Pablo Huneeus
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Para pensarla:

Ahora más que nunca se quiere ver al individuo personal y conocerlo de cerca, en su vida privada, en su dominio íntimo, día a día, como al vecino de enfrente o al compañero de trabajo. "Alone".


ESTUDIO PRELIMINAR
por Hernán Díaz Arrieta ,“Alone”. (1891—1984)

EL MUNDO LITERARIO ha visto, entre las dos últimas guerras, brotar, crecer y difundirse para, alcanzada su altura máxima, declinar poco a poco y volver casi a su nivel antiguo—tal como los ríos desbordados—la moda de la biografía novelada.

Lo recordamos como si fuera ayer. Una de esas pequeñas y cautivadoras revistas francesas, tan vivas y ágiles, que sabían disimular con elegancia su banalidad o su hondura, empezó a publicar a modo de folletín un curioso relato. Era la vida de un poeta inglés narrada entre histórica y fantásticamente, un cuento de género ambiguo, que parecía a ratos inventado, a ratos verdadero, deleitoso de leer en todo caso, pintoresco, tierno, irónico y trágico.

Quisimos traducirlo y pedimos noticias de su autor. Bastará para evocar la época y sentir su distancia agregar que nadie entonces sabía aquí nada de él, ni los mejor informados, y que nuestra versión castellana, la primera del libro a este idioma, apareció precedida de un artículo que se titulaba: Un «grande escritor desconocido», aunque el escritor era André Maurois y la obra, «Ariel o la Vida de Shelley». («Atenea», Revista de la Universidad de Concepción, 1924, Editorial Nascimento.)

Después, corrieron las aguas del diluvio. . .

Ahora, todo vuelto a sus cauces normales, dos reacciones se advierten entre el público y los estudiosos. Éstos se preguntan las causas sociales y psicológicas del fenómeno. Bien considerado, no deja de ser singular. ¿Por qué ese interés excesivo hacia los grandes hombres, hacia las individualidades poderosas o extrañas, fuera de órbita? Estamos en la época de las multitudes; las masas rebeladas imponen su manera en el terreno político, en el económico, en el artístico, en el religioso, y la dictadura del proletariado constituye sólo una etapa hacia la nivelación que emparejará finalmente cabezas y estómagos. Deberíamos lógicamente preocuparnos de la potencia victoriosa, el hombre—masa, del anónimo cualquiera cuyo nombre significa legión.

Pues no.

Ahora más que nunca se quiere ver al individuo personal y conocerlo de cerca, en su vida privada, en su dominio íntimo, día a día, como al vecino de enfrente o al compañero de trabajo.

Afán de bajar a los que habitan cumbres? ¿Deseo de encumbrarse hasta ellos? ¿Ansia científica de comprobaciones experimentales? ¿O revancha de la imaginación que reclama sus fueros? Todo ello se mezcla, acaso, confusamente, en esa hibridación de la historia y la novela, en esa biografía con vidrio de aumento puesta al alcance de la multitud.

Sea como fuere, tras haberse saciado en el manantial dudoso de tantas biografías novelescas, siente el público lector un indiscutible deseo de remontarse a las fuentes verídicas y ver las aguas originales donde la humanidad se ha reflejado.

La vieja curiosidad por el espíritu humano torna de nuevo al documento clásico y le pide otra vez enseñanzas. Porque los estudios biográficos, en el fondo, no son sino eso: una larga y apasionada encuesta psicológica, una tentativa vehemente por descubrir el secreto que cada cual lleva en sí. Y que es el más impenetrable. Pues bien; cada edad ha tenido alguno de esos maestros universales, compendios de la ciencia contemporánea dentro de su especialidad.

Interroguemos a los grandes biógrafos.

No van a darnos la llave que abre el cofre de los últimos misterios: esos secretos están bien guardados y el destino del hombre será perpetuamente, no descubrirlos, sino buscarlos. Pero la frecuentación de los espíritus representativos nos entregará, seguramente, algo de más valor, sobre todo si antes de oírlos nos preocupamos de conocerlos.

LA ANTIGÜEDAD. Quien explora con la vista el horizonte antiguo, no puede menos de advertir, muy alto sobre sus «Vidas paralelas», al sin paralelo entre los sabios, hijo de Queronea, redentor de Beocia, antepasado de todos los autores de biografías, y hasta hoy el más vivo y fecundo de su edad.

Nacido en una época sin gloria, hacia la mitad del siglo I, en una pequeña ciudad poco ilustrada, objeto más bien de sonrisas, desprovisto él mismo de grandes talentos naturales, como los que hicieron eminente al genio griego, logró, sin embargo, a fuerza de honradez, paciencia y buen sentido, construir una obra que ilumina su tiempo, saca de la sombra a su patria, y, con cierta ayuda de la buena suerte, le ha colocado entre los varones ilustres de la historia, no ya puramente literaria, sino general.

Lección digna del moralista que era en el fondo.

Porque no aspiraba Plutarco al nombre de historiador tanto como al de maestro que enseña el bien y acuña sentencias educadoras; sus «Vidas» se convierten continuamente en ejemplos y tienden a la corrección de las costumbres, al aprovechamiento de la experiencia.

Los biógrafos le fabricaron cierta leyenda; se dijo que, amigo y profesor de Trajano, éste le había nombrado después procónsul, elevándole a tan alta dignidad por su extraordinario mérito. La crítica histórica ha destruido esa fábula. Plutarco viajó, estuvo efectivamente en Italia, y dio en Roma conferencias oídas y celebradas; aun parece que, hombre ya maduro, desempeñó en la imperial ciudad papel de personaje, objeto de la atención pública; pero siempre como extranjero, ya que ni siquiera logró dominar el idioma. Él lo dice en su «Demóstenes»: "Mas yo, que vivo en una ciudad corta, en la que tengo ánimo de permanecer para que no se haga más pequeña, y que mientras estuve en Roma y anduve por Italia no tuve tiempo para ejercitarme en la lengua latina, por los negocios políticos, y por la concurrencia de los que venían a tratar conmigo de filosofía, tarde ya y siendo muy adelantado en edad me dispuse a tomar conocimiento de las letras romanas, en lo que me ha pasado una cosa extraña, pero muy cierta: y es que no tanto he aprendido y conocido las cosas por las palabras sino que, conocidas las cosas, ellas me han conducido a saber las palabras. Y lo que es llegar a percibir la belleza y rapidez de la pronunciación latina, las metáforas de los nombres, la armonía y todo lo demás con lo que se adorna el discurso, lo considero útil y agradable; pero el estudio y ejercitación en este trabajo como empresa difícil, sólo es para los que tienen ocio y tiempo que emplear en tales primores". Confidencia que aclara un aspecto de su vida y, al mismo tiempo, define su temperamento: gran escritor sin duda, espontáneo, gracioso, abundante, no fue Plutarco nunca grande artista, ente refinado, siquiera Un hombre de gusto puro, como lo sugiere el calificativo helénico.

Encarna lo que hoy llamaríamos un buen burgués, el ciudadano conformista. En paz con todos, amante de su pequeña ciudad, va escalando una tras otra las magistraturas locales, las desempeña a conciencia y su posesión le enorgullece; termina como gran sacerdote y deja un nombre respetado.

Un destino singular ha realzado curiosamente el papel de Plutarco en la historia.

