar del muro al fondo del living una antigua espada; Pablo Miguel (56), alias «Nico», tuvo la decencia de negarse a partir con el taburete que Andrea le sugirió robarse. Andrea Molinari, alias «la Teiro» devolvió un mármol que se afanó, estando pendiente dos piezas de oro que por error había subido. Por su parte, el filósofo Hernán Neira sólo miró la debacle.

Entonces, de la confusión días después, tras una noche de trabajos inconscientes amanecí refrescado por sentimientos bravucones, ¡sal a pelearles caramba! Y con la serenidad del francotirador cuando apunta a matar.

No busco tregua ni perdón, sólo justicia. Que me devuelvan o paguen lo robado, lo que me han quitado con chanchullos de abogado o chantaje de trepadoras. Y no sólo ahora último, sino de encarnaciones anteriores también, convicción que me sorprende y energiza. Me siento mejor en pie de guerra, hago a diario mis ejercicios al sol, y sin titubeos disparo al fondo del asunto: money, money.

Por último, deja que los perros aúllen Sancho, es señal de que los abandonaron y que papito corazón se abanica. Tampoco, invitaciones a almorzar, ni compartir el tarro de basura. Moraleja: Los propios dientes suelen morder la lengua.

6.- ¿Cuáles son sus esperanzas o sueños para los miembros de su familia?

Las cosas ocurren porque las dejamos pasar. Mucho atropello, pederastia y golpiza sucede por sumisión de los oprimidos e indiferencia de los vecinos.

Ante el flagelo de la ludopatía, todos saben y hasta celebran que el padre de familia eche a la ruleta su jubilación. En la práctica los casinos, —físicos y “on line”— diezman a la población, fomentan el crimen y causan suicidios.

7.- ¿Hay palabras o incluso instrucciones que a Ud. le gustaría ofrecer a su familia para darles más tranquilidad y consuelo?

Más tranquilidad y cohesión tendría mi familia si en vez de valorar tanto el dinero lo compartieran, dándose casos de desnutrición por avaricia.

8.- ¿Hay alguna otra cosa que le gustaría incluir en este documento?

No le tengo miedo a la muerte, ella sabrá si llegar en noche de luna o al cruzar la Alameda. En cambio sí le tengo pavor a que un día entren a llevarme por la fuerza a un ancianato y termine de espaldas sobre un camastro de hierro, atado de pies y manos al respirador.

Y los amigos que se malean.

Salvador Villanueva, mi camarada desde la infancia en el colegio San Ignacio, navegaciones, expediciones de buceo, cariños de sus padres etc. Que lo ayude a rescatar un pesquero suyo llamado «Vagabundo» retenido en Quellón. Es mediado de año, pero ordeno bajar de su hibernación mi lancha pasajera y cortando en seco mi rutina laboral, parto al supuesto rescate, siendo el leitmotiv aunar en una empresa ambas naves. Me acompaña mi hijo Pablo, capísimo navegante.

Pero ya de vuelta en Calbuco. Salva, junto con despedirse apurado, le traspasa el «Vagabundo» a un joven desconocido, dejándonos a todos ¡plop!, y a su mejor amigo con una cuenta de un mil doscientos litros de petróleo diésel, el salario de una semana del práctico que lo secundó, su estadía en la posada de Chidhuapi, que no es barata, y si te he visto no me acuerdo.

RUEDA DE EMOCIONES
En cuanto a la Rueda de Emociones, ¡qué ingenioso planisferio de 360 grados para reemplazar los números de la brújula por los sentimientos del alma! Tras el alocado giro de babor a estribor que sugiere a primera vista, comienza la aguja magnética, sobre todo al caer la noche, a resaltar un área. De una semana a otra, tras un viejo tropezón y una reciente desilusión, la aguja insiste en destacar determinado sexto del planisferio. En mi caso, la ira.

Palabras como “orgulloso”, “asombrado”, “aburrido” “solo” o “deprimido” me fueron quedando irrelevantes frente a las del mentado sexto. Faltándome una que si bien se insinúa en los términos “resentido” y “crítico”, no dan medio a medio en el clavo: TRAICIÓN.

Ante la masacre de Palestina, los bombardeos de Ucrania y la represión de ricos contra pobres en Chile, me rijo por versos del poeta persa Sa'di, admirado por Voltaire, Goethe, y Víctor Hugo y traducidos por la embajada iraní en México:

«Los seres humanos somos miembros de un mismo cuerpo, creados de una misma esencia y alma, Si un miembro sufre dolor, los demás no pueden permanecer tranquilos. Si no sientes compasión por el sufrimiento humano, no mereces el nombre de ser humano.»

