Pablo Huneeus
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EL PAPELITO QUE ESTREMECIÓ AL MUNDO
por Pablo Huneeus

El mensaje que desde el recién terremoteado Chile del 2010 iluminó al mundo, vino de tierra adentro: mina San José, Copiapó, Región de Atacama. El jueves cinco de agosto un bloque de material estéril aplastó la única rampa de acceso, dejando el caserón de entrada inestable, y a una treintena de trabajadores atrapados en la zona de explotación, que comprendía en ese momento galerías muy antiguas y endiabladas, que desde los 400 metros hacia abajo persiguen la veta.

Dicha mina, apodada «la criminal» por la cantidad de accidentes fatales que registra su historia, hacia 1840 destacaba por su abundante producción de plata. Fue cambiando de minerales —cobre, oro, molibdeno— y de propietarios, uno de los cuales, de tanto recorrer sus socavones para sacar fotos, murió de cáncer pulmonar.

A comienzos del presente siglo, como queriendo honrar al primer mártir de la cristiandad la empresa dueña del yacimiento llamábase «Compañía Minera San Esteban S.A», cuyo emblemático patrono, en presencia del fariseo Saulo de Tarso fue apedreado a muerte en Jerusalén.

Sus dueños, Alejandro Bohn Berenguer (45) y Marcelo Kemeny Fulle (45), de fe judía ortodoxa, destacan como modelos de rol en la tribu feliz que desde el barrio alto de Santiago acapara el 30% del ingreso nacional. «Todo para mí, nada para los demás» es la actitud que se esmera en inculcarles a sus pupilos el colegio privado Nido de Águilas, el más caro y extranjerizante del país, ubicado sobre la cota mil de La Dehesa, donde ambos, juntos desde su tierna infancia, bebieron la pócima de desprecio al pobre y audacia financiera que impulsa a chorear en grande.

A raíz de nuevas fatalidades en 2007, el Servicio Nacional de Geología y Minería (Sernageomin) le exige a la empresa un refugio fortificado de 50 m², dotado de aire comprimido, oxígeno, conservas, agua, frazadas y comunicación alámbrica, elemento que si lo hubo, fue dañado por el colapso de la rampa.

Desde ese fortín, el «percusionista» de la banda, el instalador de explosivos José Ojeda Vidal (46), profesional de contextura maciza y carácter introvertido lleva el ritmo de la faena. ¡Atentos niños!, hoy toca poner tiro de voladura en tal galería a las diez exactas, y de rotura en el frente X a las once precisas, por lo que a la hora señalada, barreteros, electricistas y aventureros deben guarecerse unos minutos bajo cualquier espalda —cabina de camión, recodo enfierrado o refugio— donde sea.

Temprano, el día del colapso más de un «viejo» le advirtió al Jefe de Turno, Luis Sepúlveda, un tipo aquejado de verborrea, que «la mina se está sentando», o sea que hay señales de derrumbe: hilos de polvo, gemidos de ánimas y caídas de guijarros. Pero el típico capataz chileno lleva en sus cromosomas la huasca del patrón de fundo, no el tino de escuchar al peón.

Acaecido el derrumbe que bloqueó el túnel de salida, el minero Ojeda opta dar señales de vida por medio de tronaduras livianas. Las va percutando cada sesenta minutos a la hora exacta, indicio de sapiencia humana que en medio de la batahola de máquinas perforadoras que las mineras grandes estaban instalando en la superficie, puede haber sido considerado ruido de nuevos derrumbes.

El mecánico Luis Beltrán, experto en posicionar las barras con que la perforadora extiende su garra hacia el centro de la Tierra, toma la precaución no prevista en los manuales, de apoyar una llave de torque en la barra y apretar el oído; lo mismo que hacíamos en la estación Leyda para saber si viene el tren. El hierro trasmite a kilómetros el tiqui taca de una locomotora.

Alguien a cien, doscientos metros golpea la barra al momento de detener la máquina. Señal de vida sí, que alienta a los rescatistas, pero a fin de no crear falsas expectativas a los familiares que se han ido agolpando cerca de la entrada, mantienen en secreto. Bien podía tratarse de un solo sobreviviente, y sepa Dios en qué estado.

VOLADURA

Al día diecisiete de confinamiento, escaseando ya las provisiones —22 de agosto 2010—y sumidos en las tinieblas de la noche perpetua, Ojeda ve aparecer no lejos del refugio la broca de prospección que mandan de arriba para tantear el terreno. Antes que se devuelva a la superficie con la pura muestra de rigor, se apoya sobre un cajón de Anfomax, «Agente de voladura de alta calidad,» que servía de mesa, garrapatea con un plumón rojo en un cuaderno de matemáticas la frase cumbre de la literatura chilena y la adhiere con un plástico al «martillo» (cluster o naríz guía de la broca, con bit de 24”) que, junto a un par de cartas íntimas de los condenados, pronto sube raudo con la nueva.

Arriba, recibe el mensaje el ingeniero Eduardo Hurtado, quien sin fanfarria y sumo respeto, como presintiendo un nacimiento, se saca los guantes para retirarlo suavemente de la broca en que vio la luz. Lo de los guantes, lo evidencian sus dedos, aún cubiertos de arcilla, en la foto, gentileza de terraservice.cl, fechada 2, October 2021, que aparece en —Los 33— de su portal, donde leemos:

«Con paciencia y precisión, cerca de las 6:00 am del día 22 de agosto de 2010 el equipo de Terraservice junto a la sonda P10 lograran el primer contacto con los mineros atrapados.

Eduardo Hurtado, Jefe de área de Terraservice, recuerda ese momento: "Estaba mirando cómo salía polvo de la chimenea de ciclón de la máquina cuando de repente ya no salió nada más y el cabezal se encontraba a la mitad de la barra. A los 688 metros de profundidad rompimos, y luego escuchamos un golpe fuerte en las barras que venía desde el pozo".

Llamaron a las autoridades y comenzaron a levantar las barras, la última venía pintada de rojo. Ese fue el primer indicio real de que había vida en las honduras. Finalmente el martillo venía envuelto en un plástico con tres cartas y en una de esas venía el mensaje "Estamos bien en el refugio los 33".

La alegría, los abrazos y las lágrimas se tomaron ese momento. Todos estaban felices de saber que los mineros atrapados se encontraban en buenas condiciones. Esta fue la luz de esperanza para continuar trabajando por un rescate que tenía mucho por delante, pero que buscaba traer a 33 personas vivas desde casi 700 metros de profundidad.»

Pero entonces, en avión fiscal y sin pagar pasaje ni tasa de embarque llegó el multimillonario Sebastián Piñera, con su esposa Cecilia Morel, y comitiva de cancerberos, a robarse la película.

Fin de este capítulo, el siguiente FARÁNDULA, en una próxima entrega.

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