Si algún discípulo suyo le aplicara el procedimiento de las «Vidas paralelas», no le hallaría, por de pronto, otra pareja que Laertes, el gran repertorio de noticias sobre la antigüedad, pero repertorio desordenado, sin arte ni composición, con abundancia generosa de datos, desprovisto en absoluto de criterio filosófico o artístico y aun de simple criterio. Aunque posterior al sabio de Queronea —Diógenes Laercio vivió a fines del siglo II y comienzos del III— frente a él parece uno de esos rústicos predecesores que, desde mucha distancia, anuncian las obras de los siglos de oro. Sus «Vidas» constan de una serie, por lo general monótona, a veces pintoresca, de pequeños hechos, no siempre significativos, de anécdotas, a menudo banales, con datos, cifras y detalles enfilados al azar, según se agolpan a la mente. Nada de la retórica, acompasada y sesuda, ni de la sencillez amena que alternan en la prosa de Plutarco y, poco a poco, logran dibujar un tipo y darle movimiento. Laertes sólo acumula piedras sobre piedras; Plutarco las dispone con todo orden y alguna gracia elemental.

Además, posee un estilo, cosa en la que ni se sueña leyendo a Diógenes. El secreto de ese estilo, según Gréard, consiste en que Plutarco vive la existencia de los hombres que retrata y se ciñe a ellos. "Mientras Salustio, Tito Livio y Tácito, siguiendo el método de Tucídides, componen el retrato de sus personajes pensando en el sitio que deben ocupar dentro de la narración, Plutarco deja simplemente a los suyos darse a conocer. Comienza, a veces, por trazar el bosquejo de un carácter; en seguida se aparta y lo abandona al curso de los acontecimientos para permitirle descubrir las diversas facetas de su alma.

Nunca se aparta mucho ni se va a gran distancia: se le advierte por las digresiones que no puede sujetar y en las cuales intercala su opinión; pero se coloca, en todo caso, al lado de sus héroes, no al frente: no interrumpe tampoco el desarrollo de los acontecimientos para tomar la palabra y pronunciar discursos; no explica ni interpreta: relata". La honradez, la sumisión al objeto, condujeron a Plutarco a encontrar alguna de las leyes fundamentales del género y a aplicarlas.

Punto de comparación más adecuado y también rival más peligroso que Laercio halla Plutarco en un contemporáneo suyo, que tal vez asistió a sus lecciones de elocuencia, acompañado seguramente de su inseparable Plinio, tan unido a él por una célebre amistad, que con sólo nombrar al uno se comprenderá quién es el otro.

Pero Tácito no se dedicó a la biografía, sino a la historia. El grave y elocuente romano, poseído de la dignidad de su pueblo y con un reflejo de las viejas virtudes, junto al gran monumento de los «Anales» sólo dejó un pequeño libro, delicioso por el acento íntimo que matiza las reflexiones políticas y las descripciones de costumbres: la «Vida de Agrícola», el comandante en jefe de las legiones y la provincia de Bretaña, su amigo y su suegro. De haberse Tácito entregado a cultivar el mismo género que Plutarco, acaso habría éste repetido la escena que cuenta en su «Vida de Cicerón». El orador, muy joven todavía, visitaba Atenas para aprender lecciones de buen gusto.

Un día, Apolonio, que no sabía la lengua latina, pidió a Cicerón que declamara en griego y éste tuvo en ello gran gusto, juzgándolo muy apropiado para la corrección. Después de haber así declamado, todos se quedaron asombrados y compitieron en las loas; sólo Apolonio se estuvo inmóvil oyéndole, y después que hubo concluido, quedó en su asiento, pensativo largo rato, y como Cicerón se diese por resentido:

—A ti, ¡oh Cicerón! —le dijo—, te admiro y te alabo, pero lamento la suerte de Grecia, al ver que los únicos bienes y adornos que nos habían quedado, la ilustración y la elocuencia, son también por ti ahora llevados a Roma.

Pero el destino trabajó por Plutarco: la presencia de Laertes como la ausencia de Tácito han contribuido a realzarle.

Con el transcurso de los siglos se añadirán a su favor otros elementos, aun más inesperados.

Desde luego, el traductor.

Ese que los italianos llaman “traidor” ha sido, para Plutarco, el mejor de los amigos, el más amable y generoso, el guía complaciente, bien recibido en todas partes e introductor de las «Vidas paralelas» hasta en los recintos menos asequibles. Protestan, por cierto, los puristas rigurosos contra el “Plutarco de Amyot”, afirmando que no es el verdadero Plutarco; pero tienen contra ellos la falange de lectores que saborean esa prosa francesa del siglo XVI, pintoresca, popular, sembrada de expresiones gráficas, con su encadenamiento de espontáneas y graciosas imágenes, tan naturalmente brotadas que se dirían una criatura original.

Y lo son.

Amyot, cuando escribe por su cuenta, es menos personal, menos Amyot, que cuando traduce al maestro helénico; necesitaba ese punto de apoyo, ese color complementario para erguirse, destacarse y dar de sí cuanto tenía dentro.

Es una de las curiosas aventuras de la historia literaria.

Al Plutarco sesudo, equilibrado, y dentro de las normas, tan partidario del lugar común que se sienten tentaciones de aplicárselo, diciéndole: “hijo modelo, esposo intachable, padre ejemplar”, parece como si el destino se complaciera circundándolo de paradojas y consecuencias impensadas.

Sin ser artista y a distancia más que larga del genio dramático, alimenta, sin embargo, el de Shakespeare con tal eficacia, que las mejores tragedias del teatro inglés, es decir universal, arrancan de las «Vidas paralelas».

Creyente sumiso y conformista, el mundo de anécdotas acumuladas en sus libros, para honra de la virtud, sirve de arsenal inagotable a uno de los espíritus menos de fiar cuando se trata de principios, un hombre cuya constante sonrisa nunca va sin su pliegue de ironía: Montaigne, el gran vividor, el más espiritual de los compañeros y vecino ciertamente codiciable, pero poco seguro. Un admirador de sus «Ensayos», comparándolos con las «Vidas paralelas», halló, en la suerte que ambos libros han corrido, este contraste lógico:

"Concebidos en época de agitaciones públicas por un espíritu que se mantenía esmeradamente al abrigo de toda perturbación externa, los Ensayos de Montaigne convienen sobre todo y tienen particular audiencia en los períodos de calma, de ocio discreto y examen tranquilo; así les vemos popularizarse; cortésmente combatidos por la escuela cartesiana, se reaniman durante el siglo XVIII, entre las disquisiciones de la filosofía libre, para desaparecer transitoriamente, sepultados por los profundos vaivenes de 1789.

"La moral de Plutarco, a la inversa, ofrece un carácter y tiene una evolución distinta. El sabio de Queronea no figura, por cierto, entre aquellos de quienes se dice que es preciso considerar aparte al predicador y la prédica; puede, por el contrario, aplicársele la piedra de toque de Sainte-Beuve y volverlo del revés al derecho sin miedo a que su conducta comprometa su enseñanza. Da juntamente el ejemplo y la regla. Lo que en su humilde carrera práctica no logró alcanzar, su palabra generosa inspira la noble ambición de conseguirlo.

Por eso, sin duda, al revés de los «Ensayos», sus tratados morales, compuestos en el sosegado retiro, en la paz de las instituciones regularizadas por los más bellos días de los Antoninos, nunca han disfrutado de tanto favor como en las épocas agitadas y revueltas. Amyot introduce a Plutarco en Francia durante las Guerras de Religión, y los revolucionarios de 1789 popularizan su nombre y se inspiran en sus pasajes para los más inflamados discursos de sus asambleas tormentosas, y sin él Napoleón habría carecido de armas. La vida confinó a Plutarco a una esfera modesta, aunque digna, donde ejercitó virtudes corrientes; su palabra, su potente soplo, que había resucitado a los grandes hombres de Grecia y Roma, produjo en cambio virtudes heroicas y extendió su acción a los más altos próceres.”

El perfecto burgués, el hombre equilibrado en el sentido común y sobre el filo del término medio, echa, como se ve, brotes sorprendentes.

Hoy nos parece limitado.

Hallamos insuficiente su cordura nos resulta reducido su espíritu de tejas abajo; como maestro pedimos más que este negociante de primera clase ajeno a los hondos problemas psicológicos, ignorante del matiz diferencial y que no advierte las luchas entre la pasión y el deber ni la línea ligera que los une, sino el abismo que los separa.