Entonces, habiendo quienes arriesgan sus vidas por informarnos a los pensantes, sigo los noticiarios (BBC etc.) para enterarme de cuanta violencia se ejerza sobre niños, mujeres y demás víctimas del militarismo. No por morbosidad, sino para evitar el caer en el escapismo.

Luego viene la irritación vecinal: la salmonera que se le instala a uno con sus hediondeces y chivateos frente a la casa de veraneo en Calbuco, la destrucción del palacete italiano de Severiano García en Av. Pedro de Valdivia, las alzas de contribuciones que inflige la Municipalidad, los drones y cámaras de vigilancia, la plaga de edificios y la mina «Los Bronces» de Anglo American—la viga maestra de Chile— día y noche vomitando un smog plagado de partículas microscópicas de magnetita (óxido de fierro) que provoca irritación de ojos, daño pulmonar y retraso cerebral.

Lunes 29 de junio 2026.

Otro remezón al espíritu ocurrió el lunes 29 de junio 2026 (feriado) con motivo del cumpleaños número LX, de mi hija, la Dra. Andrea Huneeus Vergara. Convocó ella en su casa a un asado al aire libre en que el plato de fondo no fueron las jugosas carnes, sino las crudas palabras que sesenta años atrás salieron de mis dedos como quien larga brasas ardientes.

El tiempo tornó amarillentas las hojas, llegando a perderse la frase clave, que estaba a mano, con lápiz de mina y en francés. A continuación, dicho exabrupto restaurado:

«EL PARTO»
por Pablo Huneeus Cox,
Ginebra, Suiza, 2 de julio de 1966.

Era una noche de luna llena, una noche tibia de verano junto al lago Lemán, con sus 72 km de largo y doce de ancho. Desagua en el río Ródano, un torbellino de aguas impetuosas en cuya costanera yace la maternidad «Bois-Gentil».

Justo pasado la medianoche Delia despertó en la oscuridad con el vientre tenso y una puntada remeciéndole la espalda. Al sentir que aún no trinaban los zorzales de los jardines aledaños, supo que faltaba para ver la primera luz del alba. Y tuvo miedo.

¿Será la primera contracción? ¿O una falsa alarma? ¿Cómo será el parto? ¿Va a ser hombre o mujer? ... ¿O monstruo? ¿Qué irá a pasar con mi RH negativo? ¿Down, hemorragia o gloria total?

A mis 26 años recién cumplidos estaba en la cima de ser joven; cuatro años atrás había logrado independizarme, con linda casita de campo arrendada en las afueras de Ginebra, en Chemin de la Petite-Boissière 20, y al otro lado del cerro, —a la vuelta de la loma, patrón— se vislumbra la madurez.

—Shhht, le dije. ¿Alcanzas a oír al ruiseñor?

El canturreo se acercó y resultó ser el graznido de la típica lechuza blanca de esos bosques, mal presagio pensé.

Otro gemido volvió a despertarme. Ya había comenzado a actuar el software que por millones de años los vivíparos, desde la ballena al chimpancé, hemos ido perfeccionando, misterioso programa que nadie sabe dónde está ni quien lo prende, es clave del fenómeno humano, porque de capitán a paje, ricos y pobres, hemos sido paridos de madre embarazada.

La puntada volvió minutos más tarde. Y nuevamente, y otra vez más, y de nuevo, caramba.

—Son contracciones, dijo Delia. Voy a tomar el calmante que me dio el doctor. Pero si después del calmante siguen, es el hijo.

—Dos de julio – contesté. No es mal día. Son mejores las fechas pares. El despertador a cuerda marca las 03:50, y aunque su tic-tac, tic-tac se nos hizo más fuerte, todavía no prendíamos la luz.

En la penumbra semi dormida pensé que antes que oscureciera este día a lo mejor tendríamos un hijo, o bien una hemorragia me dejaría viudo, o seríamos la familia más feliz del planeta Tierra.

A las cuatro y media venían cada cinco minutos. Cuando las sentía respiraba rápido y corto para que el diafragma no ofreciera resistencia al útero. Cada vez clavaba la vista en los punteros del reloj y notaba que el tiempo que separaba las contracciones disminuía.

Además, sus silenciosos quejidos evidenciaban que cada vez el dolor se propagaba con mayor intensidad.

