Pablo Huneeus
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¿POR QUÉ FREI NI PIÑERA CALIENTAN A NADIE?
por Pablo Huneeus

Si la elección presidencial de Chile hubiese sido al otro día de la de Estados Unidos –noviembre 2008–, donde venció un candidato juvenil, seguramente la gana el carismático alcalde Claudio Orrego Larraín (42) u otro de los “príncipes” de la nueva ola.

Pero, de haberse efectuado al trasnoche de las primarias de la Concertación –abril 2009–, ¿quien lo duda?, triunfa el veterano político Eduardo Frei Ruiz–Tagle (67).

Y de haber acaecido tras la claudicación oficial de la UDI en favor del empresario Sebastián Piñera Echenique (60) –mayo 2009–, el Palacio La Moneda pasa a contabilizarse entre sus activos inmobiliarios.

Ahora, en cambio, a 183 días de la elección, se aprecia que ni Frei ni Piñera entusiasman a nadie. Por más que las encuestas digan esto o lo otro, hay un factor “momentum”, un no se qué del alma nacional, que indica una profunda aversión a ambos. Ni sus “comandos” a sueldo denotan más afecto al patrón que el inquilino de fundo al suyo.

¿Motivo? Uno es visto como el epítome de la clase política, el producto estrella de las componendas a puertas cerradas y garante de tanto politicastro que no tiene más meta que robar y robar, que el mundo se va acabar.

El otro, como obra del dinero. Piñera encarna el descomunal amasijo de riqueza que ha permitido el modelo a un puñado de audaces. Es el prohombre de los gerentes generales, los mismos que desde sus millonarios puestos esquilman al ciudadano medio al comprar casa, prender la luz, usar tarjeta de crédito, pagar educación para sus hijos, acudir a una clínica o viajar en avión.

La venalidad de la clase política y la avaricia de la oligarquía financiera les han granjeado a ambos el odio parido de la gente común. Odio silencioso, no manifiesto y sin válvula de escape. Pero como los sentimientos ocultos preceden a la acción, resulta que es la misma dirigencia del país –ese medio millar de mantenidos con la plata de todos–, la causante de la ira que hace peligrar el tinglado institucional del país, empezando por la propiedad.

En palabras de Solón, el arconte de Atenas (Siglo VII a.C.) considerado padre de la democracia: “nuestro Estado no perecerá por sí mismo, ni por designios de los dioses. Son nuestros propios ciudadanos corrompidos por coimas, es el abuso y arrogancia de nuestros líderes, es nuestro desapego a la justicia, lo que engendra la revolución y toda su ruina y decadencia.”

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