Contemporáneo del primer siglo de nuestra Era, pudo haber visto lo que entrevieron Cicerón, Virgilio y Séneca. No se le podría exigir comprensión para los insensatos del “amad a vuestros enemigos” y “bienaventurados los que sufren”; tales paradojas superaban demasiado su círculo habitual; pero se habría podido aguardar de su vasta experiencia, de su humanidad generosa, una filosofía como las que encontramos en Epícteto o Marco Aurelio.

Acaso sea aplicar al Heródoto de la biografía una medida que no le conviene. Su terreno está en el arsenal noticioso de las Vidas, en la inmensa información, certera, segura, basada en hechos bien observados.

Ahí Plutarco, dentro de su época, no tiene igual.

Todavía sirve.

Acaba de reeditarse entre nosotros uno de los pocos libros de psicología política e histórica que poseemos dignos de este honor: «La fronda aristocrática en Chile», por Alberto Edwards, sagaz intérprete de nuestro siglo XIX, el que ha penetrado más a fondo las instituciones de nuestra república aristocrática, cuyo régimen presidencial se asimila al de los Antoninos. Refiriéndose a las elecciones parlamentarias de 1924 hechas bajo desfavorables auspicios y que llevaron a una revolución, dice (pág. 252): “Tales espectáculos no son nuevos en el mundo. Plutarco los describe en su biografía de César cuando recuerda el estado de cosas que precedió inmediatamente al fin de las instituciones tradicionales de Roma.

Veíanse candidatos poner mesas en el campo de Marte y comprar sin pudor los sufragios, mientras otros llevaban gente armada que con flechas, piedras y espadas, ahuyentaban a sus adversarios. Más de una vez fue manchada de sangre la tribuna, y la ciudad iba en la anarquía como un barco sin timón. Así, los sabios deseaban que aquella demencia no engendrase nada peor que la monarquía y se resignaban a ello.”
He aquí, a veinte siglos, la lección de Plutarco y su antorcha.

No le pidamos más.

EDAD MEDIA. Es preciso salir de la antigüedad, cuya decadencia ha empezado, y caminar mil años hasta la alta Edad Media, para ver otro espectáculo y oír voces muy distintas que dicen cosas completamente nuevas; pero hay que avanzar no sólo en el tiempo sino también en el espacio: ir de la Queronea beocia, donde Plutarco nació, y de la Roma imperial, donde Trajano y Tácito oyeron sus lecciones, hasta un pueblecito de la costa genovesa, entre Savona y Voltri, no lejos de Cogoleto, patria de Colón: Varage, deformada en su ortografía por los copistas medievales, fue, a principios del gran siglo XIII, cuna de Jacobo de Vorágine, que podría considerarse un Plutarco hecho de material celeste.

El autor de la «Legenda aurea» (Prólogo a la traducción francesa es digno de figurar en ella. Sus biógrafos se vuelven poetas y hagiógrafos:
“Más arriba, allende los viejos muros almenados de las fortificaciones, se despliega un maravilloso semicírculo de colinas plantadas de olivares: hacia donde el espectador vuelva los ojos, encuentra, sobre esas colinas, conventos, capillas, calvarios que forman en torno de la ciudadela una atmósfera de piedad ingenua y gozosa.”

He ahí la descripción de Varage que hace Teodoro de Wyzewa: (Prólogo a la traducción francesa de la «Leyenda dorada»). En la historia, aun en las de menos tinte religioso, el buen fraile dominicano figura como “el piadoso obispo de Génova, padre de los pobres, pacificador de las discordias civiles.” Tal fue su misión episcopal.

La Orden de los Predicadores, como Wyzewa ha notado, aunque fundada por Santo Domingo hacia 1215 para combatir a los herejes, lo que le asigna una tarea belicosa, ha producido, en mayor número aún que los Hermanos Menores, almas de una suavidad enteramente franciscana: Santo Tomás, el Doctor Angélico, Fra Angélico, su hermano Fra Benedetto; un siglo más tarde, Fra Bartolomeo, ese soñador delicado.

El hermano Jacobo de Vorágine pertenecía a su raza.

“Sucesivamente novicio, monje, profesor de teología, predicador, juntaba al brillo de la ciencia costumbres tan puras y una virtud tan amable que, aún hoy día, todos los conventos dominicanos del norte de Italia conservan el recuerdo de su santidad. A los treinta y cinco años, sus hermanos le eligieron prior del convento. Después, en 1267, le confiaron el gobierno general de los monasterios de la Orden en la provincia de Lombardía, cuyas funciones, infinitamente difíciles y fatigosas, desempeñó dieciocho años. Apenas había conseguido exonerarse de ellas, cuando, en 1288, a la muerte del arzobispo de Génova, Carlos Bernardo de Parma, el Capítulo lo designó suceder al prelado. Ignoramos si hizo como San Gregorio huyó de Roma en un tonel cuando supo que pensaban proclamarlo papa; sabemos que rehusó obstinadamente el nuevo honor con que se le amenazaba…”

La diócesis genovesa pudo felicitarse, poco después, de la insistencia con que al cabo lograron los feligreses y el Papa obligar a Jacobo de Vorágine.

La guerra civil desgarraba la ciudad.

El partido de los Güelfos movía batalla contra los Gibelinos en una de esas rivalidades feudales encarnizadas que iban tan a menudo hasta el cuerpo a cuerpo callejero y que a nadie permitían estar seguro ni de día ni de noche. Por cualquier motivo, con pretexto o sin él, los partidarios de los Grimaldi y de los Fieschi asesinaban a un cliente de los Doria o de los Spínola, y entonces sobrevenían, entre las represalias, saqueos de casas e incendios de iglesias.

El año 1295, después de tres años de esfuerzos y, podemos suponerlo, también de oraciones, Jacobo de Vorágine obtuvo esta cosa increíble: que los Güelfos y los Gibelinos se reconciliaran y, por vez primera en medio siglo, dejaran en paz al vecindario de Génova. “Cuando, once meses más tarde —dice un cronista—, los Güelfos, incitados en secreto por Carlos II de Nápoles, atacaron de nuevo a los Spínola, se vio al piadoso obispo Jacobo lanzarse entre los combatientes y apartarlos con riesgo de su vida.”

Morir en un trance de ésos hubiera sido para él, como para sus santos, “recibir la corona del martirio.”

¿Qué es la «Leyenda dorada»?

Según su más moderno prologuista, la «Leyenda dorada» de Jacobo de Vorágine no puede considerarse una simple compilación, como afirman ciertos críticos y algunos traductores que nunca han querido seriamente estudiarla. Hay, por cierto, en las ediciones del siglo XV, las Vidas de Santa Apolínea y Santa Paula que reproducen exactamente textos anteriores, pero esas dos historias no figuran en los viejos manuscritos y son una de las incontables interpolaciones que los copistas deslizaron en el original, reconocibles, aunque no hubiera otros medios, por sus notorias diferencias de estilo. Porque Jacobo de Vorágine, como todo hombre de temperamento vigoroso y sensibilidad fina, posee su estilo, escribe de un modo que únicamente a él pertenece.

Lo cual muestra de nuevo la vanidad de las acusaciones de plagio y las jactancias de originalidad. Vimos que Amyot sólo traduciendo se encontraba a sí mismo y afirmaba su voz; ahora tropezamos con este fraile medieval, sin pretensiones literarias, limpio de orgullo y que únicamente pensaba, escribiendo, servir a Dios, y vemos que estas virtudes le han valido obtener gratuitamente cuanto otros se empeñan en vano por conseguir con gran esfuerzo.

Buscó el reino de Dios y su justicia: el resto lo ha recibido de añadidura.