Un frío subterráneo comenzó a invadir el cuerpo de Delia. Mis brazos, un chaleco y una bata de lana escocesa no lograban retener el calor que se evaporaba con el esfuerzo. Encendí la calefacción y fui a despertar a la Señora Mariita. Golpeé fuerte en su habitación y le dije:

—Señora Mariita, oiga, ya estamos ya. Ella comprendió y comenzó a vestirse.

Me puse a buscar la cantidad de papeles y documentos que exigen en la clínica, y encontré solamente lo principal: la chequera. Entonces dudé del auto. Bajé corriendo, lo hice partir y le dejé el motor andando.

Delia ya no podía agacharse siquiera. Cuando volví me esperaba con sus medias azules en la mano para que yo se las pusiera. Mientras lo hacía, ella notó que tenía mugre encima de la uña del pulgar derecho. Comprendí que una mujer, por adolorida que esté, no le gusta dar a luz con una uña sucia. Se la limpié con una tijera.

Al llegar la señora Mariita, madre e hija juntaron sus mentes para discurrir como perder el tiempo.

—Hijita, la escobilla para el pelo.

—No se mamá, pero ¿Por qué no saca de la maleta la camisa rosada y me pone la camiseta floreada mejor?

—Pero si aquí está la escobilla, pero no veo las toallitas para la guagua. Ah, entonces deje la camisa rosada mejor.
Cuando todo estuvo preparado bajé la maleta al auto y como Delia ahora apenas podía caminar, descendió la escalera sujetada por la señora Mariita a la derecha y uno a la izquierda.

El cielo estaba límpido y el día comenzaba a desparramar colores sobre los jardines del vecindario. Y a la luz del día radiante el verde de los cipreses armonizó con la palidez de nuestras caras trasnochadas.

La «Clinique Bois-Gentil», está en la antigua «route de Malagnou». Es un pequeño edificio departamento de tres pisos, y está rodeada por grandes abetos y cedros fragantes. Ya habíamos ensayado el camino para que llegado el momento no perdiéramos tiempo en buscar la puerta. Eran las cinco y media cuando me estacioné al frente y toqué el timbre.

Casi instantáneamente se encendió bajo el timbre un letrerito que decía: «Attendez, on arrive». Delia se bajó y yo le arrebaté la maleta a la señora Mariita quien había empezado ya a bajarla. Llega una enfermera joven que nos preguntó inocentemente: C'est pour un accouchement? ¿Es por un parto?

¿Y qué otra cosa podríamos haber estado haciendo a las cinco y de la mañana en el patio de la maternidad con una joven de linda figura y tremenda barriga?

Subimos los tres en ascensor al segundo piso. Ahí nos esperaba una matrona fortachona, dotada de una dentadura compuesta por sólo dos colmillos protuberantes. Se llevó a Delia para examinarla y nos hizo pasar a una salita que decía «SALON» en la puerta.

En esa especie de sacristía a las puertas del sacro doctor, la señora Mariita y yo conversamos nerviosamente sobre guaguas, partos, leches y, más guaguas y nacimientos. Ella sabe, tiene nueve hijos, Delia es la segunda, y encima, con don Sergio, el padre de Delia, adoptaron cuatro sobrinos que debido a un choque quedaron huérfanos.

A las seis apareció la matrona (sage-femme, mujer sabia en francés) y nos dijo que la dilatación del cérvix equivalía al diámetro de un franco suizo, apenas tres centímetros. Tenía que dilatarse hasta dejar pasar el cuerpo entero, es decir diez centímetros.

—Ça sera pour quand?- ¿Para cuándo?, le pregunté. Al saber que faltaban, según ella, unas cinco horas, decidí llevar a la señora Mariita a la casa. En cuanto llegamos comenzó a prepararme un suculento desayuno pero yo, nervioso e impaciente, mordí un huevo crudo y lo chupé de golpe. Necesitaba fuerzas.

La llevaron a la sala de partos. Era una sala amplia, pintada de verde claro, en perfecto orden. Y con todo el equipo de la antesala de la vida. Al medio una cama donde instalaron a Delia y un faro grande que colgaba del techo con un inmenso brazo articulado. Estaba aún apagado.

Delantales plásticos, lavatorios con llaves cromadas de bronce, un reloj en la pared, armarios con hilo catgut y con hileras de frascos con remedios. Un estetoscopio de madera para oír el corazón de la guagua, un aparato que esterilizaba y perfumaba el aire, una caja de vidrio hermética con bisturíes afilados, guantes de cirujano, numerosos paños esterilizados envueltos en celofán, y en un rincón esperaba una pequeña cuna con sabanitas bordadas. Y relucientes, los ominosos fórceps de acero cromado.

Faltaban diez minutos para las siete cuando entré a la sala. La matrona me pasó un delantal de médico que estaba colgado en un gancho que decía «Blouse Mari» (delantal marido) en letras plásticas verdes. Con mi flamante tenida, con el gran desayuno puesto, el libro de obstetricia en una mano y un frasco de colonia en la otra, entré donde Delia.

Estaba con la camisa de dormir bordada de flores y gotas de sudor brillaban como agujas de dolor sobre su frente. Las contracciones las sentía como si prensas de acero templado le oprimieran el vientre. Cada una llegaba como un sacudón eléctrico que la despertaba de un estado de semi-inconciencia en que estaba sumida. Venían cada dos minutos.

Se retorcía en busca de una postura que le aliviara el malestar, pero en lo fundamental no hay alivio. Fuerzas volcánicas obraban dentro de su cuerpo, fuerzas que absorbían todo su ser y que gracias ellas, desde las ballenas al orangután existimos.

Me senté en una silla blanca al lado de la cama, le esparcía colonia sobre la frente y comencé a conversarle. Entró la matrona, levantó las sábanas y colocó el estetoscopio sobre el vientre para sentir de adentro al crío.

La violencia de las contracciones había alejado a Delia de cualquier otra percepción que fuera las convulsiones que la sacudían cada dos minutos como los terremotos remecen las montañas. Estaba agotada. No quería palabras.

Yo quería compartir ese sufrimiento pero sólo podía mirarla en silencio, y maravillarme de cómo la naturaleza tomaba posesión de ella.

¿Libertad? Aquí supe que no existe, porque sólo somos objetos de la voluntad del cosmos, esa misma que en un planeta adornado de luna instaló el fenómeno vida. ¿Por qué aquí y no allá? Luego de milenios de desarrollo ¿qué podemos determinar sobre los hijos que le llegan a uno? Ellos traen su destino, no visible como el de la abeja, dejándonos a los padres de familia la realización que ha de ser ayudarlos a que sean a todo dar, mejores y más libres que uno.

La gestación se impone a la pareja y desata un proceso que no podemos alterar. El germen fecundado es superior a nosotros, dependiente de nosotros pero diferente a nosotros.

A las siete de la mañana cambió de turno la matrona primitiva de aire montañoso y fué reemplazada por una mujer de aspecto más citadino que llevaba escritas en la frente las palabras: Deber, Higiene, Orden. Llamó al doctor y este recomendó un supositorio que ayudaría la dilatación.
Arriba comenzó a llorar una guagua y con Delia nos miramos. Seguía tratando de buscar una posición en la que no le dolieran tanto las contracciones. Esperábamos.

—Una no tiene postura, repetía afligida.

Miré mi reloj y vi que estaba detenido en las siete veinticinco, con los nervios, llevaba días sin darle cuerda.

A las ocho diez llegó el doctor con una amable sonrisa, tomó el pulso, oyó el corazón del feto y palpó el vientre dando delicados golpes. Nos aseguró que todo estaba perfectamente bien y nos pidió que le avisáramos cuando Delia sintiera que las contracciones se transforman en ganas de pujar.

Bajé a llamar a la señora Mariita. Estaba en la casa al lado del teléfono esperando noticias. Había ordenado y lavado todo, y rezaba.

—Rece que ahora hace mucha falta, le pedí.

Eran las nueve en punto de la mañana cuando Delia fué sacudida por el deseo de pujar. Había llegado el momento de desanidar el hijo. Con apuro vertiginoso comenzó lo que habíamos esperado durante seis horas, después de nueve meses y desde que brotó en nosotros el amor.

Me asusté y me abalancé sobre el timbre para llamar a la matrona que tiñó las piernas con yodo.

—Estás haciéndonos un hijo, alcancé a decirle.

—Respirez vite. ¡Respire rápido!, clamó la matrona, y a Delia, con la presión los ojos parecían reventar en las órbitas. El vigor del forcejeo pareció sacudir la sala entera y el dolor le extrajo un grito.

¿En qué estará el crío? Parece que sufre con todo lo que empieza a pasar en su cómoda morada, pero ya no hay tiempo pensar en nada, sólo obedecer al ángel de la guarda.

El pujo debe haber durado dos minutos. El vientre cambió de forma, se corrió hacia abajo.

—Ya viene, le dije y en medio del dolor, ella sonrió.

— ¿Se ve? preguntó con voz tenue.

Entre las piernas se asomó algo rojo oscuro: era el saco amniótico que nos contiene al nacer.