Hay algo que advertir respecto al título de la «Leyenda dorada». La palabra “leyenda” no debe tomarse en su sentido de invención fabulosa o tradición alterada por la fantasía; en realidad, «Legenda Sanctorum» significa “Lecturas de la vida de los santos”. Jacobo de Vorágine no espera en ningún momento que sus lectores tomen lo que está narrando por historias fingidas, sino como él mismo la toma, esto es, muy en serio.

Ahí reside, justamente, el secreto de su interés, aun literario. Tras esos santos alzándose de la tumba donde habían permanecido cuatrocientos años, ante esas palomas que bajan del cielo para designar al papa y esas vírgenes cuya virtud vienen los ángeles a proteger, se divisa el rostro de un monje completamente convencido, sin una sombra de duda en los ojos, y que, a fuerza de fe, llega por momentos a inspirarla. Son los momentos de la emoción y de la belleza.

Dirigida a los laicos y al pueblo, la «Leyenda dorada» hace salir de las bibliotecas de los conventos los tesoros de la verdad cristiana acumulados y, dándoles más clara y atrayente forma, los pone al alcance de las almas ingenuas y apasionadas que buscaban mil maneras de manifestar su gozo.

Por eso Jacobo de Vorágine admitía en su libro relatos que, aun a su propio juicio, no debían tomarse muy al pie de la letra. Por eso aprovecha las ocasiones de explicar largamente el sentido de diversas ceremonias religiosas, la tonsura de los clérigos, las procesiones, la consagración de las iglesias, adaptando los pasajes de los autores consultados al nivel de los simples de corazón.

Esta inspiración popular, fresca, de primeras aguas, sin propósito de renombre literario, relaciona directamente las Vidas de Jacobo de Vorágine con el arte de las catedrales, a cuyo período de esplendor corresponden; los coros de sus bienaventurados y de sus vírgenes son los mismos que están en piedra bajo las bóvedas y entre las ojivas de los monumentos cristianos, y los más célebres vitrales, con sus milagros de color, “que parecen horadaciones en el infinito”. (Taine), son sencillamente páginas de la Leyenda dorada, desprendidas del texto, que fueron a buscar su sitio allí, entre el cielo y la tierra.

Inútil buscarle el procedimiento, la técnica. La única línea que sigue es la línea recta.

"“Nicolás, ciudadano de la ciudad de Parras, había nacido de padres ricos y piadosos. Su padre se llamaba Epifanio, su madre Juana. Después de haberle engendrado en la flor de la edad, se abstuvieron de todo contacto carnal. El mismo día de su nacimiento, mientras lo bañaban, Nicolás se enderezó y se estuvo tieso en la bañera; y durante su infancia no mamaba sino dos veces, el miércoles y el viernes. En la juventud, evitaba los placeres lascivos y frecuentaba las iglesias y conservaba en la memoria todos los pasajes de la Escritura que entendía.”

Se comprende que Anatole France no necesitara sino un ligero toque, a veces imperceptible, para convertir estos relatos en cuentos de Anatole France. Incluso se permite el santo libertades que no habría osado el libertino y que, si en el primero mueven a sonreír, hubieran resultado chocantes en el otro. Por ejemplo, la historia de Bernardo, el doctor, hijo de padres nobles y piadosos. Su madre, mientras le llevaba en el seno, soñó que daba a luz un perrito. Un hombre de Dios le explicó que traería al mundo un perrito guardián de la casa del Señor que ladraría vigorosamente contra sus enemigos.

Fue Bernardo de hermosa figura y víctima de tentaciones carnales. Una vez, hospedado en casa de una señora, advirtiendo ésta su belleza sintió vivos deseos de pecar con él. Levantóse, pues, durante la noche y se introdujo en el lecho de su alojado. En cuanto Bernardo la sintió, diose a gritar: “¡Ladrones, ladrones!” Entonces la mujer huyó y toda la casa se puso a buscar con linternas al ladrón. No encontrando a nadie, volvieron a sus lechos y se durmieron. Todos, excepto la dama, que, sin poder conciliar el sueño, de nuevo se levantó y entró en el lecho de Bernardo. De nuevo gritó el joven: “¡Socorro!” Y nueva alarma, y nuevas investigaciones. Hasta una tercera vez se repitió el ataque; entonces, la dama, viéndose rechazada de igual modo, concluyó por renunciar a su propósito. Al otro día los compañeros de Bernardo le preguntaron por qué había soñado tanto con ladrones. Él les dijo: “Es que tuve que rechazar los asaltos de un ladrón; una huéspeda quiso quitarme un tesoro que nunca habría recuperado si lo hubiera perdido.”

Los críticos renacentistas, que escribían con un ojo puesto en los protestantes, se rieron de Jacobo de Vorágine y aplicaron a su credulidad un marco que ellos mismos, los Erasmos, los Vives, no podrían ahora, acaso, tolerar, y le hallaron errores en número no inferior a los que también ellos, en su tiempo, aceptaron.

Jacobo de Vorágine es hijo de su época.

Los sentimientos religiosos que expresa son los más puros y su corazón el más amplio de la historia cristiana. El “amad a vuestros enemigos”, la olvidada regla evangélica, se cumple en él espontáneamente. Ved la cara de alegría con que relata la historia de San Longinos mártir. El prefecto que lo torturaba perdió de pronto la vista y suplicó al santo que se la devolviera. “Amigo mío —repuso Longinos— sabe que no podrás sanar sino después que me hayas muerto. Pero en cuanto haya muerto, rogaré tanto a Dios por ti, que Él te acordará la curación del cuerpo y del alma.” San Cristóbal, por su lado, dice al rey de Samos: “En cuanto me hayas hecho cortar la cabeza, aplícate un poco de mi sangre en los ojos y recobrarás la vista.” Santos poco rigurosos, no amenazan al pecador con el infierno, sino que lo tientan mostrándole los goces celestes.

La «Leyenda dorada» figura entre los grandes signos de su época; pertenece al siglo que vio a San Luis, rey de Francia, que oyó a San Francisco y a Santo Domingo, los fundadores, y que pobló a Europa de las maravillosas catedrales. La arquitectura, la escultura, todas las artes salieron de los monasterios para ir al pueblo. También el pensamiento religioso. “Al mismo tiempo que construía iglesias, el obrero medieval quería saber los secretos de la teología y tomar un contacto íntimo con Dios. ¿Qué mayor intimidad que ésta, la de los ángeles y los santos? La Leyenda dorada, su lengua ingenua y familiar, sus prodigios contados como hechos corrientes, esa especie de crónica diaria del milagro que se desarrolla a través de sus vidas ejemplares realizó el cantar religioso que todavía se entona: cielo ha visitado la tierra.”

ÉPOCA MODERNA. Una escalera de cinco siglos nos permitirá reposadamente bajar de esas alturas etéreas a un plano de más terrestre consistencia y, en la Inglaterra de fines del XVIII, pisar un suelo de sentido común, de observación exacta y de nociones concretas, indiscutibles.

No vamos a abandonar, sin embargo, la atmósfera religiosa; pero será, ahora, una religión práctica, enteramente enderezada hacia fines morales y que tiene siempre la palmeta en la mano. Para los ingleses, dice un anglófilo, la religión no constituye un objeto de lujo ni de simple ostentación, sino un instrumento de uso cotidiano a que cada domingo se le saca filo.

Samuel Johnson tenía ese oficio. Como Plutarco, fue un moralista que escribió también biografías y debió a éstas su celebridad. Las «Vidas de los más célebres poetas ingleses», a que el doctor Johnson debe su fama, ocupan poco espacio junto al resto de sus obras; las compuso de ocasión, por compromiso, para unos editores; pero «Habent sua fata libelli» (Tienen los libros su destino) y no siempre el trabajo corresponde al provecho.