La matrona rajó el saco con un bisturí y vació el líquido. Estaba oscuro con meconio lo que evidenciaba que el feto estaba sufriendo.

La presión disminuyó y vino la calma que precede la tormenta. Delia se recobró, conversamos y sintió un ligero alivio. El doctor llegó cuando comenzaba el segundo pujo.

Fue como la marejada que del fondo lanza tumbos. Sus manos se crisparon en las mías y las venas del cuello se le hincharon. Le tomé la cabeza y la levanté para que no hiciera fuerza inútil el cuello. Temblaba entera.

—Poussez! ¡Poussez! (Puje, puje), gruñó el doctor.
—Très bien! Son muy valientes las mujeres chilenas. Poussez! ¡Empuje, poussez! berreaba la matrona.

—Ya viene el chileno. ¡Ya se asoma! anunció el doctor con la cabeza en sus manos. Tenía el pelo negro ensangrentado y todavía no se le veía la cara.

— ¡Ahí viene!, gritó, fuera de control, mi corazón.

— Bravo, ¡Una respiración mantenida para el niño!
Había llegado una enfermera que permanecía inmóvil. Era la que se hacía cargo del recién nacido.

El tercer pujo brotó solito. Nuevamente el griterío: que respirara y que empujara. ¡Más fuerte! ¡Más! El corazón emocionado

— Poussez, respire rápido, muy, muy bien. Está trabajando muy bien señora, la felicito decía el doctor. Todo viene muy bien. Respire hondo ahora, muy hondo. ¡Muy bien! ¡Bravo! Poussez!

Delia dió el impulso final e inflando las mejillas ayudó el forcejeo que nos dió vida a todos. El doctor sacó rápidamente algo que a primera vista me pareció una muñeca amarillenta cubierta de tripas y grasa. Estaba inmóvil. La colocó sobre el vientre de Delia: ese muñeco como de goma era nuestro hijo.

Eran las nueve y diez y, todavía entre las manos del doctor, la presión del aire estiró sus pulmones replegados y saltó el primer grito: estaba vivo y respiraba.

—Comme elle est longue, le bébé!, exclamó la matrona.*

¿Qué es? me preguntó Delia. El doctor estaba abajo sacando la placenta, así es que para contestar la pregunta crucial tomé el cordón umbilical, que aún pulsaba porque no estaba cortado y miré. ¡Vive!

Se me cortó la respiración mientras mis ojos ávidos recorrían las facciones para ver qué era. Brazos, cabeza, pelos, movimientos, dedos, píes, boca, nariz y uñas.

Quise verlo todo simultáneamente en un instante de apremio. Y una vez que la mirada pudo acallar mis dudas urgentes vi, no con los ojos, que de las profundidades vitales había surgido un nuevo amor que me anudó con la criatura que manoteaba sobre el vientre de mi esposa.

—Es mujer, contesté, pero sentí el deber de anunciarlo a viva voz tal como la Iglesia Católica proclama Urbi et Orbi al recién ungido Pontífice:

—Andrea, mujer habemus.

La ayudé a incorporarse y la enfermera levantó a Andrea un poco para que Delia pudiera verla. El miedo y la curiosidad se mezclaron en una mirada ávida que fué recorriendo a su hija: la nariz chueca, el pelo negro y las manos de dedos largos. Quería conocerla y su mente se llenó con ese cuerpecito azul por falta de oxígeno, y que comenzaba a tomar un color rosado gracias al aire que empezaban a inflar sus pulmones.

—Es feíta pero la vamos a querer harto, dijo.

Por primera vez sentimos que el uno no era más el eje de atención del otro. Estaba Andrea, todavía unida a su madre por el cordón umbilical que ahora apenas latía. Éramos familia.

El doctor le puso una pinza de plástico en el cordón y lo cortó unos quince centímetros más arriba del ombligo.

Nuestra hija comenzó a vivir por sí misma.

Esa tarde, cuando volví a casa abrí el mejor de los tintos suizos, y rebalsé el aire con el Magnificat del Johann Sebastian Bach.

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* La phrase en français (avec une petite faute de grammaire typique d'une réaction spontanée : «Oh comme elle longue le bébé ! » au lieu de «Oh, comme le bébé est long ! ») correspond exactement à l'environnement francophone de la maternité à Genève à cette époque.

De plus, la Dre Andrea Huneeus est connue pour sa grande taille à l'âge adulte, ce qui rend l'exclamation de la sage-femme très cohérente dès sa naissance.

Fin

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