Por lo demás, tampoco tendría el terrible e insoportable grande hombre su situación histórica a tan destacada luz si un destino benévolo no hubiera colocado junto a él a Boswell. La pareja, desde entonces, se ha vuelto inseparable.

Más aun que como biógrafo, Johnson se ha elevado como materia de biografía y el hombre que estaba junto a él de rodillas nunca imaginó cómo iban elevándolo por los aires golpes de incensario.

De rodillas, sí, pero sin cerrar jamás los ojos. Y llevándole una cuenta muy estricta. Es lo picante del caso.

Samuel Johnson, poeta, crítico, filólogo, novelista y ensayista, nacido en 1709, muerto en 1784, venía de orígenes humildes, era hijo de un librero y llevó una existencia que se puede llamar, con todo respeto, extravagante. Excesivamente huesudo y desgarbado, se distinguía, en el país de la buena educación, por sus modales ásperos y sus salidas incluso brutales; pero poseía la tenacidad y la honradez, e hizo con ellas su camino hasta una especie de dictadura literaria sobre su época. Se convirtió en oráculo. Lo consultaban, lo imitaban, lo reverenciaban, y hacía inclinarse en su presencia no sólo al modesto Goldsmith, el vicario de Wakefield, sino al soberbio Lord Chesterfield, que, habiéndole ofendido, procuró en vano recuperar su favor; y al historiador Gibbon, y al pintor Reynolds, y al actor Garrick, y al orador Burke. Él se lo permitía todo; pero, como Swift, apenas si les toleraba ciertas maneras a los reyes.

Veámosle en acción.

Entraba un individuo enorme, ancho como un toro, grande en proporción a su anchura, de aspecto rudo y sombrío, los ojos parpadeantes; profundamente marcado de escrófula, con un coleto pardo y una camisa sucia, melancólico por naturaleza y, además, maniático. En medio de la charla, oíasele de pronto murmurar una plegaria o un verso latino. Otras veces, cabe la ventana, agitábase, moviéndose hacia atrás y hacia adelante, avanzando y retirando convulsivamente una pierna. Su acompañante decía que habiendo querido absolutamente entrar con el pie derecho, no lo había conseguido, y por eso volvía a comenzar con atención profunda, contando uno a uno sus pasos. Sentábase a la mesa. Súbitamente, se le veía inclinarse, absorto, y sacaba de debajo de la mesa el zapato de una señora. No bien le servían, precipitábase sobre el plato, como un ave de presa, los ojos fijos en la comida, sin escuchar palabra en torno, poseído de tal voracidad que las venas de la frente se le hinchaban y se le veía correr el sudor. Si, por casualidad, la liebre estaba algo pasada y la mantequilla rancia, no comía: devoraba. Cuando, al fin, se le calmaba un poco el apetito, consentía en hablar, y entonces la conversación se convertía en pugilato, disputaba, vociferaba, arrebatando de cualquier manera la victoria, imponiendo doctoralmente, imperiosamente y aun brutalmente su opinión. “Señor, advierto que usted es un miserable whig.” “Querida señora, no hable más de eso: la tontería, sólo la tontería podrá defenderla.” Entre tanto, sin dejar de hablar, hacía ruidos extraños, movía la boca como si rumiase, canturreaba a media voz, hacía sonar la lengua. Por último, resoplaba al modo de una ballena, balanceaba el vientre y se echaba al estómago una docena de tazas de té. (Taine «Literatura inglesa» tomo IV.

Esta especie de energúmeno era un hombre profundamente honrado. Los fuertes instintos ingleses, su naturaleza vigorosa y primitiva, se hallaban dominados por una regla moral tan inflexible; ese torrente iba entre muros de acero, impetuoso, turbio y encrespado, pero recto.

Sus funerales fueron un duelo nacional.

Boswell, su sombra inseparable, su admirador y amigo, su biógrafo y, paralelamente, su crítico, su juez, su testigo implacable, tenía casi treinta años menos: nació en 1740 y murió, once años después que su modelo, en 1795. Era hijo de Lord Auchinleck y visitó la isla de Córcega provisto de una carta de Juan Jacobo Rousseau. Escribió «Dorando», un relato español; pero su título de gloria ante la posteridad lo constituye su Vida de Samuel Johnson.

Macaulay dice de ella: “Homero no es más resueltamente el primer poeta épico, ni Shakespeare es más decididamente el primer dramaturgo, ni Demóstenes el primero de los oradores que Jacobo Boswell el primero de los biógrafos.”

Por una singularidad de temperamento que toca a las raíces profundas del carácter británico, júntanse en Boswell condiciones opuestas, contradictorias, y que se dirían incompatibles: un respeto casi supersticioso por la persona y, al mismo tiempo, la mirada más límpida, minuciosa y aguda, capaz de verla en sus detalles mínimos; el amor respetuoso, rayano en la veneración, y una palabra que no deja nada en penumbra y pone a cada paso, como un niño, el dedo sobre la llaga.

El espectáculo resulta impagable.

Asistimos a la intimidad de dos seres sin velos, el retratista y el retratado; dos seres compuestos, disparejos, con altísimos méritos, superioridad indiscutible, y, también, no menos evidentes, pequeñas debilidades, ridiculeces y miserias humanas altamente graciosas.

El secreto de la extraordinaria suerte que ha tenido Boswell con su obra no debe buscarse, a nuestro juicio, en la excelencia superior de su talento ni tampoco en lo elevado e insólito del personaje a quien le cupo retratar, sino en una feliz combinación de circunstancias que sacaron a la superficie lo mejor de aquél y pusieron de relieve los perfiles más característicos de éste.

Examinada con prescindencia del doctor Johnson, la personalidad de Boswell resulta más bien opaca; no cuesta admitir que, si no hubiera encontrado a su modelo, habría sido, simplemente, uno de tantos.

Tampoco el propio doctor Johnson se mantiene a gran altura con el tiempo.

Examinando las razones de su prodigiosa popularidad, un francés declara que le produce sorpresa y aun desconcierto. “Inútilmente hojeamos su diccionario, sus ocho volúmenes de ensayos, sus diez volúmenes de vidas, sus innumerables artículos, sus conversaciones tan minuciosamente recogidas; el bostezo es inevitable. Sus verdades nos parecen demasiado verdaderas; sabemos de antemano sus preceptos, los tenemos en la memoria. Viene a enseñarnos que la vida es corta y debemos aprovechar los pocos momentos que nos concede; que una madre no debe educar a su hijo como a un petimetre; que el hombre debe arrepentirse de sus pecados y, sin embargo, evitar la superstición; que en todas partes hay que ser activo sin apresuramiento. Le damos las gracias por sus sabios consejos; pero nos decimos entre dientes que habríamos podido prescindir de ellos. Y nos gustaría saber quiénes son los amigos del aburrimiento que compraron trece mil ejemplares de sus obras. Recordamos entonces que en Inglaterra los sermones encuentran auditorio complaciente y que estos «Ensayos» son sermones. Descubrimos que las personas reflexivas no necesitan ideas aventuradas y picantes sino verdades palpables, provechosas.”

Después de haber ascendido a las regiones empíreas con Jacobo de Vorágine, henos aquí de nuevo en la tierra llana de Plutarco, el moralista, el hombre cuerdo, el de los términos medios sesudos y sin novedad.

Pero no es lo mismo.

Con Boswell y Johnson, decididamente inseparables, hallamos, poco a poco, a medida que vamos tratándolos, un calorcillo de intimidad afectuosa, una especie de acostumbramiento que no se produce con el griego clásico. Se vive en compañía de estos dos seres honrados y se acaba apreciando y saboreando su honradez. Ambos dicen la verdad, su verdad; un inglés no miente. Sin deponer un momento su actitud respetuosa, aunque se atreve apenas a levantar la vista, Boswell, pese a todo, nota y anota minuciosamente los desentonos del personaje, las injusticias que comete, las groserías a que lo arrastra su violencia. Alguna vez riñen. Y se apartan. Pero sus querellas no duran largo tiempo y es generalmente el maestro alto y huesudo quien, tácita o expresamente, pide excusas al discípulo fiel, busca de nuevo su amistad y lo recupera. Estas reconciliaciones son, asimismo, escrupulosamente consignadas por el biógrafo, y la historia prosigue al mismo paso, con la misma imperturbable honestidad.

La alianza de esta honestidad fundamental con el don de observación constituye la aptitud de Boswell, que podía o no podía manifestarse según descubriera o no su objeto. Le tocó en suerte hallarlo. Ese objeto, desde todos los tiempos, era el doctor Johnson. El matrimonio se realizó en las condiciones más felices para traer al mundo una Vida ejemplar, paradigma de una época y de una raza, retrato de un pueblo en un individuo, apología en acción de la voluntad británica, del carácter, el orgullo, la tenacidad y también del espíritu religioso, moralista, intransigente, incluso fanático, que ha hecho la grandeza del reino.

Añádase todavía, como matiz delicado de esta fundamental honestidad, el candor, la ausencia de malicia, que se tiñe en ocasiones de una seudo malicia, sin veneno, casi infantil: el humour. Entendámonos, no el humour endiablado de un Swift, por ejemplo, sino el otro, corriente, benévolo, de un Addison, a quien pertenecen estas líneas sensatas y prácticas: “Se cuenta de Sócrates —(The Spectator No. 10) — que hizo bajar la filosofía del cielo para alojarla entre los hombres. Yo ambiciono que se diga de mí que saqué la filosofía de los gabinetes y de las bibliotecas, de las escuelas y de los colegios, para instalarla en los clubs y en las asambleas, en las mesas de té y en los cafés. Así, recomiendo muy particularmente mis meditaciones a las familias ordenadas que dedican una hora todas las mañanas al té, al pan, a la mantequilla, y les aconsejo por su bien que se hagan servir puntualmente este periódico una parte del servicio matinal.”

ÉPOCA CONTEMPORÁNEA. Historiador de héroes y próceres, Plutarco los trae, sin quitarles su aureola, al terreno de la vida ordinaria en que se mueve él mismo, hombre corriente a quien le basta el papel de ciudadano y le enorgullece el título de maestro.

Jacobo de Vorágine, sobre el cual cae otra luz, nos transporta con sencillez a una esfera celeste y se mezcla de modo natural y milagroso a la vida de los ángeles y los santos, vive fraternalmente con todas las criaturas, humanas o divinas, sin diferencia.

Bajamos otra vez, conducidos por Johnson y Boswell, a la existencia práctica y penetramos su intimidad hogareña, convivimos íntimamente, día a día, sus accidentes, sus batallas, sus esfuerzos, dentro de un espíritu religioso orientado hacia la moral cotidiana y muy bien ceñido a la realidad, pero sin desprenderse todavía de la fe.

Al siglo siguiente, la atmósfera ha cambiado.

Ahora van a salir a escena nuevos personajes y respiraremos un aire diverso, inquietante, menos seguro, más provocador, ambiguo y matizado. Estamos en nuestra época. Ya no basta, para caracterizarla, un solo tipo; han sobrevenido revoluciones que trastornaron las bases sociales y filosóficas del mundo, y muchas puertas cerradas cedieron penetrando por ellas seres que hacen oír acentos desconocidos.

Lytton Strachey (1880-1931) es el demonio. Un demonio fino, exquisitamente educado, irreprochable de forma, hecho para seducir, con el cual nunca se sabe a dónde vamos, pero cuya compañía agrada siempre y hace imposible el aburrimiento. También Boswell desconcierta y atrae, pero por el candor. Strachey es el polo opuesto: con refinamiento de malicia, imagen de la ingenuidad, procede por la menuda notación de hechos precisos, concretos, documentados, que se apoyan, generalmente, en algún diario íntimo. La costumbre de examinarse ante el papel y dejar escritos sus actos y sus pensamientos, que practican los ingleses a fin de corregirse, ha servido mucho al maestro de la biografía contemporánea; suprimidos esos cuadernos personales, su cardenal Manning y su reina Victoria casi no se comprenden; le faltarían al biógrafo sus armas predilectas y el estilete con que abre corazones. Diríase que esos cuadernos se inventaron para él; pero no olvidemos que se necesita su arte infinito, delicado e insensible para utilizarlos sin que el artificio aparezca, permitiendo que la narración corra límpida y la faz del individuo se copie en la corriente, como si el narrador no existiera.

Léase la biografía del cardenal Manning y obsérvese el cúmulo de leves insinuaciones con que, conservándole al grande y riguroso hombre su respetabilidad, se va deslizando la idea de que, en el fondo, había allí, bajo la levita de pastor, bajo la sotana negra o la púrpura, un político, un hombre hábil, tenaz, ambicioso, un intrigante de alta categoría, incapaz de utilizar bajos procedimientos, pero que los bordeaba con un suspiro. Lytton Strachey es maestro en la ciencia de apuntar la combinación de escrúpulos rígidos, ligeras perfidias, astucias disimuladas so capa de bonhomía, y los contrastes, a menudo cómicos, entre la buena fe y las pequeñeces devotas que suelen constituir un alma eclesiástica, ansiosa de perfeccionarse y aspirante a la santidad.

Manning, juntamente con Keble, Froude y Newman, lanzó el gran movimiento de Oxford que sacudió a la Iglesia Anglicana a mediados del siglo XIX y se tradujo en resonantes conversiones al catolicismo. ¿Qué piensa de él Lytton Strachey? ¿Hacia qué lado se inclinan sus afectos? ¿Qué cree, qué niega, de qué duda? ¡A saberlo! Tan pronto hiere con un efectivo elogio como ensalza aparentando denigrar. Lo que nunca falta es el carácter, la gracia, el acento vivo e irónico, el equilibrio entre la simpatía y un dejo burlón.

Hurrell Froude, discípulo de Keble, era un joven inteligente que poseía mayor dosis de intolerancia y confianza en sí mismo de la que poseen casi todos los jóvenes inteligentes. Lo extraordinario en él, sin embargo, no era tanto su temperamento como sus aficiones. Esa especie de ardor que impulsa a los jóvenes normales a rondar los music-halls y enamorarse de las actrices, en el caso de Froude asumió la forma de una romántica devoción a la Divinidad y de un profundo interés por el estado de su propia alma. Estaba obsesionado por el ideal de santidad y convencido de la suprema importancia de no comer demasiado.
De nada puedo alabarme hoy —escribe el 29 de septiembre de 1826 (tenía veintitrés años)—. No leí los Salmos y la Segunda Lección después del desayuno, que olvidé de leer antes pese a que el tiempo me sobraba. Me sentí deseoso de que me llamaran valiente por una riña que tuve en el «Puente del pueblo». Lancé una mirada voraz a la mesa para ver si había ganso en la cena, y aunque comí cosas muy sencillas, como de costumbre, fue por casualidad, y comí excesivamente, ya que después de la cena me sentí torpe y soñoliento. Respecto a las comidas, puedo decir que siempre me he fijado en que nadie se sirva antes que yo, y respecto a la calidad de los alimentos, creo que las únicas cosas que no estaban de acuerdo con el principio estricto de sencillez fueron un poco de pescado frío en el desayuno y una tajada de rótalo en la cena.

Me veo obligado a confesar —anota— que soy cada vez más perezoso en mis relaciones con el Ser Supremo. Después clama: Tu Ojo me penetra y ve mis pensamientos... ¡Ah, si pudiera seguir siempre tus normas! Me acogeré a tu Decálogo cuando hayas liberado mi corazón.

Si hay una Providencia de los biógrafos que gustan de bucear en los repliegues íntimos, no cabe duda de que quiso ayudar con favores particulares al biógrafo de los «Victorianos eminentes». Lytton Strachey entra como un lobo en el rebaño de la ingenuidad inglesa: sus obras están tejidas de esa lana. Manning, se dirá, nada tenía de cordero ni de oveja. Sin embargo: Cuando Mrs. Manning murió prematuramente, quedó desconsolado, pero encontró en su trabajo un lenitivo a su dolor. ¿Cómo adivinar que alguna vez llamaría a esa pérdida “una especial bendición del cielo”? Sin embargo, así fue. Con los años, el recuerdo de su esposa pareció borrarse de su mente. No habló nunca de ella, destruyó todas las cartas, todos los vestigios de su vida conyugal, y cuando le avisaron que la tumba de su mujer estaba en ruinas, dijo: “Mejor es así. El tiempo lo borra todo”. Pero cuando la tumba estaba fresca aún, el joven presbítero solía sentarse junto a ella, día a día, escribiendo sus sermones.

Uno piensa en voz baja que el destino providencial libró también a Manning de los hijos. Y a éstos de un padre tan resignado.

Lytton Strachey no insinúa esto ni tal vez lo piensa; y a eso debe acaso el que sus personajes se conserven en pie; nunca los hiere a fondo; y lentamente, como en el caso de Boswell y Johnson, como en tanta novela inglesa tipo Meredith o Dickens, el trato prolongado y familiar va engendrando, entre las múltiples y reiteradas espinas, una misteriosa corriente de atracción. El lector ve tan de cerca a sus personajes como el autor los ha visto; comprende que, en el fondo, son buenas personas y que eso, ese fondo, es lo único que importa en la existencia. Entonces, los ama.

El caso resulta particularmente visible en las relaciones del gran biógrafo y la gran reina. Porque Lytton Strachey también tuvo el diario íntimo de la reina Victoria y dispuso de sus más secretos pensamientos, supo que ella encontraba “adorable” la nariz de Alberto y no se le ocultó el museo de figuras de cera, atroz, en que la viuda inconsolable convirtió las habitaciones del esposo difunto, y muchas otras pequeñeces más, altamente significativas. Pero en todo eso no vertió veneno, sino una gota de ácido o un poquito de sal, lo suficiente para que el manjar no resultara insípido. Y andando, andando, el demonio interior del retratista, hábil en captar perfiles característicos, lindantes con la caricatura, se amansó, se humanizó, se suavizó a tal punto que, sin él mismo saberlo, llegó a sufrir la fascinación de la reina. Y en suma, el libro resultó un homenaje. Acaso un poco singular, mas no por eso menos efectivo, y sin disputa, profunda, sabrosamente británico.

Emil Ludwig, André Maurois y Stephan Zweig, los tres que han acaparado la atención pública con sus biografías, más o menos inclinadas hacia la novela, pertenecen ya a otro círculo, dentro del cual la verdad se vuelve más elástica y la exigencia estética es más imperiosa.

Anota el primero, en el prólogo de «Genio y carácter», que Macaulay, “cuyas baladas le alcanzaron menos gloria que sus discursos políticos, y éstos menos que su Historia de Inglaterra, fue enterrado en Westminster, en el Poets Corner, con los grandes poetas de su patria.”

La observación indica ya cierta tendencia. No la sigue Ludwig hasta el fin y sus biografías se mantienen dentro de los límites históricos, aunque lucha contra el fanatismo que a los de mente estrecha suele inspirar el documento, el hecho preciso, concreto y comprobado, y se considera a sí mismo entre “los bastardos, engendros de la Historia y la Ficción”. Pero es más bien una concesión retórica y el deseo de lucirse junto a Burckhardt y Carlyle, otras insignes víctimas de los “documentales”. Sus declaraciones teóricas sobre la veracidad biográfica no admiten género de duda. La novela histórica le parece un producto híbrido de elementos contrarios, pues será mala novela si inventa poco y biografía vergonzosa si inventa algo. Por tal camino llega aun a cierto grado de encarnizamiento: “Se debería exigir responsabilidad —escribe— al que invente tratando de la verdad histórica, lo mismo en el sentido de añadir que de ocultar. Al biógrafo que excluye, trueca o completa caprichosamente un documento único, esencial, debería retirársele la «Venia scribendi» (Permiso para escribir), por atentado contra la seguridad pública. Dios inventa mejor que los poetas y no hay como los detalles reales para instruir, sorprender, deleitar y lanzarnos al campo de los descubrimientos psicológicos, poniéndonos en relación inmediata e íntima con la vida.

En ninguna parte de la vida de Beethoven está tan claro lo dramático de su sino como en aquella escena en que, por estar de espaldas al público, no advierte los aplausos que le tributan con motivo del estreno de su Novena Sinfonía hasta que una cantatriz le pone de cara al público. Y la grandeza en el de Napoleón resalta particularmente cuando, prisionero en el Belerofonte, aparece sobre cubierta y miles de curiosos reunidos alrededor, en los botes del puerto inglés, se descubren, mientras permanece cubierto solamente él, el vencido.

Ludwig, en la trilogía apuntada, sobresale por el acento alto, en cierta manera épico, aun cuando guste bajar a esos pequeños detalles y acaso por bajar justamente a ellos con verdad, no sin nobleza. Zweig, en cambio, oratorio, apremiante, apasionado y de fuerte colorido, convierte sus biografías en dramas y alegatos, carga toda la tinta a un solo tono y construye su personaje, por ejemplo, Fouché, como un tema retórico clásico, haciéndolo girar entero sobre un eje único. La sola lista de los libros de Ludwig revela el norte que lo guía: Adalides de Europa, Beethoven, Bismarck, Goethe, Miguel Ángel, Napoleón, Rembrandt, Tres titanes. En todos los campos, mira a las cumbres. Y alguna vez no podrá discutirse que llegó cerca. Más tarde, la excesiva publicidad intervino, y el deseo de alcanzar a las masas le obligó a descender él mismo. Mal de la época.

El tercero de la trilogía, André Maurois, aunque judío como Zweig, no pone en sus semblanzas el acento patético, tembloroso de pasión, sino una poesía mezclada a cierto leve humorismo, que, como en el caso de Shelley o de Disraeli, cuando sobreviene la hora de las tristezas y aun del drama, resuena con entonación sentimental, a veces muy penetrante. Sólo que, mientras Ludwig respeta la historia fidedigna y Zweig la anima únicamente y colorea, Maurois penetra con resolución en el campo seminovelesco y ha sido quien difundió por el mundo la biografía novelada, tan en boga durante un largo período.

Este género ofrece, sin duda, sus atractivos y es justo reconocerle su utilidad: amplía el conocimiento de la historia, estimula en vastos sectores la afición a su estudio y despierta curiosidades. En España, donde el arte de la biografía ha tenido tan escaso florecimiento como ha sido magnífico en Inglaterra, los libros del padre Coloma sobre María Estuardo, Juan de Austria y el cardenal Cisneros, La Reina mártir, Fray Francisco, han abierto horizontes insospechados a muchos y pueden considerarse precursores de la moda.

Pero la causa de la biografía novelesca es una causa juzgada.

Sólo el genio puede levantar su peso hasta la esfera del arte. Y eso porque el genio es capaz de todo... En sí mismo, el género encierra contradicciones y mezcla de elementos aparentemente incompatibles; pasada la novedad, su frescura decae y, con el tiempo, los gustos exigentes prefieren otro manjar.

Existe, sin embargo, la biografía como arte puro, la biografía sin peso histórico y que no puede, sin embargo, considerarse ficción pura: florecida en el extremo opuesto de la línea que nace de Plutarco y atraviesa las edades, este extraño ejemplar recoge todas las enseñanzas y alcanza el sumo refinamiento, aquel que, vuelto imperceptible, se une a la naturalidad.

Es la alianza increíble que realizan las «Vidas imaginarias» de Marcel Schwob, calificado por Goncourt “el más maravilloso resucitador del pasado.”

Descendiente por ambas ramas de judíos, rabinos y médicos, nacido el año 1867, muerto en 1905, en París, Marcel Schwob fue estimado y admirado por lo mejor de su época: Stéphane Mallarmé, Anatole France, Edmond de Goncourt, Mirbeau, Elémir Bourges, Alphonse y Léon Daudet, Wyzewa, Jules Renard, Gourmont, Barrés, André Gide, Paul Valéry, Georges Bataille, Maeterlinck, Claudel, Colette, Francis Jammes, casi todos los escritores notables de su tiempo fueron amigos suyos, le apreciaron con justicia y han dejado testimonios fehacientes de su admiración. Muchos de ellos, además, sufrieron su beneficiosa influencia.

Dentro del gran público, su fama ha crecido después.

Ello no es de admirar.

Observado con la atención debida, ofrece al ojo tal acumulación de piedras preciosas, raras y brillantes, pulidas, talladas, convertidas en pequeñas cabezas, en figuritas de cuerpo entero, admirablemente esculpidas, dispuestas en cuadros o distribuidas como un mosaico, tan apretadas, curiosas y vivientes en su exquisita miniatura, que se siente el deseo de mirarlas con la lupa, y la idea del trabajo que representan y la suma de conocimientos que exigen, causa una especie de vértigo.

Ricardo Baeza opone las «Vidas imaginarias», como panorama histórico, a la «Leyenda de los siglos»; no podía elegir punto de comparación más inesperado y, al propio tiempo, mejor para dar al artífice miniaturista un triunfo merecido, aunque sorprendente.

Esta deslumbradora colección de semblanzas, que vienen desde Empédocles, pasan por Lucrecio y Petronio, atraviesan la edad renacentista y alcanzan, con Burke y Hare, hasta nuestra época, vienen a constituir en realidad una serie de vidas ejemplares, mas no en el sentido moral —demasiados fantasmas se alzarían— sino en el otro, de simple creación, ni se ofrecen tampoco de modelo al hombre, sino a la Naturaleza, como diciéndole: Así deberías hacer. Schwob no aumenta acaso, cuantitativamente, el Registro Civil; lo enriquece en punto a calidad, agregándole tipos sin falla, lanzados al mundo con la misma absoluta falta de preocupaciones que el destino. Ni él ni la vida hacen un gesto ante la existencia de Clodia, Clodio y sus hermanas. Cuanto la podredumbre decadente puede dar de corrupción exquisita se reúne en unas cuantas páginas lisas, impasibles, de una superficie bruñida y tan resplandeciente como si reflejara la vida de una santa.

Su secreto, por lo demás, la categoría y la naturaleza de este arte refinado, ha tenido una definición insuperable en frases de Remy de Gourmont citadas por Baeza y que nos permitimos reproducir: “El mundo es una selva de diferencias; conocer el mundo es saber que no hay identidades formales, principio evidente y que se verifica a la perfección en el hombre, ya que la conciencia de ser no es sino la conciencia de ser distinto. No hay una ciencia del hombre, pero sí un arte del hombre”. Marcel Schwob ha dicho sobre esto algunas cosas que me complazco en declarar definitivas: “el arte es el polo opuesto de las ideas generales: sólo describe lo individual, sólo propende a lo único. En vez de clasificar, desclasifica”. Palabras singularmente luminosas y que tienen aun otros méritos: el de plasmar cabalmente en unas pocas sílabas la tendencia actual de los mejores espíritus. Este arte desconocido de diferenciar la existencia es practicado por Marcel Schwob con la más aguda perspicacia. Sin jamás recurrir al procedimiento (legítimo por otra parte) de la deformación, particulariza con toda facilidad aun a los personajes de condición más ilusoria; bástale para ello seleccionar en una serie de hechos ilógicos aquellos cuya agrupación es susceptible de determinar un carácter exterior que se superponga, sin ocultarlo, al carácter interior del hombre. Es la vida individual creada y reconstituida por la anécdota.

Véase cómo fija el imaginario biógrafo la fecha en que vino al mundo un personaje.

“Nació en aquellos días en que los saltimbanquis, vestidos de verde, hacían saltar los puercos amaestrados a través de un aro de llamas, en que los porteros barbudos, de túnica cereza, sentados a la entrada de las villas, ante los mosaicos galantes, desgranaban los guisantes y alubias de la cena en una bandeja de plata, en que los libertos repletos de sestercios solicitaban en las ciudades de provincias las funciones edilicias, en que los recitadores cantaban poemas épicos al final de los festines, en que el lenguaje hablado se hallaba todo él mechado de términos de ergástulo y de ampulosas redundancias venidas del Asia.”

Así dispone, para que nada le falte, la cuna de Petronio. Diríanse esas oleadas de metáforas que superponen, en ciertos momentos de entusiasmo, las frases de Marcel Proust. Pero aquí no salimos de la más rígida objetividad, no abandonamos el tono impasible. Y eso varía, hace aun más extraño el efecto.

A través de las distintas épocas por que ha cruzado el arte de la biografía, una línea ascendente se destaca y afina desde Plutarco a Lytton Strachey y Marcel Schwob: es el análisis psicológico, la percepción y el ordenamiento de la máquina interna, la capacidad de distinguir dentro de ella ejes, palancas, ruedas y engranajes cada vez más delicados.

Creemos que ahí se encuentra el nervio profundo del género. Y aunque todo el que se acerca mucho a un arte o lo considera con particular atención suele inclinarse, como el orfebre, a creerlo el primero del mundo, no dejaremos de notar que sería difícil descubrir una disciplina científica o de cualquier especie más directamente relacionada con el destino del hombre, con la porción de felicidad o desgracia que le corresponde, como ésta del conocimiento del espíritu y la penetración de los caracteres. Porque si casi todo el dolor y el placer que recogemos nos vienen de nuestros semejantes, en cuyas manos se encuentran el amor, la honra y la fortuna, el resto, sin límites ni «casi» procede de nosotros mismos, y es tanto el misterio ajeno como el propio el que las investigaciones y la experiencia psicológica, basadas en el estudio biográfico, procuran descifrar.

Ciencia, si bien se mira, la más extraña, pues el que busca es al mismo tiempo el objeto buscado; en la cual se declara desde el principio que todo es posible y, en seguida, se establecen divisiones prácticamente infinitesimales; territorio incógnito donde no existe vereda conocida y cuyo mapa, sin embargo, trazamos y, mirándole, decimos con total certidumbre: Esta línea está bien, ésa no tanto, la otra yerra y fue inventada, tal como si tuviéramos dentro de nosotros una estampa original con la cual comparáramos la copia rasgo a rasgo, y aun afirmando que no existen leyes, supiéramos desde siempre que se encuentran fijadas y tuviéramos dentro su código completo, minucioso y accesible.

Ante este don que la lectura de las biografías entrega, los demás, de tipo histórico, político o social, nos parecen simplemente derivaciones secundarias.

La verdad es que todo parte del yo, y tras de haber recorrido el mundo, vuelve fatalmente al yo.

Por eso nos parece que la orientación última y definitiva del arte biográfico debe tender a un progresivo conocimiento intuitivo y experimental del hombre, apartando sin contemplación todos los velos, a fin de llegar algún día a poder dirigirlo y, luego, modificarlo.

En el fondo, es lo que buscan los lectores de vidas históricas o semihistóricas: el interés poderoso que los grandes personajes despiertan, y el afán con que tratan las multitudes de acercárseles al máximo, no reside tanto en ellos mismos por ser quienes son, sino en la secreta esperanza que llevan de advertir, entre los perfiles de aquella imagen prestigiosa, algunos puntos, siquiera vagos, de su imagen personal.

Firmado: Hernán Díaz Arrieta (“Alone”)

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